ZAMORANA
El apoyo de la Caja Rural
En mi pueblo es una seña de identidad desde que tengo memoria, y cuando viajo por Castilla y León y paso por diferentes localidades, ahí está ella: la Caja Rural, la oficina verdiblanca con sus tres espigas amarillas como lema abierta al agro cuyos habitantes, tanto agricultores como ganaderos, han depositado allí sus ahorros desde siempre; allí estaba para ayudar a los ganaderos cuando precisaban un crédito para aumentar sus rebaños, comprar pienso para el ganado o maquinaria nueva para el ordeño, y allí seguía aguardando a los agricultores tras la cosecha, para ingresar sus pequeños ahorros antes de saldar las deudas contraídas, comprar abono y material para la siguiente recolección, y entre unas cosas y otras, como siempre decía mi abuelo con el proverbial pesimismo que caracteriza a los castellanos, ya hubiera sido un año aciago o bendecido por la fortuna: “Total, lo comido por lo servido”. La Caja acompañó a mi abuelo, luego a mi padre y ahora sigue custodiando a los habitantes del viejo pueblo, igual que al resto de las villas de la provincia de Zamora.
Cuando se vive en una ciudad grande no se comprende como pueden sobrevivir esas pequeñas oficinas porque aquí todo es una ostentación de lujo, sofisticación e impersonalidad; no obstante la Caja Rural persiste y, afortunadamente, no ha sido devorada ni absorbida por Cajas mayores, manteniendo además ese espíritu rural para el que nació y sigue haciéndolo, estando al lado de la gente sencilla que continúa fiel a ella, que la acompaña porque es una vecina más y quiere lo que todos los bien nacidos hijos de Zamora queremos, y es que la provincia -tanto la ciudad como sus pueblos- salga adelante y no la ignoren los poderes públicos; por eso me emocionó el otro día el gesto que ha tenido don Cipriano García Rodríguez, director general de la Caja Rural de Zamora, en ofrecer el primer millón de euros para que el asentamiento militar de Monte La Reina sea una realidad; eso me hizo pensar que las grandes empresas a veces se gestan merced a la colaboración, no de los más poderosos, sino de la gente humilde que solo sabe trabajar para beneficiar a su tierra.
La Caja Rural sigue siendo reflejo de todo eso y la persona que la preside ha demostrado con su ejemplo que lejos de llenarse los bolsillos, como estamos acostumbrados a ver en los banqueros de este país, da un paso adelante para espolear a los poderes públicos demostrando que si él puede, ellos pueden también; la buena gestión de la Caja se refleja, del mismo modo, en el crecimiento exponencial de sus cifras, lo que da una idea de su magnífica gestión; y es que a veces no es necesario ser Goliat para ganar una batalla, solo un pequeño David con una rústica honda puede derrotar a toda una nación y, sobre todo, servir de ejemplo; así que me congratula pensar que para aquellos que continúan en los pueblos, sus ahorros, sus empeños y sus ideas están a buen recaudo, en buenas manos.
Mª Soledad Martín Turiño
En mi pueblo es una seña de identidad desde que tengo memoria, y cuando viajo por Castilla y León y paso por diferentes localidades, ahí está ella: la Caja Rural, la oficina verdiblanca con sus tres espigas amarillas como lema abierta al agro cuyos habitantes, tanto agricultores como ganaderos, han depositado allí sus ahorros desde siempre; allí estaba para ayudar a los ganaderos cuando precisaban un crédito para aumentar sus rebaños, comprar pienso para el ganado o maquinaria nueva para el ordeño, y allí seguía aguardando a los agricultores tras la cosecha, para ingresar sus pequeños ahorros antes de saldar las deudas contraídas, comprar abono y material para la siguiente recolección, y entre unas cosas y otras, como siempre decía mi abuelo con el proverbial pesimismo que caracteriza a los castellanos, ya hubiera sido un año aciago o bendecido por la fortuna: “Total, lo comido por lo servido”. La Caja acompañó a mi abuelo, luego a mi padre y ahora sigue custodiando a los habitantes del viejo pueblo, igual que al resto de las villas de la provincia de Zamora.
Cuando se vive en una ciudad grande no se comprende como pueden sobrevivir esas pequeñas oficinas porque aquí todo es una ostentación de lujo, sofisticación e impersonalidad; no obstante la Caja Rural persiste y, afortunadamente, no ha sido devorada ni absorbida por Cajas mayores, manteniendo además ese espíritu rural para el que nació y sigue haciéndolo, estando al lado de la gente sencilla que continúa fiel a ella, que la acompaña porque es una vecina más y quiere lo que todos los bien nacidos hijos de Zamora queremos, y es que la provincia -tanto la ciudad como sus pueblos- salga adelante y no la ignoren los poderes públicos; por eso me emocionó el otro día el gesto que ha tenido don Cipriano García Rodríguez, director general de la Caja Rural de Zamora, en ofrecer el primer millón de euros para que el asentamiento militar de Monte La Reina sea una realidad; eso me hizo pensar que las grandes empresas a veces se gestan merced a la colaboración, no de los más poderosos, sino de la gente humilde que solo sabe trabajar para beneficiar a su tierra.
La Caja Rural sigue siendo reflejo de todo eso y la persona que la preside ha demostrado con su ejemplo que lejos de llenarse los bolsillos, como estamos acostumbrados a ver en los banqueros de este país, da un paso adelante para espolear a los poderes públicos demostrando que si él puede, ellos pueden también; la buena gestión de la Caja se refleja, del mismo modo, en el crecimiento exponencial de sus cifras, lo que da una idea de su magnífica gestión; y es que a veces no es necesario ser Goliat para ganar una batalla, solo un pequeño David con una rústica honda puede derrotar a toda una nación y, sobre todo, servir de ejemplo; así que me congratula pensar que para aquellos que continúan en los pueblos, sus ahorros, sus empeños y sus ideas están a buen recaudo, en buenas manos.
Mª Soledad Martín Turiño




















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