Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Eugenio de Ávila
Domingo, 01 de Agosto de 2021
OBITUARIO

Manolo Cardo: hay personas que no mueren... solo se van un rato

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Hay personas que se mueren, que dejan de ser para estar en otra dimensión, o convertirse, al decir de Quevedo, polvo enamorado.  Hay personas que nunca se mueren, solo se van un rato, como Manolo  Cardo. Conozco personas que se han ido, pero siguen viviendo para mí y para los seres que las amaron. Como voy haciendo edad, subiendo, peldaño a peldaño, con descanso en el rellano, la escalera al cielo, se despidieron personas a las que quise; hombres y mujeres a los que lloré, con lágrimas gruesas, con llanto de palabras.

 

Manuel Cardo se nos fue a todos, lo venía anunciando, hace unos días, ya en verano, tras el solsticio. Lo sentí, porque lo conocí y estimo a su hijo, Manín, que fue poniéndose alto cuando un servidor, siendo periodista del verdadero El Correo de Zamora, cuando era de todos los zamoranos, no esta cabecera que jibarizó a la centenaria, acudía a tomar la última caña de la jornada matinal a la cafetería de la Diputación Provincial, un lujo de la restauración, merced a la magnífica cocina de su señora, o, años después, cuando trabajé con J. Antolín Martín en el Gabinete de Presidencia de la Diputación.

 

En el ecuador de los 90, nos echaron del Hospital de la Encarnación. El PP nos castigó al presidente y a su  servidor por ser honrados. Dejé de ver a Manolo y a su familia. Apareció más tarde por la Fundación Hispano-Lusa. Allí se dejó, con clase, con talento, con simpatía y elegancia, los últimos años de su profesión, en la que fue un maestro. Y se jubiló. Y se fue a vivir a Morales del Vino. Y, cuando venía a la ciudad, me lo encontraba dando paseos o de jeras por Santa Clara. Charlábamos. Cuatro bromas y algo de fútbol, porque él era del Real Madrid y su hijo, Manín, del Barça. Y poco más.

 

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No ha mucho tiempo, caí en la cuenta que hacía demasiado que no me lo echaba a la cara. Un día me encontró con su hijo y le pregunté con su padre y su respuesta me abofeteó el rostro del alma. Manolo había enfermado, con uno de esos males que te naufraga el barco del cuerpo para dejar solo el alma, el recuerdo, la memoria.

 

Y, en otro mal día, supe que ya no era. Pero siguió estando en mis adentros hasta que me toque a mí partir para otra dimensión, reencarnación o a la nada. Quizá, la energía no se destruya, según principios de la Termodinámica, y Manolo y todos nos transformemos en agua, en éter, en suspiro de planeta, en susurros de estrellas. Hasta siempre, Manolo. Espera un rato allá donde el tiempo se detuvo y solo es presente. A mí y a todos solo nos queda futuro, porque el pasado es un sueño que se sueña del revés.

 

Eugenio-Jesús de Ávila

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