NOCTURNOS
La diosa de un ateo
A mi edad no se tienen caprichos. Solo me queda experiencia y análisis, magisterio y realidad y amor intelectual con unos gramos de pasión, sensibilidad y arte y una ligera inercia para continuar dando pasos hacia el no tiempo. Y tú, mujer, me trajiste a este otoño de mi vida, a este otoño que me huele a invierno en mi carne, un aroma a pasión, belleza, talento, deseo y sexo. Nunca hubo mujer en mi innecesario camino hacia la nada que me tocará tan dentro, allí donde yacen los versos del alma a la busca de rima.
Tú fuiste, eres, serás pétalo tierno, gota de lluvia en equilibrio sobre el haz de una hoja de castaño centenario, seda sin tratar, piedra en el lecho de un río, lágrimas de pez, sueño de Dios, amapola en un campo de cereales. Carlota, en ti no hallo principio ni fin, porque las diosas moran más allá del bien y del mal, eres una verónica que el maestro de la poesía toreo al miura del tiempo.
Yo me he convertido en esa arenilla con la que Eolo juega sobre las dunas del desierto, un meteorito en el infinito universo, ni tan si quiera un satélite; una piedra de granizo que la tormenta expulsó de la nube negra en la historia de tu prodigiosa vida, mota de polvo en una casa vacía.
Reconozco que soy ya tierra seca, canto rodado al margen del cauce del caudaloso río, un viejo can abandonado en la calle de la vida a merced de que cualquier coche antiguo que me quiebre las patas y me arrebate el alma.
No tengo amo. Nadie me quiere ya. Mi compañía resulta un engorro para la mujer que sueña con hombres poderosos, fuertes y risueños. Pero te he amado tanto desde este pellejo de soledad en la que habito que me conformo con que leas cuanto escribo sobre la utopía de mi pasión, sobre la ucronía del amor, en la certeza de que tú nunca fuiste un capricho, solo la diosa de un ateo.
Eugenio-Jesús de Ávila
A mi edad no se tienen caprichos. Solo me queda experiencia y análisis, magisterio y realidad y amor intelectual con unos gramos de pasión, sensibilidad y arte y una ligera inercia para continuar dando pasos hacia el no tiempo. Y tú, mujer, me trajiste a este otoño de mi vida, a este otoño que me huele a invierno en mi carne, un aroma a pasión, belleza, talento, deseo y sexo. Nunca hubo mujer en mi innecesario camino hacia la nada que me tocará tan dentro, allí donde yacen los versos del alma a la busca de rima.
Tú fuiste, eres, serás pétalo tierno, gota de lluvia en equilibrio sobre el haz de una hoja de castaño centenario, seda sin tratar, piedra en el lecho de un río, lágrimas de pez, sueño de Dios, amapola en un campo de cereales. Carlota, en ti no hallo principio ni fin, porque las diosas moran más allá del bien y del mal, eres una verónica que el maestro de la poesía toreo al miura del tiempo.
Yo me he convertido en esa arenilla con la que Eolo juega sobre las dunas del desierto, un meteorito en el infinito universo, ni tan si quiera un satélite; una piedra de granizo que la tormenta expulsó de la nube negra en la historia de tu prodigiosa vida, mota de polvo en una casa vacía.
Reconozco que soy ya tierra seca, canto rodado al margen del cauce del caudaloso río, un viejo can abandonado en la calle de la vida a merced de que cualquier coche antiguo que me quiebre las patas y me arrebate el alma.
No tengo amo. Nadie me quiere ya. Mi compañía resulta un engorro para la mujer que sueña con hombres poderosos, fuertes y risueños. Pero te he amado tanto desde este pellejo de soledad en la que habito que me conformo con que leas cuanto escribo sobre la utopía de mi pasión, sobre la ucronía del amor, en la certeza de que tú nunca fuiste un capricho, solo la diosa de un ateo.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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