HABLEMOS
Estado del bienestar, injusticia y crisis
Carlos Domínguez
La propaganda de una izquierda hipócrita ignora a propósito la única realidad, pasada y presente, del mal llamado Estado del bienestar. La pasada, desde los años cincuenta del siglo XX, fue el entonces denominado “intercambio desigual”, o neocolonialismo atribuible según la retórica marxista al dominio y la explotación capitalista del Tercer Mundo. En el fondo, coartada ideológica que justificó por la puerta de atrás el imperialismo soviético, junto a la implantación de regímenes comunistas mediante conflictos regionales, no por eso menos cruentos.
Aquello que se guardan los voceros del progresismo, incluidas burocracias partitocráticas y sindicales, es que existió sin duda intercambio desigual, basado en el consumo a precio de saldo de cantidades ilimitadas de energía y materias primas procedentes de los países subdesarrollados. Aun así, no fue el denostado capitalismo el gran beneficiario del supuesto expolio. Fueron las sociedades occidentales en su conjunto, también un obrerismo cada vez más alejado de la realidad económica y social que lo vio nacer, quienes disfrutaron con indisimulable alborozo de recursos ingentes a costa de la miseria y atraso de vastas zonas del planeta. El Estado del bienestar, gigantesca estructura asistencial de sociedades decrépitas, en realidad gerontocracias aferradas a la limosna pública, fue posible gracias a las plusvalías de que gozaron unas democracias nada solidarias, salvo de cara a publicidad e ideología, con la humanidad doliente de multitud de pueblos hermanos.
Pero si se escamotean realidades pasadas, mucho más las presentes. A día de hoy nadie admite que la crisis irreversible del Estado del bienestar, con sus insaciables clientelas, se debe a que sociedades cada vez menos atrasadas en el aspecto socioeconómico y el cultural, así como en el marco de la globalización, han dejado de proporcionar el generoso maná disfrutado durante décadas por las democracias sociales del Primer Mundo, sin que en él importara en absoluto la pobreza ajena. China e India no son las únicas en haber reclamado, la primera con notable éxito, su trozo del pastel. Llamando a nuestras puertas se hallan África entera, buena parte de Asia y medio continente americano. Es decir, que mejor hacerse a la idea, comenzando por una ancianidad voraz tanto como generosamente pensionada.
La propaganda de una izquierda hipócrita ignora a propósito la única realidad, pasada y presente, del mal llamado Estado del bienestar. La pasada, desde los años cincuenta del siglo XX, fue el entonces denominado “intercambio desigual”, o neocolonialismo atribuible según la retórica marxista al dominio y la explotación capitalista del Tercer Mundo. En el fondo, coartada ideológica que justificó por la puerta de atrás el imperialismo soviético, junto a la implantación de regímenes comunistas mediante conflictos regionales, no por eso menos cruentos.
Aquello que se guardan los voceros del progresismo, incluidas burocracias partitocráticas y sindicales, es que existió sin duda intercambio desigual, basado en el consumo a precio de saldo de cantidades ilimitadas de energía y materias primas procedentes de los países subdesarrollados. Aun así, no fue el denostado capitalismo el gran beneficiario del supuesto expolio. Fueron las sociedades occidentales en su conjunto, también un obrerismo cada vez más alejado de la realidad económica y social que lo vio nacer, quienes disfrutaron con indisimulable alborozo de recursos ingentes a costa de la miseria y atraso de vastas zonas del planeta. El Estado del bienestar, gigantesca estructura asistencial de sociedades decrépitas, en realidad gerontocracias aferradas a la limosna pública, fue posible gracias a las plusvalías de que gozaron unas democracias nada solidarias, salvo de cara a publicidad e ideología, con la humanidad doliente de multitud de pueblos hermanos.
Pero si se escamotean realidades pasadas, mucho más las presentes. A día de hoy nadie admite que la crisis irreversible del Estado del bienestar, con sus insaciables clientelas, se debe a que sociedades cada vez menos atrasadas en el aspecto socioeconómico y el cultural, así como en el marco de la globalización, han dejado de proporcionar el generoso maná disfrutado durante décadas por las democracias sociales del Primer Mundo, sin que en él importara en absoluto la pobreza ajena. China e India no son las únicas en haber reclamado, la primera con notable éxito, su trozo del pastel. Llamando a nuestras puertas se hallan África entera, buena parte de Asia y medio continente americano. Es decir, que mejor hacerse a la idea, comenzando por una ancianidad voraz tanto como generosamente pensionada.
















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