BIORREFINERÍA
Biorrefinería: Zamora tiene una cita con su futuro: esta sobremesa, a las cuatro
En Castilla, sus gentes y sus políticos, nunca se nos ha tenido en cuenta
Al rey Fernando I ya se le olvidaba Zamora. Incluso nos incluía en Castilla la Vieja. Después, aquí, su hijo, Sancho, recibió el pago a su ambición. Los castellanos, el poder, convirtieron a un héroe en felón.
En Castilla, sus gentes y sus políticos, nunca se nos ha tenido en cuenta. Convencido estoy que no toman por palurdos, por pastores de ovejas, por vaqueros que solo saben ordeñar las ubres de sus vacas viejas; por gente que ara a la romana, que siembra y recoge cosechas para el propio sustento; incapaces de transformar nuestras excepcionales materias primas, gente tontita, a la que se engaña con cuatro promesas endulzadas con el azúcar de la mentira. A los zamoranos se les puede putear y, además, lo celebran y aplauden. Ni tan si quiera saben lo que somos: medio portugueses, la escoria de León, el pueblo más grande de Salamanca, tierra de lobos y rapaces, de ciervos, de berreas humanas, de agua seca, de ríos sin cauce, de embalses tristes, de nubes canosas, de cielos empedrados, de flores de plástico, de muertes si vida, de vivir sin darse cuenta.
Ni los zamoranos saben, sabemos, ya qué son, qué somos: de aquí o de allá, si viven porque no mueren, o conocen una muerte viva. Hemos perdido nuestra identidad después de tanto cobardear en tablas, de arrodillarnos ante los semidioses de la política, de tragar embustes, de vomitar la sopa de la verdad.
Nuestros defectos sirven para que la gente de la política, personas que perdieron ética y estética, capaces de vender un lugar en el sol para construir el paraíso, nos tomen a cachondeo. Vicente Merino Febrero, zamorano y, por ende, leonés, ha sufrido durante casi 15 años esa falta de respeto que se tiene por nosotros, los que acompañamos al Duero, al río duradero, hasta que penetra en las educadas tierras lusas, bellas y atlánticas, laboriosas y sencillas, líricas y humildes.
A este ingeniero, porque es zamorano, se le engañó, mintió, chantajeó por aquellos que representan lo peor que queda en Castilla y Zamora en la política y en la empresa. Creyó que su idea, genial, extraería a su tierra del pretérito para ubicarla en el futuro; pensó que el sector primario, esencial, adquiriría un potencial económico extraordinario, que aumentaría el nivel de vida del agro, de sus gentes, de agricultores y ganaderos. No pensaba en dinero, soñaba con la utopía, pero ahora le rodea la ucronía: lo que pudo ser y no fue, que ojalá transforme el deseo en realidad.
Hoy, a una hora extraña, cuatro de la tarde, porque el personal suele dedicarlo a tomar el café, fumarse un puro y dar una cabezada, se invita a los zamoranos, gente dormida con los ojos abiertos, a que acudamos a una cita, no con la historia, sino con el futuro, para que dejemos de ser palurdos, aldeanos, paletos; y nos olvidemos de las promesas de los hombres que viven de la res pública y de sus negocios.
Convenzámonos: el eje Valladolid-Burgos nos quiere como somos, cándidos, pusilánimes, sin ambición, perdidos en el pasado. Nunca aprobarán la industrialización de esta provincia. Construir la biorrefinería les parece una blasfemia económica. Todo para Castilla. León no cuenta; León y Zamora somos los parias.
Como Zamora carece de medios de comunicación propios, al servicio siempre del que paga, sean rojos o azules, nadie podrá denunciar los privilegios económicos de los que disfrutan las provincias más desarrolladas de esta autonomía ahistórica, merced a los favores políticos seculares que nadie denuncia. Se nos ha condenado a no ser, o a estar, pero sin ser.
Los zamoranos con conciencia política, los que tenemos todavía cierto orgullo entre el corazó y el cerebro, tenemos un encuentro con nuestro porvenir esta sobremesa de este otoño moribundo frente a la Delegación de la Junta de Castilla en Zamora. Hay que morir con las botas puestas.
Eugenio-Jesús de Ávila
Al rey Fernando I ya se le olvidaba Zamora. Incluso nos incluía en Castilla la Vieja. Después, aquí, su hijo, Sancho, recibió el pago a su ambición. Los castellanos, el poder, convirtieron a un héroe en felón.
En Castilla, sus gentes y sus políticos, nunca se nos ha tenido en cuenta. Convencido estoy que no toman por palurdos, por pastores de ovejas, por vaqueros que solo saben ordeñar las ubres de sus vacas viejas; por gente que ara a la romana, que siembra y recoge cosechas para el propio sustento; incapaces de transformar nuestras excepcionales materias primas, gente tontita, a la que se engaña con cuatro promesas endulzadas con el azúcar de la mentira. A los zamoranos se les puede putear y, además, lo celebran y aplauden. Ni tan si quiera saben lo que somos: medio portugueses, la escoria de León, el pueblo más grande de Salamanca, tierra de lobos y rapaces, de ciervos, de berreas humanas, de agua seca, de ríos sin cauce, de embalses tristes, de nubes canosas, de cielos empedrados, de flores de plástico, de muertes si vida, de vivir sin darse cuenta.
Ni los zamoranos saben, sabemos, ya qué son, qué somos: de aquí o de allá, si viven porque no mueren, o conocen una muerte viva. Hemos perdido nuestra identidad después de tanto cobardear en tablas, de arrodillarnos ante los semidioses de la política, de tragar embustes, de vomitar la sopa de la verdad.
Nuestros defectos sirven para que la gente de la política, personas que perdieron ética y estética, capaces de vender un lugar en el sol para construir el paraíso, nos tomen a cachondeo. Vicente Merino Febrero, zamorano y, por ende, leonés, ha sufrido durante casi 15 años esa falta de respeto que se tiene por nosotros, los que acompañamos al Duero, al río duradero, hasta que penetra en las educadas tierras lusas, bellas y atlánticas, laboriosas y sencillas, líricas y humildes.
A este ingeniero, porque es zamorano, se le engañó, mintió, chantajeó por aquellos que representan lo peor que queda en Castilla y Zamora en la política y en la empresa. Creyó que su idea, genial, extraería a su tierra del pretérito para ubicarla en el futuro; pensó que el sector primario, esencial, adquiriría un potencial económico extraordinario, que aumentaría el nivel de vida del agro, de sus gentes, de agricultores y ganaderos. No pensaba en dinero, soñaba con la utopía, pero ahora le rodea la ucronía: lo que pudo ser y no fue, que ojalá transforme el deseo en realidad.
Hoy, a una hora extraña, cuatro de la tarde, porque el personal suele dedicarlo a tomar el café, fumarse un puro y dar una cabezada, se invita a los zamoranos, gente dormida con los ojos abiertos, a que acudamos a una cita, no con la historia, sino con el futuro, para que dejemos de ser palurdos, aldeanos, paletos; y nos olvidemos de las promesas de los hombres que viven de la res pública y de sus negocios.
Convenzámonos: el eje Valladolid-Burgos nos quiere como somos, cándidos, pusilánimes, sin ambición, perdidos en el pasado. Nunca aprobarán la industrialización de esta provincia. Construir la biorrefinería les parece una blasfemia económica. Todo para Castilla. León no cuenta; León y Zamora somos los parias.
Como Zamora carece de medios de comunicación propios, al servicio siempre del que paga, sean rojos o azules, nadie podrá denunciar los privilegios económicos de los que disfrutan las provincias más desarrolladas de esta autonomía ahistórica, merced a los favores políticos seculares que nadie denuncia. Se nos ha condenado a no ser, o a estar, pero sin ser.
Los zamoranos con conciencia política, los que tenemos todavía cierto orgullo entre el corazó y el cerebro, tenemos un encuentro con nuestro porvenir esta sobremesa de este otoño moribundo frente a la Delegación de la Junta de Castilla en Zamora. Hay que morir con las botas puestas.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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