Miércoles, 21 de Enero de 2026

Mª Soledad Martín
Miércoles, 23 de Diciembre de 2020
ZAMORANA

Un regalo especial

[Img #47377]Me han hecho un regalo que no esperaba: recuerdos en forma de relatos sobre aquello que conformó nuestra infancia, la infancia de unos niños felices en un pobre pueblo de Castilla, acostumbrado a trabajar, a silenciar sus penas y al esfuerzo constante que transmitieron a sus hijos. Rememoro aquellos lugares que constituyen las fortalezas del lugar: la iglesia, la cantina, el rio, la villa, la escuela, la tienda de ultramarinos…. algo sencillo, lo normal en todos los pueblos de España pero que, en el nuestro: Castronuevo de los Arcos, provincia de Zamora, partido de Toro, retahíla tal y como nos obligaban a aprender de pequeños, merece una singularidad especial porque era nuestro pueblo, el que amparó infancias y adolescencias, meció nuestros sueños y acompasó las charlas y silencios de unos niños marcados por un aprendizaje a golpe de palmeta, estudio de memoria, versos de primera comunión eternamente largos, reglas de urbanidad y besamanos al cura cuando lo encontrábamos en la calle.

 

Fuimos niños temerosos, con diversiones sencillas, obedientes en general, aunque excepcionalmente alguno se saltara las normas y no acatara algunos principios; tuvimos una infancia reprimida, con una escuela para niñas y otra para niños, sesgada, dividida por género como mandaba el régimen; con rezos y crucifijos en el aula y en las cabeceras de las camas, eternos sermones del cura los domingos, y confesiones previas a la comunión so pena de reprimenda de aquel sacerdote, el eterno y querido don Alfonso, que velaba con insistencia por las almas de sus fieles en todas y cada una de sus fervientes homilías.

 

Sin embargo, cuando muchos de aquellos niños tuvimos que abandonar el pueblo e instalarnos en otras ciudades donde formaríamos nuestro propio futuro y donde nos llevaron nuestros padres acudiendo a la llamada del progreso, de nuevos puestos de trabajo donde no tuvieran que estar pendientes del cielo para recoger una cosecha casi siempre desfavorable y, al mismo tiempo, dar a sus hijos la oportunidad de estudiar; entonces, alejados del viejo pueblo, lo echamos tanto de menos que era necesario ir de vez en cuando -sobre todo en verano- para alimentarnos con su presencia, revivir sensaciones, abrazar a los amigos y familias que habían quedado allí y ser felices de nuevo en nuestra tierra, cogiendo aire desde muy hondo para resistir la marcha segura cuando llegara el momento y fuera la lejanía la que, de nuevo, se instalara en nuestras vidas.

 

Ahora que ya todos aquellos niños hemos alcanzado la edad madura, incluso muchos somos ya incipientes viejos, sentimos más que nunca la necesidad de recordar nuestras raíces, y lo hacemos a través de la memoria, de escribir las vivencias que nos marcaron, y así regresamos a ese pueblo que no es el de ahora, y a aquellas gentes que ya no existen, pero las recordamos porque siguen vivas en nuestro recuerdo. Aquellas antiguas fortalezas que hoy son apenas reductos del pasado, se hacen grandes en la memoria, como si quisiéramos apresarlas para rescatarlas del olvido y cada uno las recuerda escribiendo las historias que enmarcaron sus vidas para después contarlas a los demás, a sus hijos o a los amigos de la infancia que participaron de aquellos mismos hechos.

 

El regalo viene muy a propósito en este momento en que las fuerzas flaquean, cuando cada mañana es preciso buscar un sentido para levantarse y afrontar el día, cuando ya no existe la obligación de un horario y un trabajo; ahora, que los días deberían ser gozosos, nos los ha oscurecido esta pandemia feroz unida al invierno que acecha, con sus jornadas oscuras, frías y lluviosas, los días cortos, la oscuridad casi permanente…y no invitan precisamente a la alegría sobre todo cuando el espíritu es proclive a la melancolía; eso aderezado con el sentimiento que inspiró el libro sobre el actual presidente de Estados Unidos: “siempre demasiado, nunca suficiente”

 

Marcaron nuestras infancias con principios que no han sucumbido con el paso del tiempo, nos inculcaron principios de docilidad, respeto, trabajo, sumisión, obediencia… pero nunca aquellos otros diferentes, pero a veces complementarios: rebeldía, preguntas, insumisión, cuestionamiento y argumentación de las cosas. Estos últimos tuvimos que aprenderlos a fuerza de luchar con la vida, de estudiar y aprender otras formas de convivencia y algunos, los más orgullosos, alzamos la cabeza que nuestros padres y abuelos mantuvieron siempre baja, acatando sin cuestionarse lo que se les mandaba; nosotros incluso nos hemos puesto el mundo por montera haciendo cosas insospechadas para nuestros antepasados recientes: acudir a una manifestación para abanderar una causa que consideramos justa, imbuirnos de los autores antaño prohibidos por su temática social y libre; elegir una religión diferente a la aquella que se nos inculcaba en la infancia o incluso algunos manifestarse públicamente ateos, en clara contradicción con lo aprendido… esto es un síntoma de la libertad que hemos logrado a fuerza de lidiar contra una parte de nosotros que nos incitaba a seguir callando, a acatar sin protestar, a continuar la estela marcada.

 

Hoy, con motivo de la lectura de aquellos relatos de antaño, al dulce abrigo de un café en solitario junto a la ventana, por un momento cierro los ojos y me traslado a aquel pueblo, puedo sentir su olor, escuchar el eco del tractor que pasa, el rumor del río o los cables de alta tensión que jalonan la bajada desde el seto y recuerdan el canto de las chicharras en las tardes de verano; y hasta consigo respirar aquel aroma especial de pueblo, los olores de mi infancia: de la comida, la paja, el establo, el sudor del campesino cuando regresaba de faenar en los campos…todo aquello que sigue anidando en una parte del cerebro y que morirá conmigo porque se grabó a fuego y desde entonces sigue vigente para consuelo y alivio de tardes de invierno como ésta.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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