DICTADURA
Cuba: de mal en peor. ¿Una guerra civil en ciernes?
Las noticias que llegan de Cuba son, casi siempre, sobrecogedoras. Hasta hace muy poco, eran las alarmantes cifras de enfermos con el coronavirus, la escasez de comida, las largas horas sin electricidad, la falta total de medicinas, las paupérrimas condiciones en los hospitales, lo que causaba angustia y dolor a quienes, como yo, mantienen algún lazo afectivo con aquel trozo de tierra en el mar Caribe.
Desde este sábado, otro elemento añade dudas y caos a la situación en Cuba: miles de cubanos, cansados de esperar por una solución, por reformas políticas y económicas y, sobre todo, ante una incertidumbre que es cada vez más agobiante, se lanzaron a las calles simultáneamente en toda la isla para protestar en contra del gobierno. Y esto, que en (casi) cualquier parte del mundo podría parecer algo normal: que la gente manifieste su inconformidad protestando públicamente, en la isla es algo sin precedentes después de que en 1959 el gobierno que liderada Fidel Castro prácticamente hasta su muerte en 2016 se hiciera con el poder e impusiera un partido único y una ideología de estado que busca la homogeneidad de pensamiento y de acción de todos los ciudadanos. El único atisbo de una protesta masiva ocurrió en el verano de 1994, cuando cientos de personas se lanzaron a la calle en La Habana, en un hecho que se conoce como “El maleconazo”. En aquella ocasión, Castro salió a encontrarse con los manifestantes y la protesta se disolvió sin mayores penas ni glorias.
En esta ocasión, sin embargo, es diferente. Cuba lleva demasiados años viviendo una crisis económica y social que es cada vez más profunda. Al ciudadano común y corriente le cuesta cada día más llevar el pan a la mesa y no existe un marco legal que garantice los derechos y la actuación de la ciudadanía. Desprotegidos ante cualquier acción del gobierno, a la deriva siempre de leyes o decretos que cambian el rumbo de lo que es permisible o no de un día para otro, la mayoría de las personas en lo único que ha pensado es en escapar, en salir cómo sea de aquel sitio e intentar hacer su vida en otra parte del mundo. Pero la pandemia y las rampantes carencias, las restricciones que desde 2017 se han impuesto a la migración ilegal hacia los Estados Unidos (que ha sido tradicionalmente la válvula de escape de los cubanos –desde enero de 2017 Barack Obama suspendió la política de “pies secos, pies mojados” que garantizaba que cualquier cubano que llegara ilegalmente a los EEUU era admitido legalmente–) y la parálisis en el otorgamiento de visas norteamericanas para la migración legal, han sido todos ingredientes para que este fin de semana los cubanos desafiaran, de punta a punta de la isla, al gobierno.
El actual presidente, Miguel Díaz–Canel Bermúdez, fue impuesto por la élite militar y política de la isla en ese cargo. En abril del 2018, fue designado como el único candidato para suceder a Raúl Castro, quien dejaba el cargo tras 10 años en el poder, luego de que Fidel Castro dejara la dirigencia del país por cuestiones de salud. En octubre de 2019 se convirtió en el presidente de la isla y en el primer secretario del Partido Comunista. Para decirlo finamente, Díaz–Canel es apenas un fantoche impuesto, pero sin ninguna capacidad real para proponer o efectuar cambios efectivos en Cuba. Carece, además, de carisma y de liderazgo de cualquier tipo.
Durante este último fin de semana, al menos cincuenta localidades en toda la isla han vivido protestas masivas. El actual presidente, mientras tanto, añade leña al fuego: ha hecho un llamado este domingo para que los “revolucionarios” salgan a defender las calles y ha calificado a los protestantes como contrarrevolucionarios, vendidos y marionetas de los Estados Unidos. Tradicionalmente, el gobierno cubano ha intentado dividir a la población y ha mantenido una actitud de rechazo y abierta hostilidad hacia aquellos cubanos que se han ido del país. Sin embargo, a partir de los noventa, cuando Cuba comienza a vivir la peor crisis económica de su historia debido al fin del socialismo soviético y, por tanto, el fin también de las fuertes subvenciones de todo tipo con que los rusos mantenían la isla, el gobierno no tuvo reparos en aceptar el “dinero del enemigo”, despenalizó la tenencia de dólares americanos, e incluso abrió tiendas que solo venden en esa moneda. Las remesas familiares enviadas sobre todo desde los Estados Unidos ha sido, desde entonces, la principal industria cubana, muy por encima de la ya inexistente industria azucarera, y de la tambaleante y problemática industria turística. Hasta el día de hoy, es el dinero de los familiares en el extranjero el que mantiene la isla, y el gobierno ha aprovechado ese sentimiento de compromiso familiar para capitalizar los pocos recursos que llegan. Por ejemplo, en este minuto varias empresas del estado comercializan productos alimenticios y de aseo a través de sucursales online desde España: los cubanos que viven fuera de la isla pagan a esas compañías, en dólares, por productos que luego sus familiares reciben en Cuba. Pero esos productos no provienen del extranjero, sino que son producidos y distribuidos por el propio estado. Por supuesto, es imposible sostener a todo un país así. Y el hambre y la incertidumbre parecen haber pesado esta vez mucho más que el miedo, y han empujado a los cubanos a protestar.
¿La respuesta del gobierno? Desplegar policías vestidos de civil en las calles, mandar a los llamados “boinas negras” (tropas especiales) para contener las manifestaciones, tumbar el internet para que las comunicaciones con el exterior sean mínimas, y pedirle a los “revolucionarios” que defiendan al gobierno. El momento no podría ser peor: el número de contagiados y de muertos por el coronavirus sigue en aumento. Pero la gente no puede más.
Lo que pase de ahora en más es un enigma. Como nunca antes Cuba está al borde de una guerra civil, del enfrentamiento de cubanos contra cubanos, y todo ello en medio de una pandemia y de una crisis económica sin precedentes. En todo caso, la situación irá a peor, a mucho peor, antes de que (y si) se logre alguna estabilidad social o mejoría de cualquier tipo. El presente de Cuba duele; su futuro es muy incierto.
Damaris Puñales–Alpízar
Las noticias que llegan de Cuba son, casi siempre, sobrecogedoras. Hasta hace muy poco, eran las alarmantes cifras de enfermos con el coronavirus, la escasez de comida, las largas horas sin electricidad, la falta total de medicinas, las paupérrimas condiciones en los hospitales, lo que causaba angustia y dolor a quienes, como yo, mantienen algún lazo afectivo con aquel trozo de tierra en el mar Caribe.
Desde este sábado, otro elemento añade dudas y caos a la situación en Cuba: miles de cubanos, cansados de esperar por una solución, por reformas políticas y económicas y, sobre todo, ante una incertidumbre que es cada vez más agobiante, se lanzaron a las calles simultáneamente en toda la isla para protestar en contra del gobierno. Y esto, que en (casi) cualquier parte del mundo podría parecer algo normal: que la gente manifieste su inconformidad protestando públicamente, en la isla es algo sin precedentes después de que en 1959 el gobierno que liderada Fidel Castro prácticamente hasta su muerte en 2016 se hiciera con el poder e impusiera un partido único y una ideología de estado que busca la homogeneidad de pensamiento y de acción de todos los ciudadanos. El único atisbo de una protesta masiva ocurrió en el verano de 1994, cuando cientos de personas se lanzaron a la calle en La Habana, en un hecho que se conoce como “El maleconazo”. En aquella ocasión, Castro salió a encontrarse con los manifestantes y la protesta se disolvió sin mayores penas ni glorias.
En esta ocasión, sin embargo, es diferente. Cuba lleva demasiados años viviendo una crisis económica y social que es cada vez más profunda. Al ciudadano común y corriente le cuesta cada día más llevar el pan a la mesa y no existe un marco legal que garantice los derechos y la actuación de la ciudadanía. Desprotegidos ante cualquier acción del gobierno, a la deriva siempre de leyes o decretos que cambian el rumbo de lo que es permisible o no de un día para otro, la mayoría de las personas en lo único que ha pensado es en escapar, en salir cómo sea de aquel sitio e intentar hacer su vida en otra parte del mundo. Pero la pandemia y las rampantes carencias, las restricciones que desde 2017 se han impuesto a la migración ilegal hacia los Estados Unidos (que ha sido tradicionalmente la válvula de escape de los cubanos –desde enero de 2017 Barack Obama suspendió la política de “pies secos, pies mojados” que garantizaba que cualquier cubano que llegara ilegalmente a los EEUU era admitido legalmente–) y la parálisis en el otorgamiento de visas norteamericanas para la migración legal, han sido todos ingredientes para que este fin de semana los cubanos desafiaran, de punta a punta de la isla, al gobierno.
El actual presidente, Miguel Díaz–Canel Bermúdez, fue impuesto por la élite militar y política de la isla en ese cargo. En abril del 2018, fue designado como el único candidato para suceder a Raúl Castro, quien dejaba el cargo tras 10 años en el poder, luego de que Fidel Castro dejara la dirigencia del país por cuestiones de salud. En octubre de 2019 se convirtió en el presidente de la isla y en el primer secretario del Partido Comunista. Para decirlo finamente, Díaz–Canel es apenas un fantoche impuesto, pero sin ninguna capacidad real para proponer o efectuar cambios efectivos en Cuba. Carece, además, de carisma y de liderazgo de cualquier tipo.
Durante este último fin de semana, al menos cincuenta localidades en toda la isla han vivido protestas masivas. El actual presidente, mientras tanto, añade leña al fuego: ha hecho un llamado este domingo para que los “revolucionarios” salgan a defender las calles y ha calificado a los protestantes como contrarrevolucionarios, vendidos y marionetas de los Estados Unidos. Tradicionalmente, el gobierno cubano ha intentado dividir a la población y ha mantenido una actitud de rechazo y abierta hostilidad hacia aquellos cubanos que se han ido del país. Sin embargo, a partir de los noventa, cuando Cuba comienza a vivir la peor crisis económica de su historia debido al fin del socialismo soviético y, por tanto, el fin también de las fuertes subvenciones de todo tipo con que los rusos mantenían la isla, el gobierno no tuvo reparos en aceptar el “dinero del enemigo”, despenalizó la tenencia de dólares americanos, e incluso abrió tiendas que solo venden en esa moneda. Las remesas familiares enviadas sobre todo desde los Estados Unidos ha sido, desde entonces, la principal industria cubana, muy por encima de la ya inexistente industria azucarera, y de la tambaleante y problemática industria turística. Hasta el día de hoy, es el dinero de los familiares en el extranjero el que mantiene la isla, y el gobierno ha aprovechado ese sentimiento de compromiso familiar para capitalizar los pocos recursos que llegan. Por ejemplo, en este minuto varias empresas del estado comercializan productos alimenticios y de aseo a través de sucursales online desde España: los cubanos que viven fuera de la isla pagan a esas compañías, en dólares, por productos que luego sus familiares reciben en Cuba. Pero esos productos no provienen del extranjero, sino que son producidos y distribuidos por el propio estado. Por supuesto, es imposible sostener a todo un país así. Y el hambre y la incertidumbre parecen haber pesado esta vez mucho más que el miedo, y han empujado a los cubanos a protestar.
¿La respuesta del gobierno? Desplegar policías vestidos de civil en las calles, mandar a los llamados “boinas negras” (tropas especiales) para contener las manifestaciones, tumbar el internet para que las comunicaciones con el exterior sean mínimas, y pedirle a los “revolucionarios” que defiendan al gobierno. El momento no podría ser peor: el número de contagiados y de muertos por el coronavirus sigue en aumento. Pero la gente no puede más.
Lo que pase de ahora en más es un enigma. Como nunca antes Cuba está al borde de una guerra civil, del enfrentamiento de cubanos contra cubanos, y todo ello en medio de una pandemia y de una crisis económica sin precedentes. En todo caso, la situación irá a peor, a mucho peor, antes de que (y si) se logre alguna estabilidad social o mejoría de cualquier tipo. El presente de Cuba duele; su futuro es muy incierto.
Damaris Puñales–Alpízar

















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