NOCTURNOS
Tatuarse el alma con amor
No es bueno enamorarse a mi edad. Suceso extraño requebrarse por una mujer, además joven, cuando tu pasado abruma y el futuro se acabará en cuatro amaneceres. Porque, si la fémina decide, después de acariciarte, besarte, amarte durante unos meses, pronunciar aquella frase tan dura, que suena a hierro, a canto rodado, se te abren las costuras del alma: “¡Ya me cansé de tus críticas. Adiós!”
Cuando el pretérito pesa mucho en tu vida, el amor solo se vive en novelas, películas y en las vidas de los otros, las de tus hijos y nietos. Amar, cuando nos queda tan poco para vivir, lo juzgo como una frivolidad, un riesgo innecesario, una locura sin asistir a la consulta del psiquiatra. Yo, ahora, y en la hora de mi muerte, me enamoré cuando ya no me tocaba. Y ella se fue. Y yo me quede pasmado. Se me ha puesto cara de tonto al alba, cuando me miro al espejo, y de ganapán cuando me lavo los dientes antes de irme a vivir mi soledad con el lecho, en el que ella y yo yacimos, amamos y amanecimos. Cópulas de madrugada y con la primera luz del día. Éxtasis a la luz de luna y al amanecer. Demasiada belleza para un veterano seductor.
Ahora, cuando despierto, pronuncio su nombre. Me escucha mi almohada y callan mis sábanas. Mi manta tiene celos de esa mujer. Y, cuando me toca regresar al lecho, paso la película de mi historia con esa tatuadora de almas por la pantalla de mi vida. Recuerdo cuándo y cómo la conocí, el primer abrazo, el primer beso, su preciosa voz recitando versos, su extraño color de ojos mirándome fijamente, sus genialidades, sus respuestas inteligentes, sus críticas hacia mi forma de hacer, su descomunal orgullo, esa forma de ser que se extraña ante el amor, incapaz de asumir que un hombre se enamore de ella, porque piensa que todos pensamos con una cabeza que no cobija un cerebro; que solo buscamos el placer del sexo y jamás la belleza del seso femenino. Y así estoy yo sin ella: apelelado, disminuido, vacío, sin latido, ansioso, muerto en vida.
Eugenio-Jesús de Ávila
No es bueno enamorarse a mi edad. Suceso extraño requebrarse por una mujer, además joven, cuando tu pasado abruma y el futuro se acabará en cuatro amaneceres. Porque, si la fémina decide, después de acariciarte, besarte, amarte durante unos meses, pronunciar aquella frase tan dura, que suena a hierro, a canto rodado, se te abren las costuras del alma: “¡Ya me cansé de tus críticas. Adiós!”
Cuando el pretérito pesa mucho en tu vida, el amor solo se vive en novelas, películas y en las vidas de los otros, las de tus hijos y nietos. Amar, cuando nos queda tan poco para vivir, lo juzgo como una frivolidad, un riesgo innecesario, una locura sin asistir a la consulta del psiquiatra. Yo, ahora, y en la hora de mi muerte, me enamoré cuando ya no me tocaba. Y ella se fue. Y yo me quede pasmado. Se me ha puesto cara de tonto al alba, cuando me miro al espejo, y de ganapán cuando me lavo los dientes antes de irme a vivir mi soledad con el lecho, en el que ella y yo yacimos, amamos y amanecimos. Cópulas de madrugada y con la primera luz del día. Éxtasis a la luz de luna y al amanecer. Demasiada belleza para un veterano seductor.
Ahora, cuando despierto, pronuncio su nombre. Me escucha mi almohada y callan mis sábanas. Mi manta tiene celos de esa mujer. Y, cuando me toca regresar al lecho, paso la película de mi historia con esa tatuadora de almas por la pantalla de mi vida. Recuerdo cuándo y cómo la conocí, el primer abrazo, el primer beso, su preciosa voz recitando versos, su extraño color de ojos mirándome fijamente, sus genialidades, sus respuestas inteligentes, sus críticas hacia mi forma de hacer, su descomunal orgullo, esa forma de ser que se extraña ante el amor, incapaz de asumir que un hombre se enamore de ella, porque piensa que todos pensamos con una cabeza que no cobija un cerebro; que solo buscamos el placer del sexo y jamás la belleza del seso femenino. Y así estoy yo sin ella: apelelado, disminuido, vacío, sin latido, ansioso, muerto en vida.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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