Miércoles, 21 de Enero de 2026

Eugenio de Ávila
Domingo, 11 de Abril de 2021
FASE DE ASCENSO A SEGUNDA A

Análisis de una infamia arbitral

Foto cedida por el Zamora CFCuatro o cinco horas después de haber asistido, a través de la televisión privada de esta no región- uno de los comentaristas debía ser miembro del Real Valladolid SAD, por su parcial interpretación de lo acontecido en el césped- al más descarado, sádico e inicuo arbitraje que he conocido en mi ya larga vida como aficionado o crítico de fútbol, sigo tocado, anonadado, entristecido, rendido.

 

Comprendo que un árbitro, en cualquier categoría, se equivoque, porque resulta complicado, en décimas de segundo, decidir qué es falta o no.  Incluso con VAR siempre hay dudas de si la decisión fue acertada. Empírico. Pero hay errores inexplicables. El más descomunal, el de Guruceta, hace medio siglo ya, en el Nou Camp. Después he conocido arbitrajes parciales, casi siempre a favor del Real Madrid y Barça, primos hermanos en el favoritismo arbitral, e intervenciones decisivas de colegiados en el resultado final de un encuentro. También asistí a arbitrajes sutiles, inteligentes, políticos, de esos que, sin darte cuenta, van minando la moral, la ilusión, la esperanza  de un equipo, hasta conducirlo a la derrota anunciada. Pero lo que he visto esta mañana de abril en Valladolid me resulta tan criminal, tan injusto, tan canallesco, que he creído que era un sueño de madrugada.

 

Podría perdonar a este personaje galaico que no viese que el  tanto del empate local, cuando concluía la primera parte, vino precedido de unas manos claras de Fran Álvarez. Vale. También que le entrase un mosquito en el ojo en el instante justo en que el central del Promesas zancadilleaba a Coscia dentro del área. Pero que juzgase como penalti, un minuto después de su pérdida de visión en el área local, el acto circense de un revolucionado Paulo no sé qué, futbolista mediocre, pero actor interesante para circos que buscan el más difícil todavía, merece que este trencilla no vuelva a pitar ni un partido de solteros contra casados en cualquier playa gallega.

 

Pero este personaje, antes de cometer el crimen futbolístico, andaba más atento al cotillero en la grada rojiblanca que a los acontecimientos sobre el césped. Mostró tarjetas rojas como disparaba Billy The Kid. ¡Qué rapidez, que habilidad, que valentía con el “colt” en forma  de cartulina carmesí! Se olvidó de arbitrar para aplicar la censura al pueblo. Le robo el triunfo al Zamora, escupiendo sobre el sudor de sus jugadores, excretando en el escudo rojiblanco, riéndose de un club y de sus seguidores.

 

Arbitraje canallesco de un colegiado gallego, uno más entre los que designan de Galicia,  donde parecen crearse y criarse enemigos viscerales del Zamora C.F. , se cual fuera el presidente, el entrenador y los jugadores que formen parte del club rojiblanco.

 

La directiva rojiblanca puede hacer lo que le dé la real gana, pero debería enviar  imágenes del expolio vivido esta mañana en Valladolid a la RFEF. Y no se teman represalias, porque más daño ya es imposible causar a una afición y a un equipo.

 

David Movilla, un inmenso entrenador, un caballero más allá del fútbol, dijo, al término del partido, del robo a su equipo, que “hablar del árbitro es de perdedores”. Quizá tenga razón su aserto. Pero es que a mí este árbitro me derrotó esta mañana de abril, primavera húmeda. Y escribo como terapia, para arrancarme el dolor que provoca la injusticia. Soy un perdedor. Quizá una victoria, como la que logró esta mañana el filial del  Valladolid, me parezca más mezquina que una derrota como la del Zamora C.F.

Eugenio-Jesús de Ávila

 

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