Miércoles, 21 de Enero de 2026

Redacción
Viernes, 30 de Abril de 2021
HABLEMOS

Socialismo y gregarismo

Carlos Domínguez

[Img #52409]   A punto de que el tomo segundo de la obra Génesis espiritual del gregarismo vea la luz, en dos volúmenes sobre la obra de J. Locke, padre de la doctrina liberal, una reflexión se abre camino a la espera del análisis de la filosofía de David Hume, sin duda principal apóstol, mediando el Rousseau panfletario, de la visión gregaria y socializadora que salvo honrosas excepciones hizo suya el pensamiento de la modernidad. Un Hume a quien le cupo el muy  dudoso honor de utilizar probablemente por vez primera la expresión “Estado social”, anunciando el inmediato porvenir gracias a lo que personalmente juzgaba “progreso de las Luces”.

 

   Como gran perversión moral e intelectual de nuestro tiempo, el socialismo no es en rigor un hecho político, relativo a instituciones, regímenes o formas de gobierno, así la “democracia perfecta” por la que abogó Locke al hilo de una obra tan sugestiva como latitudinaria. Mas el socialismo ni siquiera es una doctrina, tampoco una mentalidad entendida a modo de sistema de creencias. Es fundamentalmente conciencia y actitud, especie de estar ahí en modesta paráfrasis heideggeriana, merced al cual desde un designio aniquilador de la persona, la individualidad y la libertad, cada quien se obliga en conciencia a ser y vivir para los demás, un nosotros como totalidad impuesta al individuo para hacer de lo comunal, lo colectivo y lo público rasero ético capaz de determinar cualquier deber o norma de conducta. Actitud que brota de una raíz no propiamente cultural, sino filosófica o incluso metafísica, aflorando en todas y cada una de las manifestaciones de la vida cotidiana, por humildes que resulten.

 

   Aberrante bajo el prisma de lo humano, esa conciencia de renuncia a la identidad y razón propias, con el fin de que la persona se diluya solidariamente en el magma amorfo de lo social, como representación de un todos tiránico bajo marca y sello de la necesidad, es la verdadera clave de un socialismo cuyo objetivo último fue siempre dominar las almas, sometidas a la tiranía de un pensamiento único. Despotismo y gulag espiritual que no ya físico ni político, de la mano de un decálogo de dogmas indiscutidos, a defender con voluntad inquisitorial por aparatos que rebasan lo  estatal e institucional, para afianzar su imperio por medio del fanatismo y la sinrazón en el seno mismo de la sociedad. Socialismo en grado absoluto como puro gregarismo, en el sentido de comportamientos esclavos del instinto y la animalidad, fácilmente manipulables por el Estado y los mecanismos del poder.

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