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Redacción
Martes, 18 de Enero de 2022
HABLEMOS

Inflación y mentira del Bienestar (I)

Carlos Domínguez

[Img #61197]   No era preciso que ningún factótum a lo tecnócrata, eurócrata o pope de lo políticamente correcto, oficiara de economista, es decir, miembro de esa grey de sabios de la nada fuera de la estadística, los mecanismos fiscales y presupuestarios, o la política monetaria de los Bancos centrales. Incluso para ellos, naturalmente bien aposentados en organismos y poltronas de instituciones cuya actuación produce vergüenza ajena, la realidad se abre camino para confirmar que la inflación, después de entrar cual elefante en cacharrería, no será tan pasajera como alegremente se decía. Más o menos como las historietas sanchistas de plaga y secta, por ejemplo la mamarrachada hoy convenientemente olvidada de una fulgurante, meteórica y robusta recuperación en  V.

 

   La inflación se quedará porque viene de donde viene. Al cabo de medio siglo, no hay duda de la hipocresía que subyace al fallido Estado del Bienestar, ingeniería colectivista de la mano de la mayor y más vergonzante impostura del comunismo e imperialismo rusosoviético en la versión que se quiera, estalinista o putiniana. Desde la posguerra mundial a mediados del siglo pasado, un Occidente entregado a la socialdemocracia como gran vicario del totalitarismo de nuestro tiempo, gozó en beneficio de sus oligarquías políticas y de unas sociedades cómodas del intercambio desigual con países del Tercer Mundo, que proporcionaron energía, materias primas y alimentos a precio de saldo, para que las gigantescas clientelas “obreras” del Primer Mundo, al alimón con una gerontocracia parásita, gozasen de privilegios “injustos” y prácticamente ilimitados en lo que concierne a educación, cobertura sanitaria y al tan generoso como insostenible maná de las pensiones públicas. Naturalmente a costa de la riqueza detraída, incluso por el legítimo instrumento del mercado, a los pueblos hermanos y explotados por el capitalismo de cara a la propaganda, pero cuya realidad era la de una exclusión deliberada en el patio de atrás de sociedades tan rastreras como bienpensantes. Riqueza especialmente en  cuanto a energía y unas materias primas esenciales para el funcionamiento del modelo industrial desarrollado, asociado al falso mito del Bienestar.

 

   Falso ya en origen como una mala hojalata, toda vez que el “milagro” de la socialdemocracia escandinava, “paraíso” durante décadas al decir de ideólogos y propagandistas, tuvo siempre las letras muy gordas, sin ir muy lejos una Suecia o una Noruega con superficies similares o casi a la de España, pero con ingentes recursos mineros, pesqueros, forestales y petrolíferos, junto a una escasísima población de cuatro o siete millones de habitantes nativos. ¡Vaya!, que socialistas, sí, pero allí con la ventaja de repartir lo más y siempre por lo alto entre los menos, en aras de una abultada renta per cápita y una ilimitada dádiva pública. O sea, el famoso Estado protector subvencionando al individuo de la cuna a la sepultura, en lo que finalmente se reveló aberración macabra, como despersonalización y falta de libertad abocadas a un altísimo índice de suicidios, dentro de poblaciones sumidas en la desesperanza y un completo desarraigo.

 

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