HABLEMOS
Salud pública, infortunio e indignidad
Carlos Domínguez
Deplorable la actitud de los medios y las burocracias de toda índole, ejerciendo de palmeros del poder. En la actual vorágine del día a día, nos ha dejado una mujer y maestra de cuarenta y tres años, infortunada por encima de todo, pero también hija, hermana, probablemente esposa y madre. Acontecimiento luctuoso a sumar a todos los demás, que suscita la pregunta y mueve a la reflexión.
¿Qué importa realmente entre nosotros la persona individual? A ojos de los expertos en manipulación y propaganda, pues hasta ahora ahí se queda todo, lo fundamental es llevar adelante la vacunación masiva al hilo, siquiera como metáfora, de un concepto históricamente abyecto en origen como el de salud pública, evocación directa del crimen y la ignominia. Año II de la I República francesa. Maximiliano passim.
¿Qué puede interesar a las burocracias sociales una persona concreta, cualquiera de nosotros en el anonimato humilde de las familias y el ciudadano común, víctimas a día de hoy de un experimento gigantesco de ingeniería sanitaria, dentro del cual la población en general, y por vez primera a escala planetaria, está haciendo de cobaya bajo excusa de un virus sobre el que ni siquiera se quiere indagar el origen, la causa, la inmensa responsabilidad de la gran potencia comunista que, cuando menos por accidente, incubó y propagó la epidemia? En rigor, el individuo y la persona nada valen frente a lo social, lo público, lo gregario por millones, encarnando la máxima infamia, la más abyecta inmoralidad.
Y sin embargo, ¿cuál es la ventaja, cualidad o superioridad ética del número en este caso, salvo la dictadura material y corporal de la masa, del rebaño a inmunizar, del gigantesco redil animal en que ha venido a parar lo humano en su actual condición social gregaria? Una, dos o tres decenas de infelices fallecidos por la incompetencia de las burocracias y sus aparatos, nada cuentan, nada valen. Cuentan la salud, el bienestar, el pesebre y, por encima de todo, la pastueña obediencia del aprisco universal.
Deplorable la actitud de los medios y las burocracias de toda índole, ejerciendo de palmeros del poder. En la actual vorágine del día a día, nos ha dejado una mujer y maestra de cuarenta y tres años, infortunada por encima de todo, pero también hija, hermana, probablemente esposa y madre. Acontecimiento luctuoso a sumar a todos los demás, que suscita la pregunta y mueve a la reflexión.
¿Qué importa realmente entre nosotros la persona individual? A ojos de los expertos en manipulación y propaganda, pues hasta ahora ahí se queda todo, lo fundamental es llevar adelante la vacunación masiva al hilo, siquiera como metáfora, de un concepto históricamente abyecto en origen como el de salud pública, evocación directa del crimen y la ignominia. Año II de la I República francesa. Maximiliano passim.
¿Qué puede interesar a las burocracias sociales una persona concreta, cualquiera de nosotros en el anonimato humilde de las familias y el ciudadano común, víctimas a día de hoy de un experimento gigantesco de ingeniería sanitaria, dentro del cual la población en general, y por vez primera a escala planetaria, está haciendo de cobaya bajo excusa de un virus sobre el que ni siquiera se quiere indagar el origen, la causa, la inmensa responsabilidad de la gran potencia comunista que, cuando menos por accidente, incubó y propagó la epidemia? En rigor, el individuo y la persona nada valen frente a lo social, lo público, lo gregario por millones, encarnando la máxima infamia, la más abyecta inmoralidad.
Y sin embargo, ¿cuál es la ventaja, cualidad o superioridad ética del número en este caso, salvo la dictadura material y corporal de la masa, del rebaño a inmunizar, del gigantesco redil animal en que ha venido a parar lo humano en su actual condición social gregaria? Una, dos o tres decenas de infelices fallecidos por la incompetencia de las burocracias y sus aparatos, nada cuentan, nada valen. Cuentan la salud, el bienestar, el pesebre y, por encima de todo, la pastueña obediencia del aprisco universal.


















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