ZAMORANA
El retrato del carácter español
El otro día presencié una conversación que, haciendo gala de nuestro carácter ibérico de hablar en voz alta y gesticulando con vehemencia, parecía más bien una discusión. Eran dos hombres de mediana edad que estaban apoyados en una mesa a la puerta de un bar tomando un café. Desde mi puesto de enfrente, haciendo una absurda fila en la calle antes de ser atendida en la tienda de reprografía, pude asistir al espectáculo, cada vez más escuchado y conocido, del disgusto que ambos manifestaban debido a la caótica situación económica derivada de la pandemia, y del estado de alarma impuesto por el gobierno central a esta comunidad autónoma.
Ignoro si hablaban con conocimiento de causa, contaban con datos fehacientes o improvisaban; lo que puedo constatar es la firmeza de sus aseveraciones, la parcialidad de sus juicios y la aversión que les provocaba la situación. Sus argumentos eran puestos inevitablemente en tercera persona del plural, pero no mencionaban nombres o cargos; eran expresiones del tipo: “todos son iguales”, “a ésos habría que” …, “son unos sinvergüenzas” …
Confieso que fueron mi entretenimiento durante aquellos eternos minutos que tuve que esperar hasta que, por fin, entré a hacer las gestiones que necesitaba. A la salida, los hombres seguían levantando la voz y aumentando adeptos que se sumaban a las críticas; eran, en definitiva, gente sin nada mejor que hacer que soliviantar al personal, aburridos, junto a un bar que les proporcionaría seguramente la única ocupación de sus mañanas. Luego, se irían a sus casas y al día siguiente repetirían la misma escena. Como decía el cineasta Paulo Rocha: “Me gustan las intrigas, los conflictos, los celos, porque pienso que todos tenemos razón”
Muchos en este país obramos de modo semejante ante un problema; nos dejamos llevar por el recurso del pataleo que es, a todas luces, inútil y manifestamos una opinión que luego no concuerda con lo que se vota en las urnas y que, por supuesto, no propone soluciones ni plantea en la medida de cada uno, una mejora para sobrevivir a esta situación con una mayor dignidad. Nuestro trabajo y nuestra vida pueden ser un campo perfecto de resistencia, pero los españoles carecemos de ese espíritu oriental de esfuerzo, constancia y emprendimiento; somos más proclives a hacer lo mínimo, a esperar beneficios que no merecemos y, sobre todo, a ejercer una crítica casi siempre destructiva e inútil, pero que nos libera de las tensiones acumuladas.
No cabe duda de que los españoles somos un pueblo variopinto; conservamos en nuestro ADN rastros de la picaresca que con tanto ingenio se retrataba en el “Lazarillo de Tormes” o “El Guzmán de Alfarache” y continuamos en esa línea hoy en día. La RAE define la palabra pícaro en sus diferentes acepciones como: “tramposo y desvergonzado”, “listo y despabilado”, “dañoso y malicioso en su línea” y “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir”. Trasladando estas características a nuestros días no resulta difícil pensar en personajes públicos que encajan con estas definiciones, algunos incluso de reconocido prestigio, ladrones de guante blanco y estafadores de medio pelo, eso sí impecablemente ataviados, que hoy están entre rejas pero que en su momento se consideraron intocables e incluso respetados por la sociedad.
Hay también otros que juegan con la mentira y la disfrazan de verdad en un engañoso equilibrio; bajo mi punto de vista (sobre todo si ocupan cargos públicos cuyas decisiones nos afectan a todos), es otra forma de picaresca no menos reprobable; también existe otro tipo de personajes que, debido a su posición social y aunque resulte público su ladronicio, no van a ser juzgados por un tribunal, aunque sean culpables reconocidos por el conjunto de la sociedad; todos son, en definitiva, vulgares ladrones que han hecho del robo su profesión y han vivido como privilegiados a costa de los demás. Nada ha cambiado desde aquella novela picaresca nacida allá por el siglo XVI.
Sin embargo, los españoles tenemos la dicotomía de la picaresca y también del quijotismo, esa exageración en los sentimientos caballerosos, el engreimiento, la fanfarronería y el orgullo que manifestamos en determinadas situaciones y que retratan al genial quijote cervantino, aunque a veces topemos también con molinos creyendo que son gigantes imaginarios.
Somos, pues, un pueblo de pícaros y quijotes, pero también abiertos, solidarios, extrovertidos, sociables, espontáneos e imprevisibles; somos un pueblo variopinto como lo son sus provincias, con características que nos enriquecen en su conjunto, y me indigna comprobar cuantas veces ignoramos ese ingente capital del que otros países carecen, así como los enfrentamientos históricos entre diferentes lugares que no quieren formar parte de esta riqueza común.
Nos gusta vocear, abrazarnos, alardear, chismorrear, explayarnos, apoyar los argumentos con ademanes exagerados; tendemos poco a la contención, somos más proclives a expansionarnos, y no ignoramos la realidad de lo que ocurre en España, la analizamos y criticamos tal vez porque durante demasiado tiempo nos hicieron callar y gobernaron sin tener en cuenta nuestra opinión; pero ahora somos conscientes de que formamos parte de ella y estamos destinados a revertir una situación si nos proponemos unirnos sin fisuras.
Esta forma de ser es la que llevamos en las venas, constituye nuestra identidad y para muchos es motivo de orgullo, aunque algunas veces nos resulte pesada como una losa.
Mª Soledad Martín Turiño
El otro día presencié una conversación que, haciendo gala de nuestro carácter ibérico de hablar en voz alta y gesticulando con vehemencia, parecía más bien una discusión. Eran dos hombres de mediana edad que estaban apoyados en una mesa a la puerta de un bar tomando un café. Desde mi puesto de enfrente, haciendo una absurda fila en la calle antes de ser atendida en la tienda de reprografía, pude asistir al espectáculo, cada vez más escuchado y conocido, del disgusto que ambos manifestaban debido a la caótica situación económica derivada de la pandemia, y del estado de alarma impuesto por el gobierno central a esta comunidad autónoma.
Ignoro si hablaban con conocimiento de causa, contaban con datos fehacientes o improvisaban; lo que puedo constatar es la firmeza de sus aseveraciones, la parcialidad de sus juicios y la aversión que les provocaba la situación. Sus argumentos eran puestos inevitablemente en tercera persona del plural, pero no mencionaban nombres o cargos; eran expresiones del tipo: “todos son iguales”, “a ésos habría que” …, “son unos sinvergüenzas” …
Confieso que fueron mi entretenimiento durante aquellos eternos minutos que tuve que esperar hasta que, por fin, entré a hacer las gestiones que necesitaba. A la salida, los hombres seguían levantando la voz y aumentando adeptos que se sumaban a las críticas; eran, en definitiva, gente sin nada mejor que hacer que soliviantar al personal, aburridos, junto a un bar que les proporcionaría seguramente la única ocupación de sus mañanas. Luego, se irían a sus casas y al día siguiente repetirían la misma escena. Como decía el cineasta Paulo Rocha: “Me gustan las intrigas, los conflictos, los celos, porque pienso que todos tenemos razón”
Muchos en este país obramos de modo semejante ante un problema; nos dejamos llevar por el recurso del pataleo que es, a todas luces, inútil y manifestamos una opinión que luego no concuerda con lo que se vota en las urnas y que, por supuesto, no propone soluciones ni plantea en la medida de cada uno, una mejora para sobrevivir a esta situación con una mayor dignidad. Nuestro trabajo y nuestra vida pueden ser un campo perfecto de resistencia, pero los españoles carecemos de ese espíritu oriental de esfuerzo, constancia y emprendimiento; somos más proclives a hacer lo mínimo, a esperar beneficios que no merecemos y, sobre todo, a ejercer una crítica casi siempre destructiva e inútil, pero que nos libera de las tensiones acumuladas.
No cabe duda de que los españoles somos un pueblo variopinto; conservamos en nuestro ADN rastros de la picaresca que con tanto ingenio se retrataba en el “Lazarillo de Tormes” o “El Guzmán de Alfarache” y continuamos en esa línea hoy en día. La RAE define la palabra pícaro en sus diferentes acepciones como: “tramposo y desvergonzado”, “listo y despabilado”, “dañoso y malicioso en su línea” y “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir”. Trasladando estas características a nuestros días no resulta difícil pensar en personajes públicos que encajan con estas definiciones, algunos incluso de reconocido prestigio, ladrones de guante blanco y estafadores de medio pelo, eso sí impecablemente ataviados, que hoy están entre rejas pero que en su momento se consideraron intocables e incluso respetados por la sociedad.
Hay también otros que juegan con la mentira y la disfrazan de verdad en un engañoso equilibrio; bajo mi punto de vista (sobre todo si ocupan cargos públicos cuyas decisiones nos afectan a todos), es otra forma de picaresca no menos reprobable; también existe otro tipo de personajes que, debido a su posición social y aunque resulte público su ladronicio, no van a ser juzgados por un tribunal, aunque sean culpables reconocidos por el conjunto de la sociedad; todos son, en definitiva, vulgares ladrones que han hecho del robo su profesión y han vivido como privilegiados a costa de los demás. Nada ha cambiado desde aquella novela picaresca nacida allá por el siglo XVI.
Sin embargo, los españoles tenemos la dicotomía de la picaresca y también del quijotismo, esa exageración en los sentimientos caballerosos, el engreimiento, la fanfarronería y el orgullo que manifestamos en determinadas situaciones y que retratan al genial quijote cervantino, aunque a veces topemos también con molinos creyendo que son gigantes imaginarios.
Somos, pues, un pueblo de pícaros y quijotes, pero también abiertos, solidarios, extrovertidos, sociables, espontáneos e imprevisibles; somos un pueblo variopinto como lo son sus provincias, con características que nos enriquecen en su conjunto, y me indigna comprobar cuantas veces ignoramos ese ingente capital del que otros países carecen, así como los enfrentamientos históricos entre diferentes lugares que no quieren formar parte de esta riqueza común.
Nos gusta vocear, abrazarnos, alardear, chismorrear, explayarnos, apoyar los argumentos con ademanes exagerados; tendemos poco a la contención, somos más proclives a expansionarnos, y no ignoramos la realidad de lo que ocurre en España, la analizamos y criticamos tal vez porque durante demasiado tiempo nos hicieron callar y gobernaron sin tener en cuenta nuestra opinión; pero ahora somos conscientes de que formamos parte de ella y estamos destinados a revertir una situación si nos proponemos unirnos sin fisuras.
Esta forma de ser es la que llevamos en las venas, constituye nuestra identidad y para muchos es motivo de orgullo, aunque algunas veces nos resulte pesada como una losa.
Mª Soledad Martín Turiño




















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