Kebedo
Sábado, 10 de Julio de 2021
MI VECINA MARISOL

Ola, ola, ola, ola...no vengas sola

[Img #54944]¿Os acordáis de que ésta era una canción que cantaba Marisol, la otra, no mi vecina, en la película “Ha llegado un ángel”?, pues es la tontada que se me ha ocurrido para titular la reflexión de hoy, tras encontrarme con Marisol, ésta vez sí, mi vecina, e intercambiar impresiones sobre cómo está el patio.

-¿Y cómo está el patio?-, le pregunto a mi vecina al verla un poco cariacontecida y un tanto indignada.

-Cabreada, más bien-, me replica, -cabreada con la situación, con la pandemia, con la desesperación que produce que una y otra vez caigamos en la misma tontería y recibamos la misma explicación. Enfadada porque veo que no somos capaces de aprender de nuestros errores y nos puede más el afán de ganar dinero que el interés de tener salud, que sigue primando el bolsillo sobre el bienestar sanitario y que ahora, las vacunas nos permitirán barra libre, nunca mejor dicho, para volver a desparramar sin conocimiento. ¡Hay que joderse, qué acémilas somos!-.

-¡Marisol, esa lengua!-, le reprende, como siempre, su amiga Concepción, ya sabéis, esa funcionaria eficiente y poco amiga de las palabrotas.

-Ya, ya sé, pero es que un buen taco a tiempo resume toda una explicación-, replica mi vecina. Esa frase, remato yo, si no tiene autor, debería tenerlo, porque me ha quedado bordada.

Bueno, dejemos las frivolidades. El caso es que estamos en la cuarta, o la quinta ya, ola de pandemia, y ésta ha llegado con una velocidad y una virulencia inusitadas. Los sanitarios están trabajando como negros  otra vez. Perdón, ya no se trabaja como un negro, no es políticamente correcto, ahora se trabaja como un sanitario. Así que los sanitarios están trabajando como sanitarios para vacunarnos a todas las horas posibles y todos los días que sean necesarios, domingos y fiestas de guardar incluidos, y nosotros organizando botellones, excursiones de fin de curso, fiestas de iniciación … a la gilipollez, claro está, campeonatos de fútbol y toda clase de eventos y reuniones con asistencia masiva de público y, como hemos comprobado por las imágenes, todos con mascarilla y separados un metro y medio de su vecino.

-¡Y un güevo, así, con “g”!-, vuelve a enfadarse Marisol,  y Concepción ya no sabe ni dónde meterse para evitar la libertad de lenguaje de mi vecina.

El caso es que se están intentando acelerar las vacunaciones de todo tipo y a todas las edades para intentar paliar, lo más rápidamente posible, los efectos de la nueva variante de la pandemia, la Delta, que es un poquito puñetera y llega con ganas de tocar las narices un poco también. Y por el otro lado, como dice mi vecina, hay una serie de energúmenos, muchos jóvenes mal educados por sus padres, que son los verdaderos culpables y responsables de la bobada, que se dedican a reunirse en eventos de todo tipo, provocando aglomeraciones muy peligrosas por el riesgo de contagio y de trasmisión posterior del virus.

-Que, ¿por qué le echo la culpa a los padres?- se pregunta a sí misma mi vecina, -pues porque son los que deben inculcar esa responsabilidad a sus hijos en su casa ya hacerles entender que esto no está pasado aún, que “el bicho” ahí sigue y que, con lo bien que lo estamos tratando, aquí seguirá mucho tiempo llevándose a gente por delante-, se responde a sí misma también Marisol.

Hace unos días, le recuerdo, una docente mandó una reflexión a los redes sociales donde expresaba su malestar por la actitud que habían tomado los padres permitiendo que sus hijos acudieran a ese viaje de fin de curso a Mallorca, donde luego tuvieron que estar “encerrados” mientras se comprobaba su estado de contagio. La docente decía indignada, con toda razón, que se habían pasado todo el curso manteniendo unas medidas escrupulosas con la higiene, la ventilación, la separación  en las aulas, e incrementando turnos en los centros educativos para que todos pudieran asistir a clase, para que ahora, al acabar, se vayan a celebrar, todos apiñados y que sus padres se lo permitieran. ¿De qué sirve el trabajo de todo un curso?.

Pues eso, como la canción de Marisol, la otra, la de la película “ola, ola, ola, ola, …, no vengas sola”, pero aquí no termina “ven con mi amor”, sino “ven con dolor”.

-¡Que burros somos!-, termina diciendo Marisol y se va con su amiga Concepción a clase de pilates. Eso sí, con mascarilla.

Kebedo.  

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