VIAJAR
Moverse sin cadenas
Viajar quería sin tener que pedir permisos y fue a ver su casa en la aldea y con ella a los abuelos, por fin vacunados y sin tantos miedos. Tomó el coche para ir a reposar en los campos de sus ancestros, pero en la autovía recordó las amenazas del gobierno. Ahora podía tomar cierta velocidad y no tenía que parar de cuando en cuando para pagar... Eran carreteras diáfanas que todos podían transitar, pobres y ricos, por igual, para eso pagaban los impuestos, para carreteras, sanidad, cuerpos de seguridad y del aparato judicial, para la administración en general... Pero ellos, los ciento y un ministros, en vez de renunciar a sus puestos, como sus amiguitos, los asesorcillos, expertitos y otros compinchitos, en vez de renunciar a sus copiosos sueldos, en vez de reducir a quienes viven del cuento, querían contravenir las prescripciones ecológicas y poner puertas al campo. Sí, ecológicas, porque habría que frenar, esperar en las barreras, contaminando más, habría que asfaltar y quitar terrenos a la naturaleza para extender las fronteras, y habría que diseñar, construir y ensamblar esos puestos de infamia con los que quieren extraer de las gentes comunes, por igual, sin respetar a quien tiene menos o más, hasta la última moneda. ¡Qué fatalidad, ahora que nos habían permitido la libertad y que podíamos movernos por el país sin embargos, ahora que no nos encerraban por las noches en nuestro hogar!
Pero lo más irritante era ver cómo se derrochaba dinero en tonterías degeneradas o con género, da igual, mientras lo esencial se queda en ná, o nada, que poco más da. Ya que el lenguaje se va descomponiendo como una diarreica y política realidad. Hace tiempo que las gentes aborrecen en general a quienes dicen representarles. La pandemia ha complicado la gestión, difícil para todos, y está mostrando lo peor de unos y otros. Pero habrá que seguir adelante. Conducir hacia atrás, como los cangrejos, no parece el ideal. Así que, a protestar, para que no pongan más fronteras, ni vallas, ni nos extorsionen los gobiernos... Al revés, habría que expropiar las autopistas y dejar circular a todos con gratuidad, que para eso se pagan los impuestos y eso redunda en beneficio de la movilidad, de la vida laboral, menos tiempo de viajes, más facilidad de encuentros... Todavía tenía en mente los horrendos atascos en autopistas del Mediodía francés frente a los peajes que el verano propiciaba haciéndoles pagar para achicharrarse mientras expulsaban grises contaminantes...
Demasiado contaminada de obstáculos está ya la vida cotidiana como para aumentarlos. No vale decir que la abuelita debe sustraer de su pensión para que otros puedan moverse, también a ella la llevarán hijos y nietos, tal vez a la playa. Todos pagamos por el todo, pero hay una tendencia a encerrarnos, como cuando decían: ¡Vivan las cadenas!
Ilia Galán
Viajar quería sin tener que pedir permisos y fue a ver su casa en la aldea y con ella a los abuelos, por fin vacunados y sin tantos miedos. Tomó el coche para ir a reposar en los campos de sus ancestros, pero en la autovía recordó las amenazas del gobierno. Ahora podía tomar cierta velocidad y no tenía que parar de cuando en cuando para pagar... Eran carreteras diáfanas que todos podían transitar, pobres y ricos, por igual, para eso pagaban los impuestos, para carreteras, sanidad, cuerpos de seguridad y del aparato judicial, para la administración en general... Pero ellos, los ciento y un ministros, en vez de renunciar a sus puestos, como sus amiguitos, los asesorcillos, expertitos y otros compinchitos, en vez de renunciar a sus copiosos sueldos, en vez de reducir a quienes viven del cuento, querían contravenir las prescripciones ecológicas y poner puertas al campo. Sí, ecológicas, porque habría que frenar, esperar en las barreras, contaminando más, habría que asfaltar y quitar terrenos a la naturaleza para extender las fronteras, y habría que diseñar, construir y ensamblar esos puestos de infamia con los que quieren extraer de las gentes comunes, por igual, sin respetar a quien tiene menos o más, hasta la última moneda. ¡Qué fatalidad, ahora que nos habían permitido la libertad y que podíamos movernos por el país sin embargos, ahora que no nos encerraban por las noches en nuestro hogar!
Pero lo más irritante era ver cómo se derrochaba dinero en tonterías degeneradas o con género, da igual, mientras lo esencial se queda en ná, o nada, que poco más da. Ya que el lenguaje se va descomponiendo como una diarreica y política realidad. Hace tiempo que las gentes aborrecen en general a quienes dicen representarles. La pandemia ha complicado la gestión, difícil para todos, y está mostrando lo peor de unos y otros. Pero habrá que seguir adelante. Conducir hacia atrás, como los cangrejos, no parece el ideal. Así que, a protestar, para que no pongan más fronteras, ni vallas, ni nos extorsionen los gobiernos... Al revés, habría que expropiar las autopistas y dejar circular a todos con gratuidad, que para eso se pagan los impuestos y eso redunda en beneficio de la movilidad, de la vida laboral, menos tiempo de viajes, más facilidad de encuentros... Todavía tenía en mente los horrendos atascos en autopistas del Mediodía francés frente a los peajes que el verano propiciaba haciéndoles pagar para achicharrarse mientras expulsaban grises contaminantes...
Demasiado contaminada de obstáculos está ya la vida cotidiana como para aumentarlos. No vale decir que la abuelita debe sustraer de su pensión para que otros puedan moverse, también a ella la llevarán hijos y nietos, tal vez a la playa. Todos pagamos por el todo, pero hay una tendencia a encerrarnos, como cuando decían: ¡Vivan las cadenas!
Ilia Galán

















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