Miércoles, 21 de Enero de 2026

Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 23 de Marzo de 2021
ZAMORANA

Conscientes de una fe a la carta

[Img #51043]Sabemos que la fe, primera de las tres virtudes teologales en la religión católica, es algo que no vemos, la creencia en algo superior, un ente divino, una fuerza o un pensamiento que aceptamos voluntariamente y en lo que confiamos a ojos cerrados o, como manifestaba el escritor libanés Kahlil Gibran, “un conocimiento en el corazón, más allá de las pruebas”

 

A través de las diferentes religiones se ha construido todo un mundo de supersticiones, mitos, lugares sagrados, comportamientos, celebraciones, ritos e incluso miedos, que han sido y son causantes de determinados estilos de vida para aquellos que creen.

 

Limitándome en concreto a la religión católica, que es la que conozco, aquella en la que me bautizaron y adoctrinaron desde niña a fuerza de temores, en un cúmulo de prohibiciones so pena de ir al infierno a arder en las calderas de Pedro Botero, con la imagen de un dios aterrador que nos castigaría irremediablemente si faltábamos a su mandato y entonces se haría cargo de nuestra alma un diablo con cuernos y rabo empuñando un tridente y rodeado de llamaradas de fuego. Ese miedo, que aún sigue latente muchos años después, se grabó en nuestro ADN desde niños, cuando se nos instruía en el temor a Dios, con mandamientos que nos imbuyeron a golpe de palmeta, con el escapulario por escudo y recitando de memoria párrafos enteros de libros sagrados que debíamos aprender y repetir sin apenas vislumbrar su significado: letanías, misterios, rosarios, novenas, canciones, versos para recitar el día de la Primera Comunión…  

 

Resulta comprensible que prosperara esa situación en aquella época, en una España gris, de gente trabajadora que no salía de los cauces establecidos a causa de una férrea represión franquista y una Sección Femenina que se encargaban de poner a buen recaudo el pensamiento de hombres, mujeres y niños siguiendo las disciplinadas consignas del régimen. Todos vivíamos domesticados, sin hacer preguntas, temerosos de Dios; éramos católicos de obligada misa dominical, confesando nuestros pecados a un sacerdote omnipotente, sin conmiseración alguna en concreto para con los niños a los que inquiría poniendo especial atención en sus faltas con el sexto mandamiento… 

 

En aquella época en que la iglesia tenía un poder omnímodo, los ministros de Dios podían pedir: bulas, dispensas, indulgencias…de la misma forma que castigaban, exoneraban o perdonaban a los fieles, no solo tras la confesión sino mediante diferentes artes no tan explícitas, ya que, casualmente, las personas adineradas gozaban de privilegios añadidos debido a su posición social, ya fuera ocupando un sitial preferente en la iglesia, reservándose determinadas prebendas o incluso caminando bajo el palio sagrado -en el caso de Franco- en principio solo reservado a las imágenes de la Virgen, los santos y la Custodia cuando llevaba dentro la hostia consagrada que, para los católicos, es el cuerpo de Cristo.

 

Ha transcurrido el tiempo, hemos crecido en libertad, y siento que en la actualidad la fe está denostada, por lo menos la fe católica; tal vez sea porque con la edad nos hacemos preguntas, uno se cuestiona si aquellas creencias a pies juntillas eran razonables, porque nos sentimos más con los pies en la tierra, hemos vivido, hemos tenido la oportunidad de dejar de lado todo aquello a que nos obligaban, hemos estudiado otras culturas y religiones y hemos aprendido a pensar de manera libre y por nuestra cuenta.

 

Es cierto que a veces, de forma voluntaria e incluso consciente, los que ya tenemos una edad nos refugiamos en la religión como una válvula de escape al dolor y la falta de respuestas, sobre todo cuando perdemos un ser querido y el suelo se hunde bajo los pies y el techo cae sobre nosotros; en ese momento la religión constituye un refugio donde resulta grato acomodarse pensando en una vida paralela en la que se halla ese ser amado, ya sea en otra dimensión, con una corporeidad diferente e incluso reencarnado, dependiendo de la religión que cada cual profese.

 

La dicotomía entre la creencia y la razón ya no resulta tan paradójica en ese momento, cuando el alma duele y el corazón está roto por el sufrimiento. Ya no importa que “la forma de ver a través de la fe sea cerrar los ojos de la razón”, como señalaba Benjamín Franklin, y nos consolamos pensando en esa otra existencia redentora donde habita el ser que hemos perdido, porque haciendo mías las palabras de Gandhi: “si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.”

 

Mª Soledad Martín Turiño

 

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