CON LOS CINCO SENTIDOS
Las llaves de la felicidad
Decía la Madre Teresa de Calcuta lo siguiente: “No existen llaves para la felicidad. La puerta siempre está abierta”. Gracias a mi querida amiga Virginia por recordarme esta frase que hoy me servirá de bastón para escribir en mi cuaderno un día más.
Queremos la felicidad y ser felices por encima de todo, porque lo manda la sociedad, la publicidad de la televisión y esas caras de “lo tengo todo y también está a tu alcance”, y porque si no eres feliz a toda costa, no eres absolutamente nada. Eres menos que un gnomo de jardín en una película americana navideña. Nada. Tenemos en nuestro cerebro y proveniente de nuestro acervo cultural, la fatal idea de que si no somos felices, no somos nadie en este mundo, que si no damos la imagen de familia de anuncio y barbacoa los domingos es que no hemos conseguido una mierda. Pero ¿Os habéis fijado en cómo es este mundo? Fotos de tu yo en diversos espacios, solo o acompañado, pero siempre con una sonrisa de oreja a oreja o haciendo cosas que te proporcionan un estado de felicidad digno de ser envidiado por el común de los mortales. No te mientas, ¡coño! O sí, tú verás.
No se es feliz por mostrar tu careto sonriente en las fotos de tus salidas con amigos. ¿Acaso no eres consciente de que eres lo que eres realmente cuando estás solo, fuera de todo foco y la mirada inquisitiva del otro? Relájate. Sé tú mismo. De verdad que no cuesta tanto. Si te cuesta, mal asunto, amigo, mal asunto. Si tienes que fingir felicidad es que no la conoces ni por el forro. La felicidad te llega, bien porque la merezcas, o no, bien porque la busques de manera denodada y no pares hasta conseguirla.
Yo he buscado la felicidad durante decenios, desde niña. Pensaba que mi desdicha era el fruto de mi manera de ser, que no se podía ser “rara” sin unas consecuencias. Y vaya que las consecuencias a mis rarezas me vinieron sin ser llamadas. Pero, ¿quién tiene las llaves de la puerta de la felicidad? ¿Quién? ¿Esas llaves están en buenas manos o las tiene un cualquiera? ¿Existen esas llaves?
Todos los que pacemos en esta tierra nos labramos un camino, una senda. A veces, casi todas, el camino está lleno de piedras o de hondonadas en las que nos haremos algún que otro esguince…No todos tenemos un sembrado por el que caminar sin miedo. A veces, muchas, no hay simiente siquiera. Hemos de crearla, inventarla. Así que si afirmas, como decía la Madre Teresa de Calcuta, que la puerta de la felicidad está siempre abierta, quiero y deseo unas llaves a medida de la cerradura de mi morada, esa morada que guarda secretos sencillos por no herir a nadie, que en su entrada tiene guantes, mascarillas y gel hidroalcohólico para no dañar a los de dentro ni a los de fuera.
Para mí, las llaves de la felicidad de cada uno están en el corazón. Ese lugar de formas ovaladas que guarda todo lo bueno y lo malo de cada persona. Ese lugar que no tiene cerradura, sólo para aquellos que mancillaron su entrada. Malditos todos los que dañan las entradas y los adentros de un corazón puro que ansía ser feliz. Malditos los que quieren ser felices a costa de la infelicidad de otros. Hasta me cuesta maldecir…Haced lo que os dé la real gana, pero no fastidiéis a nadie por el camino. A nadie. Gracias. Intentad repartir felicidad, aunque no os sobre, compartidla. Es muy necesaria.
Además, ¿qué pasa si uno no es feliz? ¿Hay pena de cárcel?
Nélida L. del Estal Sastre
Decía la Madre Teresa de Calcuta lo siguiente: “No existen llaves para la felicidad. La puerta siempre está abierta”. Gracias a mi querida amiga Virginia por recordarme esta frase que hoy me servirá de bastón para escribir en mi cuaderno un día más.
Queremos la felicidad y ser felices por encima de todo, porque lo manda la sociedad, la publicidad de la televisión y esas caras de “lo tengo todo y también está a tu alcance”, y porque si no eres feliz a toda costa, no eres absolutamente nada. Eres menos que un gnomo de jardín en una película americana navideña. Nada. Tenemos en nuestro cerebro y proveniente de nuestro acervo cultural, la fatal idea de que si no somos felices, no somos nadie en este mundo, que si no damos la imagen de familia de anuncio y barbacoa los domingos es que no hemos conseguido una mierda. Pero ¿Os habéis fijado en cómo es este mundo? Fotos de tu yo en diversos espacios, solo o acompañado, pero siempre con una sonrisa de oreja a oreja o haciendo cosas que te proporcionan un estado de felicidad digno de ser envidiado por el común de los mortales. No te mientas, ¡coño! O sí, tú verás.
No se es feliz por mostrar tu careto sonriente en las fotos de tus salidas con amigos. ¿Acaso no eres consciente de que eres lo que eres realmente cuando estás solo, fuera de todo foco y la mirada inquisitiva del otro? Relájate. Sé tú mismo. De verdad que no cuesta tanto. Si te cuesta, mal asunto, amigo, mal asunto. Si tienes que fingir felicidad es que no la conoces ni por el forro. La felicidad te llega, bien porque la merezcas, o no, bien porque la busques de manera denodada y no pares hasta conseguirla.
Yo he buscado la felicidad durante decenios, desde niña. Pensaba que mi desdicha era el fruto de mi manera de ser, que no se podía ser “rara” sin unas consecuencias. Y vaya que las consecuencias a mis rarezas me vinieron sin ser llamadas. Pero, ¿quién tiene las llaves de la puerta de la felicidad? ¿Quién? ¿Esas llaves están en buenas manos o las tiene un cualquiera? ¿Existen esas llaves?
Todos los que pacemos en esta tierra nos labramos un camino, una senda. A veces, casi todas, el camino está lleno de piedras o de hondonadas en las que nos haremos algún que otro esguince…No todos tenemos un sembrado por el que caminar sin miedo. A veces, muchas, no hay simiente siquiera. Hemos de crearla, inventarla. Así que si afirmas, como decía la Madre Teresa de Calcuta, que la puerta de la felicidad está siempre abierta, quiero y deseo unas llaves a medida de la cerradura de mi morada, esa morada que guarda secretos sencillos por no herir a nadie, que en su entrada tiene guantes, mascarillas y gel hidroalcohólico para no dañar a los de dentro ni a los de fuera.
Para mí, las llaves de la felicidad de cada uno están en el corazón. Ese lugar de formas ovaladas que guarda todo lo bueno y lo malo de cada persona. Ese lugar que no tiene cerradura, sólo para aquellos que mancillaron su entrada. Malditos todos los que dañan las entradas y los adentros de un corazón puro que ansía ser feliz. Malditos los que quieren ser felices a costa de la infelicidad de otros. Hasta me cuesta maldecir…Haced lo que os dé la real gana, pero no fastidiéis a nadie por el camino. A nadie. Gracias. Intentad repartir felicidad, aunque no os sobre, compartidla. Es muy necesaria.
Además, ¿qué pasa si uno no es feliz? ¿Hay pena de cárcel?
Nélida L. del Estal Sastre

















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