NOCTURNOS
No me arrepiento de haberla conocido
Nunca debí colocarme tan cerca de sus labios. Era de esas mujeres que se admiran, pero de lejos, nunca conocerla a diez centímetros, cuerpo a cuerpo, casi recibiendo el aroma de sus senos y el perfume de su fragancia. Me llegué a enamorar de ella. ¡Y de qué manera! Posee indudable virtudes –hermosa, culta, elegante, con clase-, las que me deleitan en una mujer; solo tiene un defecto, muy común: solo piensa en ella. Yo también, pero lo suyo es de ególatras. Yo le he importado un comino, frase muy propia de mi mamá. La acompañé mientras me necesitó. Después, ahí estoy…por si acaso.
No me arrepiento de haberla conocido. Me avergüenza, por lo que me toca, que un hombre como yo, a su edad, sea aún tan cándido y no percibiese que su ego ocupa la jerarquía de sus sentimientos, y el resto, gente que adorna el teatro de su vida.
Y, como soy un romántico, mi pasión pudo con mi inteligencia durante meses y meses, hasta que, ¡por fin! la razón me candó el corazón. Y ahora aprendo a desenamorarme de ella, la dama con la que pensé que había llegado al puerto de la belleza, al muelle de la verdad, donde atracan el talento y la cultura, el arte y el amor.
Tendré que tomar un nuevo pasaje rumbo a ninguna parte, o subirme a la barca de Caronte, darle un par de óbolos –uno es de tacaños y yo soy un tonto muy generoso- y que me conduzca al Hades. Aunque quizá antes me arroje a las aguas del río Aqueronte por si me encuentro con una sirena que me ame.
Adiós, a ese amor, que creí que traía la mujer de mi vida, y pensé que su bello rostro el último que viesen mis ojos antes de que me llevase la muerte a la nada.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca debí colocarme tan cerca de sus labios. Era de esas mujeres que se admiran, pero de lejos, nunca conocerla a diez centímetros, cuerpo a cuerpo, casi recibiendo el aroma de sus senos y el perfume de su fragancia. Me llegué a enamorar de ella. ¡Y de qué manera! Posee indudable virtudes –hermosa, culta, elegante, con clase-, las que me deleitan en una mujer; solo tiene un defecto, muy común: solo piensa en ella. Yo también, pero lo suyo es de ególatras. Yo le he importado un comino, frase muy propia de mi mamá. La acompañé mientras me necesitó. Después, ahí estoy…por si acaso.
No me arrepiento de haberla conocido. Me avergüenza, por lo que me toca, que un hombre como yo, a su edad, sea aún tan cándido y no percibiese que su ego ocupa la jerarquía de sus sentimientos, y el resto, gente que adorna el teatro de su vida.
Y, como soy un romántico, mi pasión pudo con mi inteligencia durante meses y meses, hasta que, ¡por fin! la razón me candó el corazón. Y ahora aprendo a desenamorarme de ella, la dama con la que pensé que había llegado al puerto de la belleza, al muelle de la verdad, donde atracan el talento y la cultura, el arte y el amor.
Tendré que tomar un nuevo pasaje rumbo a ninguna parte, o subirme a la barca de Caronte, darle un par de óbolos –uno es de tacaños y yo soy un tonto muy generoso- y que me conduzca al Hades. Aunque quizá antes me arroje a las aguas del río Aqueronte por si me encuentro con una sirena que me ame.
Adiós, a ese amor, que creí que traía la mujer de mi vida, y pensé que su bello rostro el último que viesen mis ojos antes de que me llevase la muerte a la nada.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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