DESDE USA
El año en que empezó la eternidad
Justo el año en que decidí comenzar un diario, todo se fue a la mierda. El 2020 abrió con muchas expectativas: pude viajar a la isla-manicomio con mi amiga-hermana, y ese tiempo juntas me hizo pensar que las cosas irían mejor a partir de entonces. Siempre tengo esa sensación de que algo bueno está por ocurrir, de que algo bueno me espera del otro lado. Nunca he logrado cruzar esa frontera imaginaria hacia lo positivo, hacia ese sitio donde se alcanzan todos los sueños, y donde al fin, yo soy yo. Nunca he logrado llegar al otro lado.
Porque eso es lo otro: vivo con esta sensación permanente de que yo no soy yo. De que hay alguien viviendo esta vida por mí. Ha sido tan larga esta impostura que ya perdí la noción de dónde podría estar esa otra vida mía, la real. Antes lo tenía muy claro: todo empezaba en un banco de un parque específico de una ciudad específica, y podía terminar en una caminata bajo el aguacero mientras la lluvia hacía que mi vestido se pegara a mi cuerpo, y mis sandalias se enchumbaran del agua sucia que salía de su empozamiento, arrastrada por el diluvio. Luego todo se fue diluyendo, no sé bien cómo ni cuándo, pero era la misma sensación de ser remolcada por el agua, de estar diluyéndome yo sin que nada me sostuviera.
Incluso empecé el año con cierta disciplina: casi a diario escribía en mi libreta de apuntes, intentando que lo escrito tuviera un aire relevante. Impostura tras impostura. Aparentar una inteligencia que no tengo, una alegría de la que carezco. Dicen lo que saben, que del fingimiento puede surgir una realidad. Tal vez eso buscaba, sin saberlo: ser alegre, inteligente, a fuerza de tanto simularlo. Me aferraba, entonces, a esa disciplina, a ese último coto de esperanza para cruzar la frontera hacia la plenitud. No lo era todo, pero al menos, era algo, mucho más que mi sempiterna inercia: después de muchos años retomaba el nada saludable hábito de intentar poner en palabras mis sensaciones del día. O de la semana. Después, fueron meses. Después, nada. El diario también se diluyó a falta de inteligencia, de alegría. O de su impostura. Tal vez a falta de respuestas.
¿A quién le hablamos cuando escribimos un diario? ¿Al yo futuro que nos espera en algún año por venir? ¿Al yo de hoy, que intenta encontrar coherencia en medio del caos, sentido en medio de la confusión? ¿A alguien que nos leerá algún día, cuando no estemos? ¿Es un diario una señal que dejamos para que los arqueólogos del mañana nos descubran y queden fascinados con nuestra forma de pensar, de ver el mundo? Nunca quedará claro para quién se escribe.
Llegó marzo. La pandemia había llegado desde antes, pero todavía no lo sabíamos, o tal vez solo era que no teníamos plena conciencia de lo que esto quería decir, de los trastornos que provocaría en nuestras vidas. No es que lo supiéramos después, ni que nos hubiésemos acostumbrado a vivir así. Sencillamente, no teníamos otra opción. Y al final uno se adapta a lo que la vida le tira en frente. Pero en marzo aún teníamos esperanzas: pensábamos que esto sería apenas un catarrito pasajero, algo de lo cual estaríamos riéndonos en el verano, haciendo chistes sobre la seriedad con que alguna gente se estaba tomando el resfrío.
El verano también vino, y se fue. Y seguíamos metidos en las casas. A la desesperación inicial que causaba el encierro le siguió una depresión masiva. O yo la sentí masiva, contundente, aplastante. Pasé tres meses en total silencio, sin pronunciar una palabra. No estaba cumpliendo una promesa, ni un voto de silencio, ni castigándome por nada. Sencillamente no tenía nada que decir. Nada que escribir. Fue como si de repente todas las palabras hubiesen desaparecido, me hubiesen abandonado. Se fueron diluyendo de la misma manera en que yo me iba diluyendo. Yo vivía en una isla desierta, sin palabras, aunque estuviera rodeada de diálogos por todas partes, todo el tiempo. La isla era yo. Creía que intentar seguir con el diario me ayudaría a recuperarlas, a tener algo que decir. Cuando el vacío se hizo evidente, y ni siquiera la impostura que era el diario lograba transformar la realidad, asumí sin mucho ánimo, sin mucho desencanto tampoco, que no habría más palabras. Ni siquiera para pensar. Comencé entonces a flotar de un día al siguiente, cumpliendo sin mucho rigor ciertos rituales: el café en la mañana, comer algo durante el día. Bañarme a veces. La ventaja de no tener palabras es que ni siquiera lo angustia a uno el pensamiento. Luego fueron cayendo, poco a poco. A veces sin mucho sentido salían de mi boca palabras que no tenían nada que ver con lo que quería decir: refrigerador, cuando intentaba hablar de la nieve; zapato, si me estaba refiriendo al camino. Y así. Creí que así sería para siempre, que nunca lograría recuperar las palabras, ponerlas juntas para expresar nada. Cuando ya me convencía de ello, comenzaron a llegar. Pero para entonces el juego de las palabras equivocadas era parte de mí, y seguí jugando solo por el placer de incomodar a los demás, o de sacarles alguna sonrisa. Eran los tiempos en que reír estaba casi prohibido. La incertidumbre lo aniquila todo: la risa, la esperanza, el futuro.
Todo el mundo vivía al borde del mismo cambio que había esperado siempre yo: que si la próxima semana, que si el próximo mes todo habrá vuelto de nuevo a la normalidad. Nadie parecía darse cuenta de que la normalidad era esto, y de que así sería de ahora en adelante. Todos pensaban en el mañana como si estuvieran en el ayer. Añoraban un futuro que se parecía a cierto pasado. Los sueños se hicieron recurrentes: aeropuertos a los que siempre se llegaba tarde, cuando el avión ya se había ido. Colas interminables para entrar al cine. Una cena con amigos en un restaurante. Todos soñábamos lo mismo, como si alguien estuviera programando nuestros sueños e inoculándolos sin que lo supiéramos. Después llegó la esperanza de una vacuna: ya casi, ya muy pronto. Pero la vacuna no resultó efectiva. O no tuvo los efectos que todos esperábamos. A los pocos días comenzaron los efectos secundarios menos indeseados: incapacidad para recordar el pasado, mareos, agorafobia. Quienes no sufrieron estos, tuvieron otros peores: se contagiaron del virus y comenzaron a morir más rápidamente que aquellos que no se habían vacunado todavía. Nadie parecía darse cuenta. El pasado se borraba para que pudiéramos asumir el futuro. Yo me he mantenido al margen. Volví a quedar muda, esta vez a voluntad. Guardé mis palabras, las de antes, las protegí para poder contar ahora esta verdad. Sé que vendrán por mí, pero para entonces ya habré terminado de escribir este diario y entonces se sabrá todo. Lo único que me preocupa es que, si después de que me vacunen, podré yo recordar algo. Si alguien podrá entender el mensaje que ahora dejo acá.
Ya vienen. Siento los pasos. Pronto también yo habré olvidado todo el pasado. No quedará nadie que pueda contarlo todo, solo estas palabras que he guardado.
Damaris Puñales-Alpízar.
Justo el año en que decidí comenzar un diario, todo se fue a la mierda. El 2020 abrió con muchas expectativas: pude viajar a la isla-manicomio con mi amiga-hermana, y ese tiempo juntas me hizo pensar que las cosas irían mejor a partir de entonces. Siempre tengo esa sensación de que algo bueno está por ocurrir, de que algo bueno me espera del otro lado. Nunca he logrado cruzar esa frontera imaginaria hacia lo positivo, hacia ese sitio donde se alcanzan todos los sueños, y donde al fin, yo soy yo. Nunca he logrado llegar al otro lado.
Porque eso es lo otro: vivo con esta sensación permanente de que yo no soy yo. De que hay alguien viviendo esta vida por mí. Ha sido tan larga esta impostura que ya perdí la noción de dónde podría estar esa otra vida mía, la real. Antes lo tenía muy claro: todo empezaba en un banco de un parque específico de una ciudad específica, y podía terminar en una caminata bajo el aguacero mientras la lluvia hacía que mi vestido se pegara a mi cuerpo, y mis sandalias se enchumbaran del agua sucia que salía de su empozamiento, arrastrada por el diluvio. Luego todo se fue diluyendo, no sé bien cómo ni cuándo, pero era la misma sensación de ser remolcada por el agua, de estar diluyéndome yo sin que nada me sostuviera.
Incluso empecé el año con cierta disciplina: casi a diario escribía en mi libreta de apuntes, intentando que lo escrito tuviera un aire relevante. Impostura tras impostura. Aparentar una inteligencia que no tengo, una alegría de la que carezco. Dicen lo que saben, que del fingimiento puede surgir una realidad. Tal vez eso buscaba, sin saberlo: ser alegre, inteligente, a fuerza de tanto simularlo. Me aferraba, entonces, a esa disciplina, a ese último coto de esperanza para cruzar la frontera hacia la plenitud. No lo era todo, pero al menos, era algo, mucho más que mi sempiterna inercia: después de muchos años retomaba el nada saludable hábito de intentar poner en palabras mis sensaciones del día. O de la semana. Después, fueron meses. Después, nada. El diario también se diluyó a falta de inteligencia, de alegría. O de su impostura. Tal vez a falta de respuestas.
¿A quién le hablamos cuando escribimos un diario? ¿Al yo futuro que nos espera en algún año por venir? ¿Al yo de hoy, que intenta encontrar coherencia en medio del caos, sentido en medio de la confusión? ¿A alguien que nos leerá algún día, cuando no estemos? ¿Es un diario una señal que dejamos para que los arqueólogos del mañana nos descubran y queden fascinados con nuestra forma de pensar, de ver el mundo? Nunca quedará claro para quién se escribe.
Llegó marzo. La pandemia había llegado desde antes, pero todavía no lo sabíamos, o tal vez solo era que no teníamos plena conciencia de lo que esto quería decir, de los trastornos que provocaría en nuestras vidas. No es que lo supiéramos después, ni que nos hubiésemos acostumbrado a vivir así. Sencillamente, no teníamos otra opción. Y al final uno se adapta a lo que la vida le tira en frente. Pero en marzo aún teníamos esperanzas: pensábamos que esto sería apenas un catarrito pasajero, algo de lo cual estaríamos riéndonos en el verano, haciendo chistes sobre la seriedad con que alguna gente se estaba tomando el resfrío.
El verano también vino, y se fue. Y seguíamos metidos en las casas. A la desesperación inicial que causaba el encierro le siguió una depresión masiva. O yo la sentí masiva, contundente, aplastante. Pasé tres meses en total silencio, sin pronunciar una palabra. No estaba cumpliendo una promesa, ni un voto de silencio, ni castigándome por nada. Sencillamente no tenía nada que decir. Nada que escribir. Fue como si de repente todas las palabras hubiesen desaparecido, me hubiesen abandonado. Se fueron diluyendo de la misma manera en que yo me iba diluyendo. Yo vivía en una isla desierta, sin palabras, aunque estuviera rodeada de diálogos por todas partes, todo el tiempo. La isla era yo. Creía que intentar seguir con el diario me ayudaría a recuperarlas, a tener algo que decir. Cuando el vacío se hizo evidente, y ni siquiera la impostura que era el diario lograba transformar la realidad, asumí sin mucho ánimo, sin mucho desencanto tampoco, que no habría más palabras. Ni siquiera para pensar. Comencé entonces a flotar de un día al siguiente, cumpliendo sin mucho rigor ciertos rituales: el café en la mañana, comer algo durante el día. Bañarme a veces. La ventaja de no tener palabras es que ni siquiera lo angustia a uno el pensamiento. Luego fueron cayendo, poco a poco. A veces sin mucho sentido salían de mi boca palabras que no tenían nada que ver con lo que quería decir: refrigerador, cuando intentaba hablar de la nieve; zapato, si me estaba refiriendo al camino. Y así. Creí que así sería para siempre, que nunca lograría recuperar las palabras, ponerlas juntas para expresar nada. Cuando ya me convencía de ello, comenzaron a llegar. Pero para entonces el juego de las palabras equivocadas era parte de mí, y seguí jugando solo por el placer de incomodar a los demás, o de sacarles alguna sonrisa. Eran los tiempos en que reír estaba casi prohibido. La incertidumbre lo aniquila todo: la risa, la esperanza, el futuro.
Todo el mundo vivía al borde del mismo cambio que había esperado siempre yo: que si la próxima semana, que si el próximo mes todo habrá vuelto de nuevo a la normalidad. Nadie parecía darse cuenta de que la normalidad era esto, y de que así sería de ahora en adelante. Todos pensaban en el mañana como si estuvieran en el ayer. Añoraban un futuro que se parecía a cierto pasado. Los sueños se hicieron recurrentes: aeropuertos a los que siempre se llegaba tarde, cuando el avión ya se había ido. Colas interminables para entrar al cine. Una cena con amigos en un restaurante. Todos soñábamos lo mismo, como si alguien estuviera programando nuestros sueños e inoculándolos sin que lo supiéramos. Después llegó la esperanza de una vacuna: ya casi, ya muy pronto. Pero la vacuna no resultó efectiva. O no tuvo los efectos que todos esperábamos. A los pocos días comenzaron los efectos secundarios menos indeseados: incapacidad para recordar el pasado, mareos, agorafobia. Quienes no sufrieron estos, tuvieron otros peores: se contagiaron del virus y comenzaron a morir más rápidamente que aquellos que no se habían vacunado todavía. Nadie parecía darse cuenta. El pasado se borraba para que pudiéramos asumir el futuro. Yo me he mantenido al margen. Volví a quedar muda, esta vez a voluntad. Guardé mis palabras, las de antes, las protegí para poder contar ahora esta verdad. Sé que vendrán por mí, pero para entonces ya habré terminado de escribir este diario y entonces se sabrá todo. Lo único que me preocupa es que, si después de que me vacunen, podré yo recordar algo. Si alguien podrá entender el mensaje que ahora dejo acá.
Ya vienen. Siento los pasos. Pronto también yo habré olvidado todo el pasado. No quedará nadie que pueda contarlo todo, solo estas palabras que he guardado.
Damaris Puñales-Alpízar.
















Agustin | Lunes, 28 de Diciembre de 2020 a las 21:39:04 horas
Que belleza y que palabras tan profundas! Quede encantado! Excelente trabajo Dra. Damaris!
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