HABLEMOS
¡Maldita peste!
Carlos Domínguez
¡Y maldita naturaleza! Por el drama de miles de familias que han sufrido la pérdida de algún ser querido, cuando no visto naufragar por completo su proyecto vital.
Aun así, hay algo más. Desgraciadamente, esta calamidad biológica, y hasta si se quiere ecológica por lo que tiene de natural en la agresión desatada de un organismo vivo, otro más a añadir a la infinita y multicolor taxonomía de parásitos, especies y razas, está destruyendo lo mejor de lo humano, nada distinto al artificio sublime de la cultura y la civilización. Pese a delirios ecológicos que no pasan de ideologías de quiosco para consumo mediático, la naturaleza nunca será madre sino madrastra, realidad poderosa en lo tosco y salvaje de su discurrir. Históricamente, el hombre no ha hecho otra cosa que domesticarla en la medida justa, única tutelar por lo que abriga de razón convencida de la necesidad de conservar aquello que, propiamente hablando, no nos pertenece como entorno invasivo y hostil. Darwinismo tal cual, puestos a plantear en términos biológicos la relación del hombre con la naturaleza.
Hoy aquello que ésta nos arrebata, valiéndose de un brutal asalto de la animalidad en su manifestación ínfima y poco menos que ridícula, es todo lo que hemos forjado como arte y cultura. Cualquier plaga, una peste más de las muchas con que un medio supuestamente benéfico viene asolándonos a lo largo de milenios, basta para que perdamos de la noche a la mañana la vida, pero igualmente el placer del paseo, de la convivencia, del saludo o la charla, que equivalen a humanidad bajo la condición de civilidad. Deleites humildes se vuelven impracticables a causa de la suspicacia, del recelo no ya hacia el semejante universal, entelequia absurda, sino hacia el conciudadano, amigo y conocido, que habita junto a nosotros una ciudad donde solíamos disfrutar de la feliz y apacible liturgia del modesto café mañanero. Una tos, la mascarilla mal colocada, una proximidad excesiva o cualquier otro gesto antes habitual en la vida cotidiana, nos llevan hoy a maldecir, invitando al rechazo de quien compartía de algún modo nuestra existencia. En forma siquiera de urbanidad, eso es de lo que se nos priva.
Y a los zamoranos, no ya por el ocasional y ahora casi diríamos bendito aguacero de media tarde, va por el segundo año que también se nos hurta convivencia y festejo de nuestra Semana Santa. Demasiado, realmente, incluso viniendo de la madre naturaleza.
¡Y maldita naturaleza! Por el drama de miles de familias que han sufrido la pérdida de algún ser querido, cuando no visto naufragar por completo su proyecto vital.
Aun así, hay algo más. Desgraciadamente, esta calamidad biológica, y hasta si se quiere ecológica por lo que tiene de natural en la agresión desatada de un organismo vivo, otro más a añadir a la infinita y multicolor taxonomía de parásitos, especies y razas, está destruyendo lo mejor de lo humano, nada distinto al artificio sublime de la cultura y la civilización. Pese a delirios ecológicos que no pasan de ideologías de quiosco para consumo mediático, la naturaleza nunca será madre sino madrastra, realidad poderosa en lo tosco y salvaje de su discurrir. Históricamente, el hombre no ha hecho otra cosa que domesticarla en la medida justa, única tutelar por lo que abriga de razón convencida de la necesidad de conservar aquello que, propiamente hablando, no nos pertenece como entorno invasivo y hostil. Darwinismo tal cual, puestos a plantear en términos biológicos la relación del hombre con la naturaleza.
Hoy aquello que ésta nos arrebata, valiéndose de un brutal asalto de la animalidad en su manifestación ínfima y poco menos que ridícula, es todo lo que hemos forjado como arte y cultura. Cualquier plaga, una peste más de las muchas con que un medio supuestamente benéfico viene asolándonos a lo largo de milenios, basta para que perdamos de la noche a la mañana la vida, pero igualmente el placer del paseo, de la convivencia, del saludo o la charla, que equivalen a humanidad bajo la condición de civilidad. Deleites humildes se vuelven impracticables a causa de la suspicacia, del recelo no ya hacia el semejante universal, entelequia absurda, sino hacia el conciudadano, amigo y conocido, que habita junto a nosotros una ciudad donde solíamos disfrutar de la feliz y apacible liturgia del modesto café mañanero. Una tos, la mascarilla mal colocada, una proximidad excesiva o cualquier otro gesto antes habitual en la vida cotidiana, nos llevan hoy a maldecir, invitando al rechazo de quien compartía de algún modo nuestra existencia. En forma siquiera de urbanidad, eso es de lo que se nos priva.
Y a los zamoranos, no ya por el ocasional y ahora casi diríamos bendito aguacero de media tarde, va por el segundo año que también se nos hurta convivencia y festejo de nuestra Semana Santa. Demasiado, realmente, incluso viniendo de la madre naturaleza.
















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