COSAS MÍAS
Una Navidad con perfil del agua
Me gusta escribir cuando el sol duerme en el lecho azul del Atlántico. Me encanta amar cuando la luna besa al búho con sus labios de plata. Hay un cerebro para cuando el día ordena y manda, y otra sensibilidad cuando la noche habla en silencio. Sostengo que este periódico, ya viejito como su creador, se lee con más pasión cuando las calles están oscuras, suena música de jazz y las sábanas, tiritando, aguardan el calor de tu cuerpo.
Sean estas palabras escritas sobre el papel prensa las últimas que pronuncie en 2020. No volverás a saber de mí hasta finales de enero. Este barquito de papel atracará en el puerto de la vida hoy, 22 de diciembre, cansado de navegar en un mar de virus, de soportar borrascas de contagios y olas de mentiras que el poder lanza contra el malecón de la verdad. Año apocalíptico, año en el que se me murieron personas deliciosas, admirables, buenas; año perdido, que nadie buscará al otro lado del tiempo.
Nochebuena mala, Navidad sin solsticio, Año Nuevo viejo, Reyes Magos sin camellos, palabras sin letras, labios sin besos, amor sin caricias, ni ternura; una vida muerta, nada llena de todo, cenotafios de almas, recuerdos de los que ya no están, pero son dentro de mi cerebro, entre mis aurículas y ventrículos
Volveré a creer, pero sin fe; sonreiré como si fuera actor de comedia española, viviré por inercia, sin ganas, cuando enterremos 2020 en el ataúd de la memoria. Solo sé que me han robado -y no conozco quién ha sido ese amigo de lo ajeno- la ilusión, que a mi edad se necesita para amar a quien no te ama, para soñar despierto, para escribir versos sobre el agua. Nada más. Feliz Navidad. Te espero al otro lado del tiempo, desnudo mi pasado, con olor a nada.
Navidad de agua, incolora, inodora e insípida. Navidad sin osamenta, sin tuétano, sin ti, ucronía del erotismo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me gusta escribir cuando el sol duerme en el lecho azul del Atlántico. Me encanta amar cuando la luna besa al búho con sus labios de plata. Hay un cerebro para cuando el día ordena y manda, y otra sensibilidad cuando la noche habla en silencio. Sostengo que este periódico, ya viejito como su creador, se lee con más pasión cuando las calles están oscuras, suena música de jazz y las sábanas, tiritando, aguardan el calor de tu cuerpo.
Sean estas palabras escritas sobre el papel prensa las últimas que pronuncie en 2020. No volverás a saber de mí hasta finales de enero. Este barquito de papel atracará en el puerto de la vida hoy, 22 de diciembre, cansado de navegar en un mar de virus, de soportar borrascas de contagios y olas de mentiras que el poder lanza contra el malecón de la verdad. Año apocalíptico, año en el que se me murieron personas deliciosas, admirables, buenas; año perdido, que nadie buscará al otro lado del tiempo.
Nochebuena mala, Navidad sin solsticio, Año Nuevo viejo, Reyes Magos sin camellos, palabras sin letras, labios sin besos, amor sin caricias, ni ternura; una vida muerta, nada llena de todo, cenotafios de almas, recuerdos de los que ya no están, pero son dentro de mi cerebro, entre mis aurículas y ventrículos
Volveré a creer, pero sin fe; sonreiré como si fuera actor de comedia española, viviré por inercia, sin ganas, cuando enterremos 2020 en el ataúd de la memoria. Solo sé que me han robado -y no conozco quién ha sido ese amigo de lo ajeno- la ilusión, que a mi edad se necesita para amar a quien no te ama, para soñar despierto, para escribir versos sobre el agua. Nada más. Feliz Navidad. Te espero al otro lado del tiempo, desnudo mi pasado, con olor a nada.
Navidad de agua, incolora, inodora e insípida. Navidad sin osamenta, sin tuétano, sin ti, ucronía del erotismo.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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