NOCTURNOS
La última cita
Cuando me toque partir, ocupará mi mente música como la que ahora escuchas, unas cuantas poesías de Juan Ramón, Neruda, Lorca, Antonio y Manuel Machado, Hernández y Luis Cernuda; el sabor de los labios que besé para volver a amar y la intuición de las mejillas que nunca pude acariciar; tu forma de caminar, ballet en un espacio que se ahuecaba para permitir que tú lo atravesases, como si le hicieras el amor con extrema dulzura.
Y me llevaré al otro lado del tiempo, la altivez de tu gesto, el orgullo de tu belleza provinciana e intentaré pintar el color de tu mirada sobre el lienzo de mi piel. Sí, ya estoy preparado para irme.
Fracasé, es cierto, aunque nunca quise ser nada. Mi única aspiración fue saber cada día un poquito más. Y confieso, sin rubor, que aprendí más escuchando a la gente sencilla y humilde que desconoce quién fue Homero, Pericles, Ghirlandaio, Meslier, Saint Just o Proust, o leyendo libros raros, que hablando con los pedantes que ocupan cargos públicos para solidificar el poder.
Y no espero del tiempo que me queda encontrar más amor, ese sentimiento extraño que si los buscas no lo encuentras, que aparece quizá al amanecer de cualquier día en el camino que te conduce a ninguna parte y se oculta a la postura del sol.
Y aún nos espera una cita, en cualquier año de estos, en que tú, Dama del Alba, y yo, Quijote sin Rocinante, hidalgo sin Sancho, saboreemos un té rojo y un té verde (en honor de la seña bermeja), y así mirarte a los ojos y decirte que te amé sin esperar contrapartida alguna, tan solo que guardases mi nombre en el desván de las cosas inservibles.
Eugenio-Jesús de Ávila
Cuando me toque partir, ocupará mi mente música como la que ahora escuchas, unas cuantas poesías de Juan Ramón, Neruda, Lorca, Antonio y Manuel Machado, Hernández y Luis Cernuda; el sabor de los labios que besé para volver a amar y la intuición de las mejillas que nunca pude acariciar; tu forma de caminar, ballet en un espacio que se ahuecaba para permitir que tú lo atravesases, como si le hicieras el amor con extrema dulzura.
Y me llevaré al otro lado del tiempo, la altivez de tu gesto, el orgullo de tu belleza provinciana e intentaré pintar el color de tu mirada sobre el lienzo de mi piel. Sí, ya estoy preparado para irme.
Fracasé, es cierto, aunque nunca quise ser nada. Mi única aspiración fue saber cada día un poquito más. Y confieso, sin rubor, que aprendí más escuchando a la gente sencilla y humilde que desconoce quién fue Homero, Pericles, Ghirlandaio, Meslier, Saint Just o Proust, o leyendo libros raros, que hablando con los pedantes que ocupan cargos públicos para solidificar el poder.
Y no espero del tiempo que me queda encontrar más amor, ese sentimiento extraño que si los buscas no lo encuentras, que aparece quizá al amanecer de cualquier día en el camino que te conduce a ninguna parte y se oculta a la postura del sol.
Y aún nos espera una cita, en cualquier año de estos, en que tú, Dama del Alba, y yo, Quijote sin Rocinante, hidalgo sin Sancho, saboreemos un té rojo y un té verde (en honor de la seña bermeja), y así mirarte a los ojos y decirte que te amé sin esperar contrapartida alguna, tan solo que guardases mi nombre en el desván de las cosas inservibles.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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