CON LOS CINCO SENTIDOS
Sin pena ni gloria
Nelida del Estal Sastre
Hoy he visto una tela de araña bajo mi ventana. La he tocado con los dedos y, de repente, han salido de un extremo, raudas y veloces, tres arañas diminutas, quizá pensando que algo de alimento había caído de la nada en el centro de su red pegajosa y perfecta. Me llama poderosamente la atención este artrópodo de ocho patas. Son elegantes en sus movimientos, certeros para atrapar a sus presas sin miramiento alguno, para eso han sido antes capaces de construir una tela cuya apariencia débil no hace sospechar la poderosa resistencia que ofrece. Me fascina.
Mi hija las teme y le enferma ver cómo las cojo y las deposito suavemente en el dorso de mi mano, para que se me escapen en un instante con uno de esos movimientos que ni intuyes. Sencillamente, desaparecen. No me dan miedo alguno, siquiera las arañas de mayor tamaño. Me puedo pasar horas observando cómo viven cualquier tarde de primavera en la que no tenga gran cosa qué hacer más que perder el tiempo. He presenciado la debacle de alguna que otra tela por un viento inoportuno o súbito, pero también he sido testigo de la reconstrucción de ese hábitat de supervivencia tan inteligente como básico. Vuelve a aparecer la tela casi en el mismo sitio.
Me gusta fotografiar a esos pequeños animalillos e imaginar que fueran humanos durante unos días. Como cuando observo a las hormigas. Son especies que colaboran, se unen por un fin común que es la supervivencia de su comunidad, de su familia. Mejor nos iría a todos si nos pareciéramos un poco a ellas.
Hoy he visto una tela de araña bajo mi ventana. La he tocado con los dedos y, de repente, han salido de un extremo, raudas y veloces, tres arañas diminutas, quizá pensando que algo de alimento había caído de la nada en el centro de su red pegajosa y perfecta. Me llama poderosamente la atención este artrópodo de ocho patas. Son elegantes en sus movimientos, certeros para atrapar a sus presas sin miramiento alguno, para eso han sido antes capaces de construir una tela cuya apariencia débil no hace sospechar la poderosa resistencia que ofrece. Me fascina.
Mi hija las teme y le enferma ver cómo las cojo y las deposito suavemente en el dorso de mi mano, para que se me escapen en un instante con uno de esos movimientos que ni intuyes. Sencillamente, desaparecen. No me dan miedo alguno, siquiera las arañas de mayor tamaño. Me puedo pasar horas observando cómo viven cualquier tarde de primavera en la que no tenga gran cosa qué hacer más que perder el tiempo. He presenciado la debacle de alguna que otra tela por un viento inoportuno o súbito, pero también he sido testigo de la reconstrucción de ese hábitat de supervivencia tan inteligente como básico. Vuelve a aparecer la tela casi en el mismo sitio.
Me gusta fotografiar a esos pequeños animalillos e imaginar que fueran humanos durante unos días. Como cuando observo a las hormigas. Son especies que colaboran, se unen por un fin común que es la supervivencia de su comunidad, de su familia. Mejor nos iría a todos si nos pareciéramos un poco a ellas.
















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.112