Miércoles, 21 de Enero de 2026

Eugenio de Ávila
Domingo, 16 de Mayo de 2021
ME QUEDA LA PALABRA

15-M de 2011: una ucronía democrática

[Img #53109]Hace diez años y un día, España, sus principales ciudades, nunca el agro, vivió un movimiento de protesta social y política minoritario, protagonizado por hombres y mujeres en el ecuador de sus vidas, que padecían situaciones laborales ingratas, mediocres y, según el particular entender de cada cual, injustas. Una mayoría de los asistentes a aquellas concentraciones mostraban su insatisfacción con la deriva del sistema democrático. PSOE, el partido que más había gobernado desde las primeras elecciones libres, primavera de 1977, y el PP, que dejó su impronta con Aznar, años felices de extraordinario desarrollo económico, acompañados, como casi siempre, de corrupción política, reos de la perdida de sustancia salido de la Transición. El 15 de mayo de 2011 aún vivía en La Moncloa Rodríguez Zapatero, el político que condujo a España su actual deriva política, el que encendió la mecha del separatismo catalán, el tipo que alentó el golpismo secesionista, el amigo de la dictadura bolivariana, la que ha empobrecido a la nación más rica de Suramérica.

 

Los que nunca habíamos votado ni a socialistas ni a populares, ni militábamos en partidos comunistas –no hay partidos fascistas en España- recibimos aquel movimiento con esperanza, con una sonrisa, con una las manos abiertas, jamás con los puños cerrados; porque no nos gustaba nada el enquistamiento del poder en un régimen partitocrático, que horadaba la democracia desde sus adentros hasta haberla convertido en un sistema de hipocresía política, en un sistema fértil para la corrupción, para el enriquecimiento de los amigos de los partidos; un régimen que nos había ido comiendo la libertad, la justicia y la democracia.

 

[Img #53111]Aquel 15M es ya solo memoria, motivo para artículos como el que ahora escribo yo y lee usted. Solo sé que el caudal de esperanzas  de libertad, de decencia política, de democracia, surgido de ese movimiento minoritario y de personas desclasadas, fue utilizado por personajes que iban de antisistema y los engulló el propio sistema; que denostaban a los partidos clásicos y construyeron otro con sus mismos vicios: sectarismo, caudillismo, persecución del heterodoxo, purgas internas.

 

Pablo Iglesias fue el más listo de la clase, pillo, pero no inteligente, exceso de teoría, práctica inconclusa; dotado de virtudes para el mimo, para la actuación teatral, entró en las televisiones del sistema, con el favor del poder político y empresarial,  como tertuliano. Su estética cultivó a personas sin ubicación en el régimen, personas sin trabajo o con labores mal remuneradas; burguesía asqueada de PSOE y PP, gente sin una sólida formación intelectual, sin ubicación social cuando ya la vida les había adelantado en el camino hacia la nada. Se convirtió, como yo mismo escribí en su momento, en el Prometeo de la democracia. Lo voté. Me decepcionó. Quería más democracia, no comunismo anacrónico, dictaduras del proletariado, pero con los obreros en la sombra, con los obreros como falaz hipocresía.

 

El PP de Rajoy y Sáenz de Santamaría potenció a Iglesias y a su partido, porque el objetivo consistía en distraer a votantes clásicos del PSOE, a electores socialistas cansados de su decadencia ideológica, y debilitar la socialdemocracia española. El proyecto del gobierno más cobarde en la historia del PP, carente de ideología, pragmático, rodeado de nepotismo y corrupción, potencio a la ultraizquierda y condicionó una moción de censura de Pedro Sánchez, que pasó a gobernar con todas las formaciones antiespañolas, desde los filoetarras hasta los racistas vascos y catalanes.  

 

Iglesias devoró lo que quedaba de la verdadera izquierda española, la que más combatió al franquismo, la que dio estabilidad al régimen, la que criticó al PSOE con las palabras que surgen de los hechos, de la práctica política. De IU, de la auténtica, de la más pura, solo queda Guarido y sus fieles, que gobiernan, con sosiego, con pequeños pasos, con sobriedad, sin alharacas, la ciudad del alma, cada día más olvidada, cansada  y envejecida. Podemos echó a la izquierda marxista más clásica de la democracia española. Esa ha sido su máxima contribución al régimen, al gran capital.

 

Nada, pues, quedó del 15M,  ni tan si quiera un recuerdo hermoso, lírico, utópico, porque una criatura del sistema, Pablo Iglesias,  disfrazado de Savonarola,  se encargó de desviar el caudal de esperanzas hacia la zahúrda de las excrecencias políticas. Una vez alcanzado su objetivo, abortar el feto de la democracia auténtica, cambio su estética. La gran mascarada concluyó mientras el pueblo, paradoja, luce mascarilla antivirus.  

 

Nuestra democracia sigue enferma del virus de hipocresía, del virus que destruye la ética y corona la mentira como forma de hacer política. El 15M es ya solo una ucronía democrática, lo que pudo haber sido y no fue.

Eugenio-Jesús de Ávila

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