ZAMORANA
Cambio de aires
Cuento los días para ver tu rostro, para escuchar tu sonrisa siempre alegre, para reflejarme en tus ojos color avellana, para entrar en disquisiciones, coloquios, diatribas, mensajes, diálogos…. en quitarnos el turno de palabra porque el tiempo es insuficiente para expresar todo lo que sentimos y se atropellan las frases.
Te añoro tanto que aún no he disfrutado de tu presencia, cuando ya estoy pensando en la lejanía que volverá a separarnos. Los proyectos se harán realidad tan solo con sentirnos cerca; si acaso miraremos el mar en los mismos puntos con distintos ojos y otros sentimientos; el aire despeinará nuestros cabellos y correremos como niños tras la espuma que dejan las olas hasta llegar a la extenuación; y entonces nos tumbaremos en la arena de la playa sin miedo y sin pensar en las miradas ajenas que sonríen condescendientes mientras nos observan.
Cuando vaya, cuando por fin haya recorrido la distancia que nos separa, sentiré el aire perfumado de esa nueva tierra, y escucharé las voces cantarinas y el acento especial de aquellas gentes que miran al forastero con curiosidad y casi siempre con recelo.
Al pisar el paisaje castellano, tengo la fortuna de observar el formidable espectáculo de una puesta de sol, mientras al fondo suena la suave música de la sinfonía Nº 4 de Brahms. El ómnibus continúa su marcha a una velocidad regular, lo que me permite disfrutar como incide la luz brillante en los pueblos diseminados a ambos lados de la carretera y el cielo plagado de nubarrones a punto de estallar en una lluvia feroz que todavía se resiste a caer, concediéndonos una tregua para que los ojos absorban la belleza y luminosidad que ejercen los últimos rayos de sol sobre estas tierras ahora inmensamente verdes: laderas pobladas de trigos nacientes y los campos de colza con vibrantes colores extendiéndose a diestra y siniestra forman la llanura, que se asemejan a una alfombra de mil colores. De pronto, una vez nos ha regalado este imponente espectáculo, el sol se oculta dejándonos en la más absoluta oscuridad, esa que se hace aún más patente en estas tierras de estepa.
Queda atrás la llanura para entrar en la frondosidad de las tierras leonesas donde aparecen ya los primeros cerros alhajados de vegetación. La lluvia se desata de nuevo con fuerza mientras avanzo hacia mi destino. La belleza de los Barrios de Luna es incomparable, y siempre pienso en los dieciséis pueblos y barrios que descansan en el fondo de este embalse que, como si de un juego se tratara, se oculta y aparece entre el arbolado. Esos pueblos dormidos, sepultados para siempre bajo las aguas, han dado lugar a leyendas e historias que forman parte de la cultura de estas tierras. Al fondo diviso el puente Fernández Casado con sus enormes tirantes que se eleva majestuoso sobre el embalse y, a poco de cruzarlo, llegaremos ¡por fin! a tierras astures. Aquí la siderurgia ha dejado su impronta; todavía están activos los hornos y altas chimeneas de donde sale un vapor blanco que llena el cielo y se confunde con las nubes.
Falta poco para que asome el mar, en algún resquicio del camino; apenas unos segundos, pero suficientes para que sueñe ya con su amplitud que llevo en la retina desde mis años jóvenes, cuando gustaba de pasar tardes enteras frente a él, observando el rugir de las olas y los colores de la mar, siempre diferentes.
Veo como cielo y océano se unen en apenas una línea difusa que los enlaza sin solución de continuidad. El viento inflama las olas que van a estrellarse contra las rocas provocando vaharadas de espuma que se despliegan a mi alrededor. Sube la marea, queda oculta la arena de la playa por un mar absoluto y poderoso que gusta de campar a sus anchas sin que nadie le cuestione la fuerza de su poder. Las barcas se mecen acunándose unas y otras hasta que la marea se retire queden varadas en la playa.
¡Qué parecido y al mismo tiempo qué diferente es este mar de aquel otro en el que me reflejaba cada tarde cruzando la ría camino de mis clases vespertinas! Aquellas y estas son las mismas aguas, las olas parecidas, el mismo aire y el ímpetu de los embates son igualmente bravos en uno y otro lugar; sin embargo, el paso del tiempo ha germinado recuerdos diferentes en mares iguales y yo, que soy alma de secano, nacida en suelo de terrones ásperos, me extasía la contemplación del mar infinito.
Alargamos el tiempo visitando cada rincón de estas tierras norteñas, de altas cúspides con picos enormes que se elevan hacia lo alto como si quisieran llegar hasta el cielo, y en la desnudez de su cima anida un resquicio de nieve casi perenne. Me embebo de este paisaje mágico entre macizos eternos y valles legendarios, plagado de mitos y fábulas, con una niebla pertinaz entre la que se escuchan susurros extraños de gentes asustadas que se encierran en la seguridad de sus casas para guarecerse de lo desconocido.
Visitamos también cada pueblecito de pescadores, gozando de su paisaje, de sus gentes curiosas, de su contundente gastronomía… porque soy consciente de que estos días de asueto llegarán a su fin y, de nuevo, volveré a la conocida rutina lejos de ti y de este lugar mágico.
Mª Soledad Martin Turiño
Cuento los días para ver tu rostro, para escuchar tu sonrisa siempre alegre, para reflejarme en tus ojos color avellana, para entrar en disquisiciones, coloquios, diatribas, mensajes, diálogos…. en quitarnos el turno de palabra porque el tiempo es insuficiente para expresar todo lo que sentimos y se atropellan las frases.
Te añoro tanto que aún no he disfrutado de tu presencia, cuando ya estoy pensando en la lejanía que volverá a separarnos. Los proyectos se harán realidad tan solo con sentirnos cerca; si acaso miraremos el mar en los mismos puntos con distintos ojos y otros sentimientos; el aire despeinará nuestros cabellos y correremos como niños tras la espuma que dejan las olas hasta llegar a la extenuación; y entonces nos tumbaremos en la arena de la playa sin miedo y sin pensar en las miradas ajenas que sonríen condescendientes mientras nos observan.
Cuando vaya, cuando por fin haya recorrido la distancia que nos separa, sentiré el aire perfumado de esa nueva tierra, y escucharé las voces cantarinas y el acento especial de aquellas gentes que miran al forastero con curiosidad y casi siempre con recelo.
Al pisar el paisaje castellano, tengo la fortuna de observar el formidable espectáculo de una puesta de sol, mientras al fondo suena la suave música de la sinfonía Nº 4 de Brahms. El ómnibus continúa su marcha a una velocidad regular, lo que me permite disfrutar como incide la luz brillante en los pueblos diseminados a ambos lados de la carretera y el cielo plagado de nubarrones a punto de estallar en una lluvia feroz que todavía se resiste a caer, concediéndonos una tregua para que los ojos absorban la belleza y luminosidad que ejercen los últimos rayos de sol sobre estas tierras ahora inmensamente verdes: laderas pobladas de trigos nacientes y los campos de colza con vibrantes colores extendiéndose a diestra y siniestra forman la llanura, que se asemejan a una alfombra de mil colores. De pronto, una vez nos ha regalado este imponente espectáculo, el sol se oculta dejándonos en la más absoluta oscuridad, esa que se hace aún más patente en estas tierras de estepa.
Queda atrás la llanura para entrar en la frondosidad de las tierras leonesas donde aparecen ya los primeros cerros alhajados de vegetación. La lluvia se desata de nuevo con fuerza mientras avanzo hacia mi destino. La belleza de los Barrios de Luna es incomparable, y siempre pienso en los dieciséis pueblos y barrios que descansan en el fondo de este embalse que, como si de un juego se tratara, se oculta y aparece entre el arbolado. Esos pueblos dormidos, sepultados para siempre bajo las aguas, han dado lugar a leyendas e historias que forman parte de la cultura de estas tierras. Al fondo diviso el puente Fernández Casado con sus enormes tirantes que se eleva majestuoso sobre el embalse y, a poco de cruzarlo, llegaremos ¡por fin! a tierras astures. Aquí la siderurgia ha dejado su impronta; todavía están activos los hornos y altas chimeneas de donde sale un vapor blanco que llena el cielo y se confunde con las nubes.
Falta poco para que asome el mar, en algún resquicio del camino; apenas unos segundos, pero suficientes para que sueñe ya con su amplitud que llevo en la retina desde mis años jóvenes, cuando gustaba de pasar tardes enteras frente a él, observando el rugir de las olas y los colores de la mar, siempre diferentes.
Veo como cielo y océano se unen en apenas una línea difusa que los enlaza sin solución de continuidad. El viento inflama las olas que van a estrellarse contra las rocas provocando vaharadas de espuma que se despliegan a mi alrededor. Sube la marea, queda oculta la arena de la playa por un mar absoluto y poderoso que gusta de campar a sus anchas sin que nadie le cuestione la fuerza de su poder. Las barcas se mecen acunándose unas y otras hasta que la marea se retire queden varadas en la playa.
¡Qué parecido y al mismo tiempo qué diferente es este mar de aquel otro en el que me reflejaba cada tarde cruzando la ría camino de mis clases vespertinas! Aquellas y estas son las mismas aguas, las olas parecidas, el mismo aire y el ímpetu de los embates son igualmente bravos en uno y otro lugar; sin embargo, el paso del tiempo ha germinado recuerdos diferentes en mares iguales y yo, que soy alma de secano, nacida en suelo de terrones ásperos, me extasía la contemplación del mar infinito.
Alargamos el tiempo visitando cada rincón de estas tierras norteñas, de altas cúspides con picos enormes que se elevan hacia lo alto como si quisieran llegar hasta el cielo, y en la desnudez de su cima anida un resquicio de nieve casi perenne. Me embebo de este paisaje mágico entre macizos eternos y valles legendarios, plagado de mitos y fábulas, con una niebla pertinaz entre la que se escuchan susurros extraños de gentes asustadas que se encierran en la seguridad de sus casas para guarecerse de lo desconocido.
Visitamos también cada pueblecito de pescadores, gozando de su paisaje, de sus gentes curiosas, de su contundente gastronomía… porque soy consciente de que estos días de asueto llegarán a su fin y, de nuevo, volveré a la conocida rutina lejos de ti y de este lugar mágico.
Mª Soledad Martin Turiño

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.10