ZAMORANA
Vivimos tiempos convulsos
“Vivimos tiempos convulsos, amiga”, suele decirme alguien que aprecio, admiro y respeto; una de esas pocas personas que puedo llamar con mayúsculas: amiga, y es cierto porque estamos inmersos en una pandemia con una trayectoria de más de un año de restricciones, muertes, contagios, limitaciones… Me pregunto: ¿hemos aprendido algo? Siempre escuché que la gente que había sobrevivido a una hecatombe, ya sea una guerra, un tsunami u otro revés importante en su vida, quedaba marcada para siempre y, suponía, que su existencia era más rica porque de aquella experiencia vital había aprendido, se había hecho más fuerte.
Sin embargo, tras más de doce meses conviviendo o sorteando este Covid pernicioso, me da la impresión de que nos estamos acostumbrando a coexistir con él. Hay quien se rebela y se salta las normas, ya sea haciendo fiestas prohibidas, reuniones multitudinarias o negando la evidencia porque -dicen- están muy cansados de tantos impedimentos que ya no quieren soportar. En esta sociedad consumista en que vivimos, a la que hemos llegado a fuerza de crear un ficticio estado de bienestar, en que los jóvenes no carecen de nada, satisfacer su ocio les resulta vital, imbuirse en las redes sociales una necesidad y despreocuparse de los allegados más que natural porque su prioridad es ellos mismos, sus amigos y la pequeña cohorte de la que se rodean; a ellos -digo- les resulta muy difícil someterse. Sin embargo, las generaciones anteriores e incluso los que somos padres de estos jóvenes a los que me refiero, crecimos con valores como el espíritu de sacrificio, la obligación de trabajar, de crear y mantener una familia, la ausencia de ocio, el valor del esfuerzo… y eran condicionantes lógicos en los que basábamos la existencia, encarábamos las dificultades con rigor y ahora estamos mejor preparados para soportar restricciones; no es que no anhelemos esa libertad que nos han robado, pero sí llevamos mejor la espera hasta que estemos en disposición de disfrutarla.
Tampoco quiero demonizar a toda la juventud porque soy muy consciente de que no todos los jóvenes hacen botellones, ni se saltan las normas, ni relajan las medidas restrictivas; hay muchos, diría que la mayoría, que son perfectamente conscientes de la situación y se rebelan como los demás cuando ven imágenes de sus coetáneos saltándose alegremente las normas.
Por desgracia, no tenemos referentes públicos donde apoyarnos. Los políticos dicen hoy lo que niegan mañana, el ejemplo que dan a la población se basa en cubrir sus espaldas y asegurarse un cómodo futuro antes de velar por los intereses de los ciudadanos en una situación tan difícil como la que estamos atravesando y sus actitudes irresponsables o indiferentes no son el mejor espejo donde mirarse. Se hace más patente que nunca el descrédito que sentimos hacia ellos, su falta de autoridad es palmaria, la imagen que proyectamos al exterior resulta penosa, la gestión de la crisis pandémica y económica es vergonzosa y vivimos en un estado de incoherencia perpetua con diecisiete normativas para un mismo procedimiento. Antes fue la Navidad, y ahora la Semana Santa pone de manifiesto una vez más el absurdo de políticas irracionales en las que se cierran comunidades y se abren aeropuertos para franceses y alemanes a los que recibimos con los brazos abiertos y la alfombra roja bien extendida, aunque provengan de países con una alta incidencia de infecciones.
Confío en que, con la llegada de vacunas, los efectos de la pandemia se vayan aminorando y deseo que tarde mucho en surgir otra situación adversa para no ver, de nuevo, las vergüenzas de quienes nos dirigen, esas miserias que solo salen a flote en situaciones extremas, en circunstancias donde es preciso dar la talla porque hasta el momento en la clase política no he visto esa altura de miras, ese saber estar, esa superación de los problemas o ese consenso que tantas veces he oído de sus labios; se ha quedado todo en palabras, solo palabras.
Sin embargo, como la memoria del español es, en general, muy frágil, llegarán las elecciones -algunas a la vuelta de la esquina- y los ciudadanos cometeremos los mismos errores del pasado. Los candidatos nos dirigirán fervientes alegatos, promesas, fundamentos e imprecaciones al contrario en mítines enfervorecidos que ya todos conocemos. Yo rememoro las palabras atribuidas a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, y me sumo a ellas en la convicción de que todo seguirá igual, porque: “Venceréis, pero no convenceréis”
Mª Soledad Martín Turiño
“Vivimos tiempos convulsos, amiga”, suele decirme alguien que aprecio, admiro y respeto; una de esas pocas personas que puedo llamar con mayúsculas: amiga, y es cierto porque estamos inmersos en una pandemia con una trayectoria de más de un año de restricciones, muertes, contagios, limitaciones… Me pregunto: ¿hemos aprendido algo? Siempre escuché que la gente que había sobrevivido a una hecatombe, ya sea una guerra, un tsunami u otro revés importante en su vida, quedaba marcada para siempre y, suponía, que su existencia era más rica porque de aquella experiencia vital había aprendido, se había hecho más fuerte.
Sin embargo, tras más de doce meses conviviendo o sorteando este Covid pernicioso, me da la impresión de que nos estamos acostumbrando a coexistir con él. Hay quien se rebela y se salta las normas, ya sea haciendo fiestas prohibidas, reuniones multitudinarias o negando la evidencia porque -dicen- están muy cansados de tantos impedimentos que ya no quieren soportar. En esta sociedad consumista en que vivimos, a la que hemos llegado a fuerza de crear un ficticio estado de bienestar, en que los jóvenes no carecen de nada, satisfacer su ocio les resulta vital, imbuirse en las redes sociales una necesidad y despreocuparse de los allegados más que natural porque su prioridad es ellos mismos, sus amigos y la pequeña cohorte de la que se rodean; a ellos -digo- les resulta muy difícil someterse. Sin embargo, las generaciones anteriores e incluso los que somos padres de estos jóvenes a los que me refiero, crecimos con valores como el espíritu de sacrificio, la obligación de trabajar, de crear y mantener una familia, la ausencia de ocio, el valor del esfuerzo… y eran condicionantes lógicos en los que basábamos la existencia, encarábamos las dificultades con rigor y ahora estamos mejor preparados para soportar restricciones; no es que no anhelemos esa libertad que nos han robado, pero sí llevamos mejor la espera hasta que estemos en disposición de disfrutarla.
Tampoco quiero demonizar a toda la juventud porque soy muy consciente de que no todos los jóvenes hacen botellones, ni se saltan las normas, ni relajan las medidas restrictivas; hay muchos, diría que la mayoría, que son perfectamente conscientes de la situación y se rebelan como los demás cuando ven imágenes de sus coetáneos saltándose alegremente las normas.
Por desgracia, no tenemos referentes públicos donde apoyarnos. Los políticos dicen hoy lo que niegan mañana, el ejemplo que dan a la población se basa en cubrir sus espaldas y asegurarse un cómodo futuro antes de velar por los intereses de los ciudadanos en una situación tan difícil como la que estamos atravesando y sus actitudes irresponsables o indiferentes no son el mejor espejo donde mirarse. Se hace más patente que nunca el descrédito que sentimos hacia ellos, su falta de autoridad es palmaria, la imagen que proyectamos al exterior resulta penosa, la gestión de la crisis pandémica y económica es vergonzosa y vivimos en un estado de incoherencia perpetua con diecisiete normativas para un mismo procedimiento. Antes fue la Navidad, y ahora la Semana Santa pone de manifiesto una vez más el absurdo de políticas irracionales en las que se cierran comunidades y se abren aeropuertos para franceses y alemanes a los que recibimos con los brazos abiertos y la alfombra roja bien extendida, aunque provengan de países con una alta incidencia de infecciones.
Confío en que, con la llegada de vacunas, los efectos de la pandemia se vayan aminorando y deseo que tarde mucho en surgir otra situación adversa para no ver, de nuevo, las vergüenzas de quienes nos dirigen, esas miserias que solo salen a flote en situaciones extremas, en circunstancias donde es preciso dar la talla porque hasta el momento en la clase política no he visto esa altura de miras, ese saber estar, esa superación de los problemas o ese consenso que tantas veces he oído de sus labios; se ha quedado todo en palabras, solo palabras.
Sin embargo, como la memoria del español es, en general, muy frágil, llegarán las elecciones -algunas a la vuelta de la esquina- y los ciudadanos cometeremos los mismos errores del pasado. Los candidatos nos dirigirán fervientes alegatos, promesas, fundamentos e imprecaciones al contrario en mítines enfervorecidos que ya todos conocemos. Yo rememoro las palabras atribuidas a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, y me sumo a ellas en la convicción de que todo seguirá igual, porque: “Venceréis, pero no convenceréis”
Mª Soledad Martín Turiño
















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