HABLEMOS
Iglesias, tocata y fuga
Carlos Domínguez
El podemismo representa una anécdota en nuestra política doméstica, a causa de su doble carencia. Primeramente, la de una estructura partidaria nunca vertebrada, producto de la fórmula difusa de mareas y alianzas locales, conglomerado sin unidad ni cohesión. Pero carencia también en cuanto a programa e ideario, más allá de la colección de eslóganes que se quiere hacer pasar por discurso político, desde una insufrible mezcla de bravatas, vulgaridad y demagogia suburbial.
Aun así, la justa medida de la irrelevancia de una fuerza radicalizada en la pancarta y la soflama, aunque absolutamente inane respecto a su breve labor institucional y acción de gobierno, la proporciona la inexplicable huida, en rigor hacia la nada, del vicepresidente del gobierno aireando excusas que rayan el estrambote.
De Pablo Iglesias se ha hablado demasiado, en buena parte por histrionismo e interés del propio personaje. Pero se ha debatido equivocadamente sobre el quién, ignorando lo fundamental relativo al qué. ¿Qué es y ha sido políticamente Iglesias? Al margen de un pobre bagaje ideológico, el vicepresidente ejerció en todo momento de activista entre asambleario y mitinero, recordando la figura del eterno delegado de curso, sin la menor capacidad de gestión y falto de visión política. Ciertamente, Iglesias nunca dio para más, ayuno en el fondo del instinto maniobrero de cualquier apparatchik, siempre hábil a la hora de moverse entre suspicacias, ambiciones y rivalidades de sus correligionarios.
Pero lo esencial no atañe a Iglesias ni a su partido, abocado en el mejor de los casos a la marginalidad del ocho o diez por ciento del voto, según ocurriera en el pasado con formaciones hermanas. Lo decisivo se refiere a la situación en que queda el verdadero núcleo de poder de la política española a lo largo de las últimas décadas, no otro que el PSOE como aparato bien engrasado y sumamente eficaz. Se quiera o no, la marcha de Iglesias debilita al sanchismo, diseñado en origen como bloque superpuesto al grueso de su estructura partidaria, y apoyado en el títere podemita como coartada de un experimento político sin auténtica base, ni en lo electoral ni en coherencia programática.
Con el podemismo en crisis, ¿acaso el inquilino de la Moncloa pretende sobrevivir gracias al apoyo interesado de separatistas catalanes y vascos, haciendo valer ante los suyos un liderazgo zigzagueante, que lo ha sido por un tacticismo oportunista y miope, para convencer o, llegado el caso, imponerse a los poderes del veterano y roqueño socialismo, sin duda la fuerza mejor organizada en virtud de una larga experiencia durante la transición? Iglesias, no por vicepresidente sino por miembro del gobierno, era necesario para guardar las apariencias, en medio de un cambalache monumental. Una vez fuera, con independencia del trueque rocambolesco de sillones y carteras, ilusoria garantía de la continuidad de políticas sociales que jamás importaron ni a los unos ni los otros, el sanchismo se revela proyecto agotado, con fecha de caducidad a corto plazo. Ahora bien, ¿podrá el PSOE recuperar el clásico socialdemócrata?
El podemismo representa una anécdota en nuestra política doméstica, a causa de su doble carencia. Primeramente, la de una estructura partidaria nunca vertebrada, producto de la fórmula difusa de mareas y alianzas locales, conglomerado sin unidad ni cohesión. Pero carencia también en cuanto a programa e ideario, más allá de la colección de eslóganes que se quiere hacer pasar por discurso político, desde una insufrible mezcla de bravatas, vulgaridad y demagogia suburbial.
Aun así, la justa medida de la irrelevancia de una fuerza radicalizada en la pancarta y la soflama, aunque absolutamente inane respecto a su breve labor institucional y acción de gobierno, la proporciona la inexplicable huida, en rigor hacia la nada, del vicepresidente del gobierno aireando excusas que rayan el estrambote.
De Pablo Iglesias se ha hablado demasiado, en buena parte por histrionismo e interés del propio personaje. Pero se ha debatido equivocadamente sobre el quién, ignorando lo fundamental relativo al qué. ¿Qué es y ha sido políticamente Iglesias? Al margen de un pobre bagaje ideológico, el vicepresidente ejerció en todo momento de activista entre asambleario y mitinero, recordando la figura del eterno delegado de curso, sin la menor capacidad de gestión y falto de visión política. Ciertamente, Iglesias nunca dio para más, ayuno en el fondo del instinto maniobrero de cualquier apparatchik, siempre hábil a la hora de moverse entre suspicacias, ambiciones y rivalidades de sus correligionarios.
Pero lo esencial no atañe a Iglesias ni a su partido, abocado en el mejor de los casos a la marginalidad del ocho o diez por ciento del voto, según ocurriera en el pasado con formaciones hermanas. Lo decisivo se refiere a la situación en que queda el verdadero núcleo de poder de la política española a lo largo de las últimas décadas, no otro que el PSOE como aparato bien engrasado y sumamente eficaz. Se quiera o no, la marcha de Iglesias debilita al sanchismo, diseñado en origen como bloque superpuesto al grueso de su estructura partidaria, y apoyado en el títere podemita como coartada de un experimento político sin auténtica base, ni en lo electoral ni en coherencia programática.
Con el podemismo en crisis, ¿acaso el inquilino de la Moncloa pretende sobrevivir gracias al apoyo interesado de separatistas catalanes y vascos, haciendo valer ante los suyos un liderazgo zigzagueante, que lo ha sido por un tacticismo oportunista y miope, para convencer o, llegado el caso, imponerse a los poderes del veterano y roqueño socialismo, sin duda la fuerza mejor organizada en virtud de una larga experiencia durante la transición? Iglesias, no por vicepresidente sino por miembro del gobierno, era necesario para guardar las apariencias, en medio de un cambalache monumental. Una vez fuera, con independencia del trueque rocambolesco de sillones y carteras, ilusoria garantía de la continuidad de políticas sociales que jamás importaron ni a los unos ni los otros, el sanchismo se revela proyecto agotado, con fecha de caducidad a corto plazo. Ahora bien, ¿podrá el PSOE recuperar el clásico socialdemócrata?

















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