Redacción
Viernes, 28 de Enero de 2022
CON LOS CINCO SENTIDOS

Finales felices

Nélida del Estal

[Img #61616]Quería escribir una casida, algo poético al estilo lorquiano, pero cuando el tema sobre el que ha de tratar la casida es mi hija, se me escapan las palabras, las rimas, y sólo me siento capaz de escribir prosa poética, de esa que me sale a borbotones, casi tan aprisa, que no me da tiempo a retener tanta palabra mientras la transcribo a papel o al teclado. 


Mi cerebro me supera en todos los sentidos, me atormenta cuando lo que busco es paz, soledad, música y silencio. Pero el muy cabrón no para ni de día ni de noche. Me agota hasta la extenuación.
A lo que iba, pues, que me disperso. 


Viniste un día de la calle, pegando un sonoro portazo tras de ti; me miraste a la cara con enfado y me dijiste que no era necesario, al yo preguntarte, que estuviera pendiente de ti a cada segundo. Te encerraste en tu cuarto, en tu mundo, pensando que no te alcanzaría la vida si no escuchabas mis reproches, ni mis esmeros hacia tu persona, ni mi corazón, abierto en canal por y para ti desde que alumbré tu rostro y tu cuerpo entero aquella fría mañana de enero. 


Al rato, no mucho ciertamente, saliste de tu “castillo”, de esa guarida en la que refugias tus temores; tu parcela privada frente al mundo en la que crees, inocente de ti, que la vida no te agarrará por la entrepierna... Me miraste con cierto desdén al principio, pero pronto esa desidia se fue convirtiendo en algo parecido a la ternura. Empezaste a ser tú de nuevo. 
De jóvenes, pensamos que los padres están por obligación, que son un estorbo más que otra cosa y un peaje que hay que pagar para todo lo que desees. Pero saliste de ese cuarto y tus ojos inyectados en sangre y en lágrimas me dijeron que aún eres niña y que, a veces, necesitas de tu madre como esa sombra que te protege sin molestar, pero sabiendo que podrás echar mano de ella cuando sea menester. Para eso estamos los padres, para alegrarnos de los éxitos y recoger los pedazos en los momentos de hundimiento emocional.  
Entonces me abrazaste y sentí que, aquella mujer independiente y vivaracha, se me deshacía entre los brazos, temblorosa, como una muñeca rota. Tenía que recomponerla. 


Ahí me recordé a mí misma en tu piel, a tu edad. Te miraste en mi espejo y nos hicimos una sola persona. Una sola persona. 
 

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