HABLEMOS
Sánchez en apuros
Carlos Domínguez
La salida de Iglesias del gobierno es algo más que una anécdota, con el personaje volviendo a lo que siempre fue, un activista asambleario sin la menor talla ni visión política. En realidad, el podemismo jamás jugó papel alguno en la política española, salvo una labor servil como apéndice del PSOE, verdadero aparato con vocación y capacidad de ejercer el poder. El sanchismo, andamiaje de una camarilla superpuesta a su misma estructura partidaria, no puede ignorar la nueva situación.
No es cierto que Sánchez hubiera preferido prescindir de un podemismo instalado en la algarada y la soflama. A fin de cuentas fue su elección, necesitando como necesitaba a Iglesias y su variopinta cohorte para afianzarse no ya ante el electorado y la opinión pública, sino ante el propio partido. Sin Iglesias y todo lo que representa, el Sánchez de las primarias y el asalto a Ferraz no se habría alzado con una dirección y un liderazgo que, incluso como monumental cambalache, lo fueron a costa de la cohesión de su partido, asistiendo al espectáculo ofrecido por una colección de advenedizos capaz de imponerse a la nomenclatura de décadas, refugiada hoy en sus feudos territoriales.
Para Sánchez Iglesias era pieza insustituible de su artificial proyecto, inviable sin el radicalismo orquestado gracias a la maniobra, el tejemaneje, la improvisación cara a la galería de una propaganda cuyo único objetivo fue y es la supervivencia en el día a día. Iglesias, precisamente desde una acreditada inoperancia, era la coartada ideal no ya como vicepresidente sino como miembro del gobierno, apuntalando mal que bien una coalición vital antes que para el PSOE para la tramoya sanchista, como elemento diferenciador, por el lado de un izquierdismo extremo no menos que de salón, respecto al entonces y siempre poderoso aparato socialista, anclado en una tradición a medio camino entre las prácticas priístas y el clásico programa de una socialdemocracia a la europea.
¿En qué situación queda Sánchez con Iglesias fuera del gobierno, dejando a tres ministras florero como ilusoria garantía de políticas sociales cuya implementación depende de la mayoría socialista renuente al exceso más allá del gesto vacío, y atrincherada en un tacticismo que busca sobrevivir a cualquier precio? Con independencia de sus expectativas electorales, el sanchismo se halla en una difícil tesitura, debido a la previsible reacción de las jerarquías del aparato socialista, que no dudarán en actuar al primer síntoma de flaqueza, altamente probable a causa de la epidemia y la crisis económica, poniendo fin a lo que nunca dejó de ser fuego fatuo, así como experimento de pura ambición personal.
La salida de Iglesias del gobierno es algo más que una anécdota, con el personaje volviendo a lo que siempre fue, un activista asambleario sin la menor talla ni visión política. En realidad, el podemismo jamás jugó papel alguno en la política española, salvo una labor servil como apéndice del PSOE, verdadero aparato con vocación y capacidad de ejercer el poder. El sanchismo, andamiaje de una camarilla superpuesta a su misma estructura partidaria, no puede ignorar la nueva situación.
No es cierto que Sánchez hubiera preferido prescindir de un podemismo instalado en la algarada y la soflama. A fin de cuentas fue su elección, necesitando como necesitaba a Iglesias y su variopinta cohorte para afianzarse no ya ante el electorado y la opinión pública, sino ante el propio partido. Sin Iglesias y todo lo que representa, el Sánchez de las primarias y el asalto a Ferraz no se habría alzado con una dirección y un liderazgo que, incluso como monumental cambalache, lo fueron a costa de la cohesión de su partido, asistiendo al espectáculo ofrecido por una colección de advenedizos capaz de imponerse a la nomenclatura de décadas, refugiada hoy en sus feudos territoriales.
Para Sánchez Iglesias era pieza insustituible de su artificial proyecto, inviable sin el radicalismo orquestado gracias a la maniobra, el tejemaneje, la improvisación cara a la galería de una propaganda cuyo único objetivo fue y es la supervivencia en el día a día. Iglesias, precisamente desde una acreditada inoperancia, era la coartada ideal no ya como vicepresidente sino como miembro del gobierno, apuntalando mal que bien una coalición vital antes que para el PSOE para la tramoya sanchista, como elemento diferenciador, por el lado de un izquierdismo extremo no menos que de salón, respecto al entonces y siempre poderoso aparato socialista, anclado en una tradición a medio camino entre las prácticas priístas y el clásico programa de una socialdemocracia a la europea.
¿En qué situación queda Sánchez con Iglesias fuera del gobierno, dejando a tres ministras florero como ilusoria garantía de políticas sociales cuya implementación depende de la mayoría socialista renuente al exceso más allá del gesto vacío, y atrincherada en un tacticismo que busca sobrevivir a cualquier precio? Con independencia de sus expectativas electorales, el sanchismo se halla en una difícil tesitura, debido a la previsible reacción de las jerarquías del aparato socialista, que no dudarán en actuar al primer síntoma de flaqueza, altamente probable a causa de la epidemia y la crisis económica, poniendo fin a lo que nunca dejó de ser fuego fatuo, así como experimento de pura ambición personal.


















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