HABLEMOS
Circos mitineros
Carlos Domínguez
Hasta el momento Vox ha sido Santiago Abascal, cuya dirección hizo del partido la tercera fuerza parlamentaria, junto al éxito cosechado en los comicios catalanes. Sin embargo, después de una estrategia basada en la firme y legítima defensa de valores compartidos por buena parte de la ciudadanía, y con independencia de las expectativas electorales, Vox arrastra rémoras que comprometen a medio plazo sus objetivos, sin duda alcanzar el poder ejerciendo el liderazgo de la derecha conservadora.
No resulta acertado, y menos aún eficaz, empeñarse en llevar la contienda política a los tribunales un día sí y otro también, para que demandas o querellas se empantanen a remolque de autos condenados a dormir el sueño de los justos, por vía del archivo o la desestimación. Mas tampoco parece inteligente exponerse como en Vallecas, dentro de la precampaña a las elecciones madrileñas.
Naturalmente que Vox y sus líderes tienen todo el derecho a organizar actos electorales sin sufrir la presión de un matonismo político que va en aumento, viniendo por costumbre de donde viene. Aun así, algaradas como la alentada por la extrema izquierda en Vallecas a quien perjudican es a Vox y su líder, obligado por la fuerza de las cosas a dar una imagen inadecuada para quien estaría llamado a asumir tareas muy distintas a la de hacer frente a vulgares agitadores de pancarta y soflama.
Que Iglesias haya optado por la estrategia de la bravuconería o el rifirrafe vecinal, no hace sino acreditar la mediocridad e irrelevancia del personaje. A falta de una revolución hoy imposible, incluso desde artimañas a la cubana o la venezolana, el podemismo con su líder en huida hacia la nada jamás será opción de gobierno, ni siquiera bajo el papel de aliado coyuntural del PSOE, auténtico núcleo de poder de la izquierda española.
Un Abascal en horas altas y no bajas debería cuidar, más aún dado el protagonismo que asume dentro de su partido, la imagen de líder de la derecha nacional, bien en solitario o en coalición con el PP. A Vox difícilmente puede interesarle enredarse en los tribunales mediante acciones legales con que dirimir disputas políticas. Pero a Abascal menos todavía hacerlo en medio de circos mitineros en los que no tiene arte ni parte, pero que en términos de exposición mediática devalúan su figura. En definitiva, Vox ha de hacerse a la idea de que está llamado probablemente a ser partido de Estado por serlo de gobierno, algo que jamás entendió un podemismo abocado a la más absoluta inoperancia. E igualmente Abascal debería tomar conciencia de que su sitio no está ya ni en el tablado ni el atril de un mitin de barriada, inoportuno como fue el de Vallecas en todos los sentidos. Su lugar es el parlamento nacional, donde un Sánchez víctima de su mediocridad no representa para él rival alguno.
Hasta el momento Vox ha sido Santiago Abascal, cuya dirección hizo del partido la tercera fuerza parlamentaria, junto al éxito cosechado en los comicios catalanes. Sin embargo, después de una estrategia basada en la firme y legítima defensa de valores compartidos por buena parte de la ciudadanía, y con independencia de las expectativas electorales, Vox arrastra rémoras que comprometen a medio plazo sus objetivos, sin duda alcanzar el poder ejerciendo el liderazgo de la derecha conservadora.
No resulta acertado, y menos aún eficaz, empeñarse en llevar la contienda política a los tribunales un día sí y otro también, para que demandas o querellas se empantanen a remolque de autos condenados a dormir el sueño de los justos, por vía del archivo o la desestimación. Mas tampoco parece inteligente exponerse como en Vallecas, dentro de la precampaña a las elecciones madrileñas.
Naturalmente que Vox y sus líderes tienen todo el derecho a organizar actos electorales sin sufrir la presión de un matonismo político que va en aumento, viniendo por costumbre de donde viene. Aun así, algaradas como la alentada por la extrema izquierda en Vallecas a quien perjudican es a Vox y su líder, obligado por la fuerza de las cosas a dar una imagen inadecuada para quien estaría llamado a asumir tareas muy distintas a la de hacer frente a vulgares agitadores de pancarta y soflama.
Que Iglesias haya optado por la estrategia de la bravuconería o el rifirrafe vecinal, no hace sino acreditar la mediocridad e irrelevancia del personaje. A falta de una revolución hoy imposible, incluso desde artimañas a la cubana o la venezolana, el podemismo con su líder en huida hacia la nada jamás será opción de gobierno, ni siquiera bajo el papel de aliado coyuntural del PSOE, auténtico núcleo de poder de la izquierda española.
Un Abascal en horas altas y no bajas debería cuidar, más aún dado el protagonismo que asume dentro de su partido, la imagen de líder de la derecha nacional, bien en solitario o en coalición con el PP. A Vox difícilmente puede interesarle enredarse en los tribunales mediante acciones legales con que dirimir disputas políticas. Pero a Abascal menos todavía hacerlo en medio de circos mitineros en los que no tiene arte ni parte, pero que en términos de exposición mediática devalúan su figura. En definitiva, Vox ha de hacerse a la idea de que está llamado probablemente a ser partido de Estado por serlo de gobierno, algo que jamás entendió un podemismo abocado a la más absoluta inoperancia. E igualmente Abascal debería tomar conciencia de que su sitio no está ya ni en el tablado ni el atril de un mitin de barriada, inoportuno como fue el de Vallecas en todos los sentidos. Su lugar es el parlamento nacional, donde un Sánchez víctima de su mediocridad no representa para él rival alguno.
















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