HABLEMOS
Valor en alza
Carlos Domínguez
No es fácil aventurar hasta dónde puede llegar el futuro político de Isabel Díaz Ayuso, indiscutible referente para la derecha capitalina, mas no tanto en lo que concierne a otra de ámbito nacional, algo que, aun suponiendo intención y propósito, requiere tiempo, experiencia y habilidad añadida, a no ser que ésta vaya precisamente en la imagen un tanto naïve de la presidenta madrileña, lo cual no creo que sea el caso. La medida de la dificultad respecto al diagnóstico la proporciona el popular Feijóo, quien pese a sus innegables dotes para asumir la dirección de la derecha a nivel nacional de la mano del PP, quedó relegado, y todavía no sabemos cómo ni por qué, a un mandato regional muy por debajo de las expectativas generadas.
Con la figura de Ayuso podría ocurrir otro tanto, bien por falta de decisión en el momento crucial, bien a causa de las luchas internas inevitables en toda estructura partidaria. Aun así, lo cierto es que su éxito, con independencia de que se consolide o vaya incluso a más, ha supuesto un auténtico revulsivo dentro de la política española al demostrar que, frente a lo que hoy se entiende aggiornamento y cálculo como efecto de una mal entendida centralidad, es posible una acción de gobierno alejada de los modos y mañas de la partitocracia bajo forma de burocracias sociales, ajenas cuando no abiertamente enemigas del conjunto de la ciudadanía.
Ayuso ha irrumpido como alguien capaz de hacer de su gestión una labor eficaz pero asimismo cercana al hombre común, a diferencia del vulgar apparatchik que, con mucha correa partidaria y absoluto descaro, practica un oportunismo encaminado al medro personal, además de abocado a una incompetencia ligada al derroche de recursos públicos. El éxito, cómo no, molesto de Díaz Ayuso viene en gran parte de la intuición general respecto a que, puesta en la tesitura, antepondría el bien común a intereses personales o de partido. Que ello ocurriera o no, y que su triunfo rebase el ámbito autonómico para elevarse a un liderazgo nacional, es asunto a elucidar. Pero, de momento, lo cierto es que Ayuso representa un magnífico ejemplo de coherencia y buen hacer para sus administrados. O mejor aún conciudadanos, desde la perspectiva de un auténtico servicio público. A día de hoy, la presidenta madrileña ha sabido tocar esa fibra. Que siga y, en taurino por español, al día de mañana que Dios reparta suerte.
No es fácil aventurar hasta dónde puede llegar el futuro político de Isabel Díaz Ayuso, indiscutible referente para la derecha capitalina, mas no tanto en lo que concierne a otra de ámbito nacional, algo que, aun suponiendo intención y propósito, requiere tiempo, experiencia y habilidad añadida, a no ser que ésta vaya precisamente en la imagen un tanto naïve de la presidenta madrileña, lo cual no creo que sea el caso. La medida de la dificultad respecto al diagnóstico la proporciona el popular Feijóo, quien pese a sus innegables dotes para asumir la dirección de la derecha a nivel nacional de la mano del PP, quedó relegado, y todavía no sabemos cómo ni por qué, a un mandato regional muy por debajo de las expectativas generadas.
Con la figura de Ayuso podría ocurrir otro tanto, bien por falta de decisión en el momento crucial, bien a causa de las luchas internas inevitables en toda estructura partidaria. Aun así, lo cierto es que su éxito, con independencia de que se consolide o vaya incluso a más, ha supuesto un auténtico revulsivo dentro de la política española al demostrar que, frente a lo que hoy se entiende aggiornamento y cálculo como efecto de una mal entendida centralidad, es posible una acción de gobierno alejada de los modos y mañas de la partitocracia bajo forma de burocracias sociales, ajenas cuando no abiertamente enemigas del conjunto de la ciudadanía.
Ayuso ha irrumpido como alguien capaz de hacer de su gestión una labor eficaz pero asimismo cercana al hombre común, a diferencia del vulgar apparatchik que, con mucha correa partidaria y absoluto descaro, practica un oportunismo encaminado al medro personal, además de abocado a una incompetencia ligada al derroche de recursos públicos. El éxito, cómo no, molesto de Díaz Ayuso viene en gran parte de la intuición general respecto a que, puesta en la tesitura, antepondría el bien común a intereses personales o de partido. Que ello ocurriera o no, y que su triunfo rebase el ámbito autonómico para elevarse a un liderazgo nacional, es asunto a elucidar. Pero, de momento, lo cierto es que Ayuso representa un magnífico ejemplo de coherencia y buen hacer para sus administrados. O mejor aún conciudadanos, desde la perspectiva de un auténtico servicio público. A día de hoy, la presidenta madrileña ha sabido tocar esa fibra. Que siga y, en taurino por español, al día de mañana que Dios reparta suerte.


















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