NOCTURNOS
Enamorarse
Enamorarse. ¿Qué es? ¿Qué se siente? Enamorarse es dejar a la intemperie el alma para que la zarandee el viento de la pasión; desproteger tu esencia, abandonarla a la merced del destino. Enamorarse es dejar de pensar en tu ego para dejar de estar en ti y ser en la persona que amas. Enamorarse consiste en desvalijar tus adentros, vaciarlos de arrogancia y vanidad, preñarlos de amor humilde, de amor más allá del tiempo.
Quien se enamora alcanza la jerarquía de los sentimientos. Desde su atalaya contempla el amor como una bendición de Dios, se siente más puro, como si le levitara el alma, como si el cuerpo no pesase, como si viviera dos vidas, como si la persona amada se convierte en una diosa, a la que se adora, a la que se le consiente que te castigue con la penitencia de no verla, de no respirarla, de no acariciarla.
El enamorado despechado ama del revés. Contempla a su dama con los ojos del alma. Recuerda los besos como si hubieran sido la ambrosía que alimentó su mónada, su unidad como ser.
El enamorado besa y besa, porque lo necesita para vivir, como el místico busca a Dios porque le sobra su carne y su osamenta. El enamorado no piensa en él, porque se ha perdido en el paraíso de su amada. Para el enamorado cada beso es oxígeno que alcanza los bronquios de su alma. Cada beso es manjar que no llena, vianda que alimenta hasta el último átomo de su cuerpo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Enamorarse. ¿Qué es? ¿Qué se siente? Enamorarse es dejar a la intemperie el alma para que la zarandee el viento de la pasión; desproteger tu esencia, abandonarla a la merced del destino. Enamorarse es dejar de pensar en tu ego para dejar de estar en ti y ser en la persona que amas. Enamorarse consiste en desvalijar tus adentros, vaciarlos de arrogancia y vanidad, preñarlos de amor humilde, de amor más allá del tiempo.
Quien se enamora alcanza la jerarquía de los sentimientos. Desde su atalaya contempla el amor como una bendición de Dios, se siente más puro, como si le levitara el alma, como si el cuerpo no pesase, como si viviera dos vidas, como si la persona amada se convierte en una diosa, a la que se adora, a la que se le consiente que te castigue con la penitencia de no verla, de no respirarla, de no acariciarla.
El enamorado despechado ama del revés. Contempla a su dama con los ojos del alma. Recuerda los besos como si hubieran sido la ambrosía que alimentó su mónada, su unidad como ser.
El enamorado besa y besa, porque lo necesita para vivir, como el místico busca a Dios porque le sobra su carne y su osamenta. El enamorado no piensa en él, porque se ha perdido en el paraíso de su amada. Para el enamorado cada beso es oxígeno que alcanza los bronquios de su alma. Cada beso es manjar que no llena, vianda que alimenta hasta el último átomo de su cuerpo.
Eugenio-Jesús de Ávila















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