HABLEMOS
A la memoria de Jesús Hilario Tundidor
Carlos Domínguez
Después de loas y panegíricos, mi homenaje aspira a ser modesto, siquiera por la íntima y gloriosa soledad que requiere una creación con la que Jesús Hilario Tundidor, poeta, franqueó los límites de esta Zamora provinciana, para consagrarse como el maestro que fue en la más sublime de las artes literarias.
Personalmente evocaría anécdotas y detalles, coincidiendo con mis primeros años universitarios, cuando un ya por entonces galardonado poeta ocupaba su plaza de maestro nacional en aquella escuela para nosotros tan querida que fue la conocida popularmente como la de “Las moreras”, edén y ornato de una calle recoleta, amiga de poco bullicio y todavía menos ajetreo, que con el nombre de Las Damas llevaba de la zamorana Plaza de Santa María a un parque que no lo es menos, como el anchuroso y espléndido de San Martín. Lugares, en fin, antaño gratos para el meditar y el placer esquivo de la rima.
Bien podría desgranar momentos y vivencias, porque allí conocimos a Jesús hasta que decidió, con acertado criterio, correr y ver mundo al final capitalino, sin dejar por ello de sentirse zamorano. Pero me limitaré a recordar la charla ocasional que mantuvimos una soleada tarde justo a las puertas de nuestra familiar arboleda, que el poeta concluyó desde el ascendiente de la edad con un “¿por qué no lees a Heidegger?”, a modo de amigable y a un tiempo paternal admonición.
Cierto que aquel día no capté sentido ni alcance del consejo, perteneciendo como pertenecí a una generación rendida con ánimo servil a lo más vulgar de la dogmática marxista. Por fortuna aconteció a no tardar, para hacer buena en mi caso la recomendación del maestro, y apurar la obra de Heidegger con toda su hondura filosófica. Pero en mucha mayor medida, por lo cercano, comprendí igualmente talla y valía del poeta, en lo que siempre tuvo de inconformista y descreído, poco dado, desde su talante socarrón, al seguidismo, la pleitesía, el aplauso interesado o el halago hipócrita. Porque el autor de los versos del texto insigne que tengo delante, dedicado por su mano a Isabel, compañera de quehaceres y cuitas escolares, fue por encima de todo un espíritu libre. Poesía en estado puro aquella de Junto a mi silencio, obra de alguien a quien leí y juzgué, excusando la incorrecta humildad de este elogio tardío, un brillante y lúcido anarcoindividualista existencial.
Después de loas y panegíricos, mi homenaje aspira a ser modesto, siquiera por la íntima y gloriosa soledad que requiere una creación con la que Jesús Hilario Tundidor, poeta, franqueó los límites de esta Zamora provinciana, para consagrarse como el maestro que fue en la más sublime de las artes literarias.
Personalmente evocaría anécdotas y detalles, coincidiendo con mis primeros años universitarios, cuando un ya por entonces galardonado poeta ocupaba su plaza de maestro nacional en aquella escuela para nosotros tan querida que fue la conocida popularmente como la de “Las moreras”, edén y ornato de una calle recoleta, amiga de poco bullicio y todavía menos ajetreo, que con el nombre de Las Damas llevaba de la zamorana Plaza de Santa María a un parque que no lo es menos, como el anchuroso y espléndido de San Martín. Lugares, en fin, antaño gratos para el meditar y el placer esquivo de la rima.
Bien podría desgranar momentos y vivencias, porque allí conocimos a Jesús hasta que decidió, con acertado criterio, correr y ver mundo al final capitalino, sin dejar por ello de sentirse zamorano. Pero me limitaré a recordar la charla ocasional que mantuvimos una soleada tarde justo a las puertas de nuestra familiar arboleda, que el poeta concluyó desde el ascendiente de la edad con un “¿por qué no lees a Heidegger?”, a modo de amigable y a un tiempo paternal admonición.
Cierto que aquel día no capté sentido ni alcance del consejo, perteneciendo como pertenecí a una generación rendida con ánimo servil a lo más vulgar de la dogmática marxista. Por fortuna aconteció a no tardar, para hacer buena en mi caso la recomendación del maestro, y apurar la obra de Heidegger con toda su hondura filosófica. Pero en mucha mayor medida, por lo cercano, comprendí igualmente talla y valía del poeta, en lo que siempre tuvo de inconformista y descreído, poco dado, desde su talante socarrón, al seguidismo, la pleitesía, el aplauso interesado o el halago hipócrita. Porque el autor de los versos del texto insigne que tengo delante, dedicado por su mano a Isabel, compañera de quehaceres y cuitas escolares, fue por encima de todo un espíritu libre. Poesía en estado puro aquella de Junto a mi silencio, obra de alguien a quien leí y juzgué, excusando la incorrecta humildad de este elogio tardío, un brillante y lúcido anarcoindividualista existencial.

















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