CON LOS CINCO SENTIDOS
Cuando la primavera asoma
Ya empieza a hacer ese calorcito agradablemente soportable en mi ciudad, Zamora, donde pasamos del frío más gélido a un cuasi verano, sin mediar palabra, sin darnos tiempo de reacción ni corporal ni psicológica para preparar el cuerpo ante tal cambio en el clima. Pero ya está aquí y hemos de recibir este calorcillo primaveral con agrado. Vas paseando por cualquier parte y todo es verdor y colorido floral, ha llovido mucho y eso se nota en el palpitar de los árboles con sus fuertes y verdes ramas, repletas de hojas, en los altos céspedes con sus florecillas blancas asomando y formando un manto en el que apetece tumbarse y respirar a pleno pulmón, o dormitar un rato.
Dan ganas de descalzarse y tocar con los pies el frescor que emana del suelo, tan sediento y exhausto meses atrás. Somos afortunados porque ahora el agua, que es vida, ha dado parte de la suya a todo lo que rodea al ser humano. Ha convertido una ciudad fría y gris en otra muy diferente, con gente que disfruta en la calle, en los parques, al lado del río, haciendo deporte o paseando a sus mascotas. Hay vida. Y eso me alegra. Me pone contenta. Aunque exista un toque de queda y las sonrisas se vean más en los ojos que en los labios…estoy contenta.
Sacaré del armario todo lo que me recuerde al duro invierno pasado para sustituirlo por ropa ligera, con color y olor a flores. Saldré a pasear para que mi piel lechosa tome el sol y la vitamina D que tanta falta me hace ahora. Que no venga aún el calor abrasador, que espere un poco, por favor, que me deje disfrutar de estos días para saber que ahí fuera, casi al lado de mi ventana, suena el río, con un caudal que no llevaba en años y cuyo sonido me recuerda a diario al sonido del mar en calma, pero sin el olor a sal. En primavera yo también florezco y me salen alas de colores como a las frágiles mariposas. Deja que disfrute unos días, tiempo arbitrario, deja que disfrute. Que acabe mi clausura y respire el aroma que me ofrece una ciudad henchida de oxígeno vital. Déjame unos días que sea primavera, no te la lleves demasiado pronto.
Nélida L. del Estal Sastre
Ya empieza a hacer ese calorcito agradablemente soportable en mi ciudad, Zamora, donde pasamos del frío más gélido a un cuasi verano, sin mediar palabra, sin darnos tiempo de reacción ni corporal ni psicológica para preparar el cuerpo ante tal cambio en el clima. Pero ya está aquí y hemos de recibir este calorcillo primaveral con agrado. Vas paseando por cualquier parte y todo es verdor y colorido floral, ha llovido mucho y eso se nota en el palpitar de los árboles con sus fuertes y verdes ramas, repletas de hojas, en los altos céspedes con sus florecillas blancas asomando y formando un manto en el que apetece tumbarse y respirar a pleno pulmón, o dormitar un rato.
Dan ganas de descalzarse y tocar con los pies el frescor que emana del suelo, tan sediento y exhausto meses atrás. Somos afortunados porque ahora el agua, que es vida, ha dado parte de la suya a todo lo que rodea al ser humano. Ha convertido una ciudad fría y gris en otra muy diferente, con gente que disfruta en la calle, en los parques, al lado del río, haciendo deporte o paseando a sus mascotas. Hay vida. Y eso me alegra. Me pone contenta. Aunque exista un toque de queda y las sonrisas se vean más en los ojos que en los labios…estoy contenta.
Sacaré del armario todo lo que me recuerde al duro invierno pasado para sustituirlo por ropa ligera, con color y olor a flores. Saldré a pasear para que mi piel lechosa tome el sol y la vitamina D que tanta falta me hace ahora. Que no venga aún el calor abrasador, que espere un poco, por favor, que me deje disfrutar de estos días para saber que ahí fuera, casi al lado de mi ventana, suena el río, con un caudal que no llevaba en años y cuyo sonido me recuerda a diario al sonido del mar en calma, pero sin el olor a sal. En primavera yo también florezco y me salen alas de colores como a las frágiles mariposas. Deja que disfrute unos días, tiempo arbitrario, deja que disfrute. Que acabe mi clausura y respire el aroma que me ofrece una ciudad henchida de oxígeno vital. Déjame unos días que sea primavera, no te la lleves demasiado pronto.
Nélida L. del Estal Sastre


















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