ZAMORANA
La autoridad moral de los gobernantes
Siempre me ha parecido interesante estudiar los compadreos, intrigas, manejos y complots en las cortes de los reyes cuando repaso la historia de nuestro país –y, en algún caso, de otros vecinos-. Resulta curioso hasta dónde se puede llegar para mantener el poder: delaciones, calumnias, acusaciones, mentiras e incluso asesinatos. Estas armas se han utilizado desde siempre sin temblar la mano de quienes lo hacían en favor de un cargo relevante, de librarse de un adversario que hacía sombra o, simplemente, para ostentar más poder y acallar con el miedo a posibles rivales. Ocurrió en la realeza, ocurrió en la dictadura franquista y, me atrevo a decir, que este fenómeno es consustancial al ser humano una vez se logran determinadas cotas de dominio.
En nuestro sistema democrático actual ha ocurrido y sigue ocurriendo algo parecido, y más en concreto con este gobierno bicéfalo y mal avenido, de convicciones enfrentadas, de lucha por detentar más poder y derribar al adversario-obligado-compañero de coalición. Lo vemos a cada paso que intentan dar en conjunto y saltan chispas porque cada posición política: socialistas y podemitas están cada vez más alejados en sus posiciones y no se esfuerzan por limar sus diferencias en público; muy al contrario, utilizan los medios de comunicación para ofrecer declaraciones impersonales y aparentemente asépticas, pero con el dardo bien dirigido hacia el contrario.
No entraré en el bochornoso espectáculo a que nos tiene acostumbrado este gobierno sanchista, pactador con miserables, amigo de asesinos e independentistas contrarios a nuestro país, pero que, desde su posición dominante con sus votos imprescindibles son claves para que el presidente continúe aposentado en la Moncloa. ¿Dónde están los valores, dónde queda la palabra que un día se dio y que está grabada en la hemeroteca como ese pepito grillo para azuzar una conciencia que, deliberadamente, se ignora?
Y no quisiera remitirme únicamente al poder actual, porque también gobiernos anteriores han practicado felonías semejantes, aprovechando su ventajosa posición para enriquecerse, manchándose las manos mientras circulaban sobres con dinero que nunca debieron llevarse; quizá porque vemos esos ejemplos, los ciudadanos desconfiamos de los buenos propósitos de aquellos que nos gobiernan y recelamos de sus intenciones, aunque puedan ser beneficiosas para la sociedad; porque hay sobrados ejemplos de que no siempre se cumple lo que se promete y la palabra se queda en papel mojado.
La falta de confianza de un pueblo hacia sus gobernantes debería ser causa suficiente para hacer las cosas mejor y estar a la altura de quienes gobiernan. Ya lo expresó Lincoln en una frase sin desperdicio: “casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.
Mª Soledad Martín Turiño
Siempre me ha parecido interesante estudiar los compadreos, intrigas, manejos y complots en las cortes de los reyes cuando repaso la historia de nuestro país –y, en algún caso, de otros vecinos-. Resulta curioso hasta dónde se puede llegar para mantener el poder: delaciones, calumnias, acusaciones, mentiras e incluso asesinatos. Estas armas se han utilizado desde siempre sin temblar la mano de quienes lo hacían en favor de un cargo relevante, de librarse de un adversario que hacía sombra o, simplemente, para ostentar más poder y acallar con el miedo a posibles rivales. Ocurrió en la realeza, ocurrió en la dictadura franquista y, me atrevo a decir, que este fenómeno es consustancial al ser humano una vez se logran determinadas cotas de dominio.
En nuestro sistema democrático actual ha ocurrido y sigue ocurriendo algo parecido, y más en concreto con este gobierno bicéfalo y mal avenido, de convicciones enfrentadas, de lucha por detentar más poder y derribar al adversario-obligado-compañero de coalición. Lo vemos a cada paso que intentan dar en conjunto y saltan chispas porque cada posición política: socialistas y podemitas están cada vez más alejados en sus posiciones y no se esfuerzan por limar sus diferencias en público; muy al contrario, utilizan los medios de comunicación para ofrecer declaraciones impersonales y aparentemente asépticas, pero con el dardo bien dirigido hacia el contrario.
No entraré en el bochornoso espectáculo a que nos tiene acostumbrado este gobierno sanchista, pactador con miserables, amigo de asesinos e independentistas contrarios a nuestro país, pero que, desde su posición dominante con sus votos imprescindibles son claves para que el presidente continúe aposentado en la Moncloa. ¿Dónde están los valores, dónde queda la palabra que un día se dio y que está grabada en la hemeroteca como ese pepito grillo para azuzar una conciencia que, deliberadamente, se ignora?
Y no quisiera remitirme únicamente al poder actual, porque también gobiernos anteriores han practicado felonías semejantes, aprovechando su ventajosa posición para enriquecerse, manchándose las manos mientras circulaban sobres con dinero que nunca debieron llevarse; quizá porque vemos esos ejemplos, los ciudadanos desconfiamos de los buenos propósitos de aquellos que nos gobiernan y recelamos de sus intenciones, aunque puedan ser beneficiosas para la sociedad; porque hay sobrados ejemplos de que no siempre se cumple lo que se promete y la palabra se queda en papel mojado.
La falta de confianza de un pueblo hacia sus gobernantes debería ser causa suficiente para hacer las cosas mejor y estar a la altura de quienes gobiernan. Ya lo expresó Lincoln en una frase sin desperdicio: “casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.
Mª Soledad Martín Turiño

















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