Redacción
Viernes, 05 de Noviembre de 2021
HABLEMOS

Incógnitas e incertidumbres

Carlos Domínguez

   La deriva del PP bajo excusa de una mal entendida responsabilidad institucional está causando un desconcierto que lo perjudica de cara al medio plazo, más allá del voto cautivo que conserva gracias a un electorado fiel por la edad, el conformismo y la dominancia de aparato territorial. Se trata en parte de una cuestión de liderazgo, pues Casado ni por carácter ni ascendiente parlamentario parece contar con la estatura exigida para liderar la primera fuerza de la oposición, ello al margen de las dotes mediáticas que acreditó antes de acceder a la presidencia del partido en entrevistas, tertulias y apariciones televisivas. En esa misma línea, creo que su tocayo el señor Montesinos desempeñó no ha mucho la portavocía popular. Políticamente, requiescat.

 

   A diferencia de lo que ocurre con Vox y sólo de momento con el PSOE, Casado es rehén de sus baronías territoriales, de Galicia a Andalucía pasando por Madrid, que condicionan una dirección política vacilante a la hora de definir las líneas maestras de un proyecto unitario y de futuro. Sin embargo, quizás el problema no se halle de puertas adentro, ni por el lado de las taifas territoriales ni por el personal de Casado. Probablemente la auténtica dificultad haya que buscarla en razones de fondo, que afectan a la derecha no ya de modo puntual sino estructural, por lo que concierne a una transición a revisar de principio a fin.

 

  Al rajoyismo se le tiene por lo que fue, desde una postura acomodaticia rayana en la pasividad si no la cobardía. Pero, con Rajoy o sin él, ¿podía el PP hacer algo distinto, dada la relación de fuerzas en virtud de los intereses y la opinión mayoritaria de una sociedad como la española, contaminada ideológicamente a raíz de la transición, la cual, si bien se analiza, vino a consagrar la absoluta hegemonía de una izquierda camaleónica en lo doctrinal y programático, pero monolítica en lo que respecta a su desmedida ambición de poder? Si no lo hizo el aznarismo, gran fiasco de la derecha, ¿podía hacerlo el PP de un Rajoy acorralado en todos los frentes, así el de la opinión, el de la propaganda y el de las instituciones, sin olvidar la calle como escenario dirimente en último término?

 

   Aunque lo decisivo tampoco atañe al rajoyismo con sus errores y funesta herencia. Al presente, para la derecha conservadora lo esencial es evaluar la capacidad de maniobra con que contaría a la hora de acceder al poder, una vez asumida e implementada la necesaria alianza de PP y Vox. ¿Puede, está en situación la derecha de gobernar desde el designio de una izquierda extrema, comunista por creencia o conveniencia, dispuesta como delata su connivencia con el separatismo a tomar la calle movilizando a sus bases, con el auxilio de sindicatos y organizaciones afines? De aspirar a ser real alternativa de gobierno, la derecha conservadora está obligada en primerísimo lugar a asegurar la fortaleza y neutralidad de las instituciones, junto a su compromiso en defensa de la legalidad, incluida especialmente la dimanada en su día de un nuevo gobierno legítimo.    

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