Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Redacción
Miércoles, 01 de Septiembre de 2021
HABLEMOS

Una sociedad harapienta

Carlos Domínguez

    Viniendo de Wilde o Proust,  el decadentismo pudo elevarse a cuotas sublimes como expresión artística y literaria de la crisis de una sociedad. Naturalmente, siempre desde un elitismo intelectual acompañado del más absoluto desprecio hacia la vulgaridad en cualquiera de sus manifestaciones. Nuestro mundo, sumido ni que decir tiene en una crisis irreversible, se halla ya lejos de tales excelencias, incompatibles con el espíritu degradado de la democracia de masas. Sin ir muy allá, la juventud actual siente pasión por el harapo, por lucir pierna al aire si no espatarrá gracias al roto aposta de cualquier telitoria, mientras en los medios se anuncia a modo de trapería universal el mercadeo de ropa y zapatería usada, bajo reclamo de aseo, imagen y frescura de ninfa adolescente. Ahí lo dejo, quiero decir en la ninfa.

 

   Pero no es el amor por la podredumbre, por todo aquello que represente feísmo y penuria fingida, lo peor de la mentalidad hoy mayoritaria en nuestra sociedad. Lo insoportable, por patético, es el miserabilismo de quienes airean con pose plañidera en cualquier tribuna pública sus supuestos dramas personales, mediante un lloriqueo que busca la conmiseración gratuita, el halago disfrazado de falsa piedad a través de una opinión lejana y anónima. Quizá con la sola intención de disimular mediocridad y falta de valía. Ahorrándonos el deplorable sentimentalismo de sus gimoteos, tales personajes deberían acudir en lugar de a un plató a cualquier manual de autoayuda, otra clase de miserabilismo respecto a la filosofía, saber a lo que parece accesible hoy a cualquier nulidad –o nulidada– de tres al cuarto, dándoselas, pongamos por caso, de kierkegaardiano, más que nada por la sensibilidad animalista del can, anécdota que en vida significó como es sabido a autor de tanta enjundia y prosopia.

 

   Pero que no, y tampoco se lo crean demasiado en este mundo trapero. La ninfa, quiero decir el can, es anécdota del Schopenhauer solitario, loco y ciertamente inquisitivo, dicho sea a beneficio de cualquier calibán mediático, que no del Hegel íntimo y amiguísimo. Aunque tampoco se fíen mucho, digo esto por el autor de la Fenomenología, en realidad bestia negra a precisar si del can o del amo. Al menos porque se mira, y muy a nuestro pesar, en esta sociedad harapienta hay cada vez menos con quien platicar, vale hablar según reza el título de esta columna.

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