PASIÓN POR ZAMORA
El otoño en la ciudad pretérita y Monte la Reina
El otoño es el Velázquez de la naturaleza. Estación del año a la que le disgusta el negro y el gris. En su paleta de pintoras se mezclan todos los colores de la vida. El negro es el no color, el luto; el gris, la mediocridad. El otoño prepara a la tierra para el largo sueño del invierno.
Yo soy otoño. Mi generación es también otoño. Toca prepararnos para la llegada del invierno, en el que hay que entrar casi desnudos, sin cargas, con el alma purificada, sin la mugre que fuimos acumulando durante el sueño del tiempo. La vida debería ser una catarsis: abandonar el egoísmo propio de la infancia, la ambición de la juventud, la hipocresía de la edad madura y acoger la vejez con dignidad, resignación y sin rencor.
Zamora también, como yo, es una ciudad otoño. Quizá, si el proyecto de Monte la Reina se concreta, rejuvenezca, como si le hubieran hecho un lifting o inyectado bótox, y pase de ser la ciudad pretérita a una urbe con futuro. No lo sé.
Quizá, cuando mi vida sea invierno, la ciudad del alma, la que nos alienta y nos acusa, que adivinase Claudio Rodríguez, sonría, cante y baile, con gente joven, con generaciones que se queden en su patria chica a formar familias, a ganarse la vida y sentirse dignos de sus labores, de sus comportamientos, del respeto al patrimonio monumental, al mobiliarios público y a sus mayores.
Mañana, la ministra de Defensa, Margarita Robles, visitará el campamento de Monte la Reina, abandonado desde hace años, para rubricar que el Gobierno del que forma parte transformará ese patrimonio del Ejército en una moderna instalación militar. No viajará la magistrada, colega de un gran amigo, hasta la ciudad otoño, quizá porque no le guste el invierno. Este periodista otoñal, cercano al invierno de su vida, agradecería ver un nuevo amanecer de mi tierra. A mí ya se me van cayendo las hojas de mis ramas. Y no espero otro milagro de la primavera como el olmo centenario de Machado. Soy un árbol seco al que le llega poca savia, sin apenas ya clorofila, vida, sangre.
Eugenio-Jesús de Ávila
El otoño es el Velázquez de la naturaleza. Estación del año a la que le disgusta el negro y el gris. En su paleta de pintoras se mezclan todos los colores de la vida. El negro es el no color, el luto; el gris, la mediocridad. El otoño prepara a la tierra para el largo sueño del invierno.
Yo soy otoño. Mi generación es también otoño. Toca prepararnos para la llegada del invierno, en el que hay que entrar casi desnudos, sin cargas, con el alma purificada, sin la mugre que fuimos acumulando durante el sueño del tiempo. La vida debería ser una catarsis: abandonar el egoísmo propio de la infancia, la ambición de la juventud, la hipocresía de la edad madura y acoger la vejez con dignidad, resignación y sin rencor.
Zamora también, como yo, es una ciudad otoño. Quizá, si el proyecto de Monte la Reina se concreta, rejuvenezca, como si le hubieran hecho un lifting o inyectado bótox, y pase de ser la ciudad pretérita a una urbe con futuro. No lo sé.
Quizá, cuando mi vida sea invierno, la ciudad del alma, la que nos alienta y nos acusa, que adivinase Claudio Rodríguez, sonría, cante y baile, con gente joven, con generaciones que se queden en su patria chica a formar familias, a ganarse la vida y sentirse dignos de sus labores, de sus comportamientos, del respeto al patrimonio monumental, al mobiliarios público y a sus mayores.
Mañana, la ministra de Defensa, Margarita Robles, visitará el campamento de Monte la Reina, abandonado desde hace años, para rubricar que el Gobierno del que forma parte transformará ese patrimonio del Ejército en una moderna instalación militar. No viajará la magistrada, colega de un gran amigo, hasta la ciudad otoño, quizá porque no le guste el invierno. Este periodista otoñal, cercano al invierno de su vida, agradecería ver un nuevo amanecer de mi tierra. A mí ya se me van cayendo las hojas de mis ramas. Y no espero otro milagro de la primavera como el olmo centenario de Machado. Soy un árbol seco al que le llega poca savia, sin apenas ya clorofila, vida, sangre.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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