NOCTURNOS
Decidí dejar de pensar en ella
Como carezco de relación, cara a cara, cuerpo a cuerpo, con otras personas, solo hablo conmigo mismo. Y no me aburro, porque soy varios. Y me dio por pensar, hace un ratito, en ti, y llegué a la conclusión que ya no te quería. Reflexioné: ¡Cómo puede amar a una mujer que no huelo, que no escucho, que no me riñe, que no me acaricia, que no me llama por teléfono, que pasa tanto de mí persona!
Ridículo que me enamorase de ti cuando todavía no existían esta pandemia. Porque, cuando nuestra sociedad era libre, salía por las calles, compraba perfumes, vestidos, pantalones, flores, compresas, braguitas, solomillos y otras viandas y adornos, ya me habías confinado. No me exigías, como si fueras Pedro Sánchez, que me quedase en mi casa, pero me apartaste de ti. Y, durante un tiempo, yo respiraba, comía, leía, escribía porque creí que eras la mujer más extraordinaria que se me apareció en mi vida.
Sí, fuiste como un espectro de la Virgen. Lo tenías todo: belleza, una edad acorde a la mía –no me permito enamorar a una mujer de menos de medio siglo-, cierta cultura, sorprendente en algunos momentos; amor por la lectura, gusto por el buen cine, personalidad y elegancia. Y, además, olías muy bien.
Pero, como digo, sin necesidad del coronavirus, me confinaste. Ahora, en el quinto día del Estado de Alarma, he decidido purgar mi alma de tus recuerdos, de tu voz juvenil, de tus manías, de tu hieratismo. Compréndeme: yo –ni nadie, salvo algún poeta anacrónico, demodé- no puedo amar a quién no puedo tener; no quiero amar a una mujer que me evita, rehúye, elude. Si yo no existo para vuesa merced, tampoco usted vivirá en la mejor alcoba de mi cerebro. No tendrá ni memoria ni historia de una mujer tan insulsa y, a su vez, presuntuosa.
Eugenio-Jesús de Ávila
Como carezco de relación, cara a cara, cuerpo a cuerpo, con otras personas, solo hablo conmigo mismo. Y no me aburro, porque soy varios. Y me dio por pensar, hace un ratito, en ti, y llegué a la conclusión que ya no te quería. Reflexioné: ¡Cómo puede amar a una mujer que no huelo, que no escucho, que no me riñe, que no me acaricia, que no me llama por teléfono, que pasa tanto de mí persona!
Ridículo que me enamorase de ti cuando todavía no existían esta pandemia. Porque, cuando nuestra sociedad era libre, salía por las calles, compraba perfumes, vestidos, pantalones, flores, compresas, braguitas, solomillos y otras viandas y adornos, ya me habías confinado. No me exigías, como si fueras Pedro Sánchez, que me quedase en mi casa, pero me apartaste de ti. Y, durante un tiempo, yo respiraba, comía, leía, escribía porque creí que eras la mujer más extraordinaria que se me apareció en mi vida.
Sí, fuiste como un espectro de la Virgen. Lo tenías todo: belleza, una edad acorde a la mía –no me permito enamorar a una mujer de menos de medio siglo-, cierta cultura, sorprendente en algunos momentos; amor por la lectura, gusto por el buen cine, personalidad y elegancia. Y, además, olías muy bien.
Pero, como digo, sin necesidad del coronavirus, me confinaste. Ahora, en el quinto día del Estado de Alarma, he decidido purgar mi alma de tus recuerdos, de tu voz juvenil, de tus manías, de tu hieratismo. Compréndeme: yo –ni nadie, salvo algún poeta anacrónico, demodé- no puedo amar a quién no puedo tener; no quiero amar a una mujer que me evita, rehúye, elude. Si yo no existo para vuesa merced, tampoco usted vivirá en la mejor alcoba de mi cerebro. No tendrá ni memoria ni historia de una mujer tan insulsa y, a su vez, presuntuosa.
Eugenio-Jesús de Ávila
















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.14