HABLEMOS
El riesgo de la mentira política
Carlos Domínguez
Socialismo y comunismo convirtieron la ignominia en su seña de identidad, incluida una socialdemocracia que, a partir del revisionismo de la II Internacional, ha hecho de jordán redentor para sus adláteres originales. Sin embargo, es sabido que, como impronta ya en días del Lenin criminal de Ekaterimburgo, por poner sólo un ejemplo, la revolución socialista y/o comunista hizo de la mentira una de sus armas más eficaces.
Síntoma de la calidad democrática que cabe atribuirles, socialismo y comunismo tienen a la humanidad acostumbrada. Aun así, no es ya que la mendacidad, pura anécdota tratándose de una visión totalitaria y genocida de la vida humana, sea una indignidad. Lo es, por descontado, y sin embargo no todo se limita a la sanción moral que, dentro de sociedades entregadas hoy a doctrinas totalitarias de distinto signo, se torna cada vez más oblicua y problemática. Fundamentalmente se trata de una laxitud ética que acaba legitimando barbarie y atrocidades, como anuncio de aquello que Spengler, quizá sin demasiado acierto desde la perspectiva coetánea de biologismo y vitalismo, calificó de decadencia de Occidente en idéntico sentido al que inspiró a Ortega y su “Rebelión de las masas”.
El gran riesgo de la mentira como arma política estriba en que, una vez instrumentada por un poder que carezca del mínimo escrúpulo moral, coloca a la sociedad ante un callejón sin salida, debido a la imposibilidad de una vuelta atrás por la senda de la verdad, como valor ético a restaurar en forma de imperativo para todos sus actores. Algo que igualmente significa, de acuerdo con el designio de toda fuerza política acostumbrada a recurrir a la falsedad como herramienta y método, que ella no tiene otra opción que conservar el poder al precio que sea, es decir, la exclusión o exterminio de adversarios y disidentes, para evitar que, en nombre precisamente de la verdad, la sociedad revise con criterios éticos la malignidad de su propia memoria histórica.
Es lo que viene ocurriendo en ese laboratorio de prácticas totalitarias en que el comunismo internacional ha convertido gran parte de los países iberoamericanos, así Cuba, Nicaragua y al presente Venezuela, Bolivia o Ecuador, donde una izquierda violenta y guerracivilista, arrastrando a un indigenismo subordinado a su proyecto, pretende impedir la revisión histórica que conllevaría su deslegitimación en el terreno moral, inseparable de otra en el político aún más decisiva.
Y es lo que sucede hoy en España, donde un socialismo cada vez más alejado de los patrones europeos busca, mediante la mal llamada memoria democrática, hacer valer como dogma una doble mentira histórica y política, acerca de su eterna vocación liberticida.
Socialismo y comunismo convirtieron la ignominia en su seña de identidad, incluida una socialdemocracia que, a partir del revisionismo de la II Internacional, ha hecho de jordán redentor para sus adláteres originales. Sin embargo, es sabido que, como impronta ya en días del Lenin criminal de Ekaterimburgo, por poner sólo un ejemplo, la revolución socialista y/o comunista hizo de la mentira una de sus armas más eficaces.
Síntoma de la calidad democrática que cabe atribuirles, socialismo y comunismo tienen a la humanidad acostumbrada. Aun así, no es ya que la mendacidad, pura anécdota tratándose de una visión totalitaria y genocida de la vida humana, sea una indignidad. Lo es, por descontado, y sin embargo no todo se limita a la sanción moral que, dentro de sociedades entregadas hoy a doctrinas totalitarias de distinto signo, se torna cada vez más oblicua y problemática. Fundamentalmente se trata de una laxitud ética que acaba legitimando barbarie y atrocidades, como anuncio de aquello que Spengler, quizá sin demasiado acierto desde la perspectiva coetánea de biologismo y vitalismo, calificó de decadencia de Occidente en idéntico sentido al que inspiró a Ortega y su “Rebelión de las masas”.
El gran riesgo de la mentira como arma política estriba en que, una vez instrumentada por un poder que carezca del mínimo escrúpulo moral, coloca a la sociedad ante un callejón sin salida, debido a la imposibilidad de una vuelta atrás por la senda de la verdad, como valor ético a restaurar en forma de imperativo para todos sus actores. Algo que igualmente significa, de acuerdo con el designio de toda fuerza política acostumbrada a recurrir a la falsedad como herramienta y método, que ella no tiene otra opción que conservar el poder al precio que sea, es decir, la exclusión o exterminio de adversarios y disidentes, para evitar que, en nombre precisamente de la verdad, la sociedad revise con criterios éticos la malignidad de su propia memoria histórica.
Es lo que viene ocurriendo en ese laboratorio de prácticas totalitarias en que el comunismo internacional ha convertido gran parte de los países iberoamericanos, así Cuba, Nicaragua y al presente Venezuela, Bolivia o Ecuador, donde una izquierda violenta y guerracivilista, arrastrando a un indigenismo subordinado a su proyecto, pretende impedir la revisión histórica que conllevaría su deslegitimación en el terreno moral, inseparable de otra en el político aún más decisiva.
Y es lo que sucede hoy en España, donde un socialismo cada vez más alejado de los patrones europeos busca, mediante la mal llamada memoria democrática, hacer valer como dogma una doble mentira histórica y política, acerca de su eterna vocación liberticida.

















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