Mª Soledad Martín Turiño
Sábado, 10 de Abril de 2021
ZAMORANA

Las gotas mágicas

[Img #51655]Nuestra esperanza se encuentra diluida en apenas unas gotas mágicas que nos inyectarán tras acceder mediante una fila gigante de personas que esperan a ser bautizadas con esta pócima en la que muchos depositamos todas nuestras esperanzas. Dicen los expertos -y en eso debemos basarnos-que el beneficio supera los riesgos, que todas las vacunas anticovid están testadas y garantizadas por organismos suficientemente acreditados: OMS, Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), Agencia Europea del Medicamente (EMA) etc.

 

Con estos mimbres no parece viable otra opción que no sea vacunarnos, ya que está visto que las llamadas a la responsabilidad personal son manifiestamente quebrantadas por muchos, poniendo en riesgo su salud y la de los demás. Sin embargo, el hecho de inyectarnos una de las vacunas que han llegado a nuestro país, no implica dejar de ser responsables; la distancia de seguridad, la mascarilla, el habitual lavado de manos, evitar tumultos y grupos numerosos y no acercarnos demasiado a los demás deben seguir siendo condiciones de obligado cumplimiento.

 

Veo a la gente en la fila, aguardando pacientemente su turno, contemplo sus rostros, en algunos asoma la preocupación; otros, en cambio, están felices de que haya llegado su momento, y todos van pasando, uno a uno hasta el puesto donde le esperan los sanitarios, aguja en mano, sonrisa en el rostro y cansancio en el alma, para vacunar a otra persona y que aumente las estadísticas de población inmunizada con que nos refieren a diario en los informativos.

 

Esta amenaza mundial parece una situación peculiar, pero no es única, porque ha habido en la historia grandes epidemias: peste, viruela, gripe española, gripes asiáticas, VIH…. que dejaron un rastro de millones de personas fallecidas en todo el planeta, modificando al mismo tiempo los hábitos de vida en la sociedad que, igual que ahora, se ha visto obligada a alterar costumbres, cambiar formas comportamientos y asumir otros en relación con la enfermedad que, en cada momento, atacaba; además de provocar una crisis sanitaria, social y económica de dimensiones extraordinarias.

 

No obstante, la grandeza del ser humano reside en su capacidad de luchar contra la adversidad, de caer y luego levantarse. Estoy convencida de que, tras esta hecatombe, de nuevo florecerá la sociedad libre que hemos disfrutado y, espero que cuando eso ocurra, cuando ya no existan las limitaciones y el virus esté controlado pasando a ser una pesadilla que nos robó un tiempo considerable de vida, entonces espero y deseo que seamos capaces de vivir sin olvidar lo que perdimos una vez, valorando más ese día a día que se nos antoja, en ocasiones, anodino. Pienso también en todos aquellos que perdimos en la lucha y que habrá que recordar y honrar como se merecen porque en su mayoría fue una generación que sentó las bases con su trabajo del posterior estado de bienestar que hoy gozamos; y no quiero olvidar a aquellos que nos ayudaron en la lucha difícil del día a día, cuando las sombras del invierno y de una enfermedad invisible y desconocida hacían mella en cuerpos y mentes encerrados en casa.

 

Sí, llegará a luz y quisiera que llegara para todos, que no hubiera, como siempre, habitantes de primera y de segunda dependiendo del lugar donde se nace; unos acostumbrados a una vida regalada y otros coexistiendo en la más absoluta pobreza. La enfermedad debería ser erradicada en todos los lugares del mundo, porque esta es una pandemia mundial; no debemos dejar a nadie atrás en una sociedad globalizada donde la salud debería constituir una poderosa razón para luchar y vencer, pero todos a la vez, países pobres y ricos, sin desatender a nadie.

 

Las gotas mágicas ya han sido administradas a millones de personas, pero aún queda mucho por hacer. Es el momento de reconocer la inigualable labor de investigadores, científicos, virólogos o inmunólogos que, encerrados en sus laboratorios, han propiciado que su labor callada se manifieste en avances médicos tan importantes como estas vacunas que pueden salvarnos la vida. En este país tan olvidadizo, pongámosles en valor también a ellos, porque merecen nuestro reconocimiento.

 

Llega mi turno. Dejo atrás los recelos y avanzo hacia uno de los puestos donde me espera una fina aguja que puede cambiarme la vida.

 

 

Mª Soledad Martín Turiño

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