NOCTURNOS
Cuando se acaba el amor
Quizá las despedidas no sean tristes y no siempre que termina una historia de amor a sus exequias asiste la plañidera de la tristeza. El cadáver de la pasión carece de esqueleto, pero huele a memoria, a recuerdos, a vaho de nirvanas, a promesas infinitas, a candados, con las iniciales de los amantes, en el puente que salva el río de la vida.
Hay coronas de flores secas, arrancadas del jardín del alma, que un anciano depositó en el cenotafio del amor. Las lágrimas, glóbulos rojos del espíritu, se secan al amanecer, cuando sopla la brisa de la Dama del Alba; los labios que nunca volverán a besar buscan en la saliva el recuerdo de la boca que sació su sed de amar.
Cuando muere el amor, el deseo y el sexo visten luto; el ombligo añora el cordón umbilical y las manos no distinguen ya el terciopelo de la lija. Quien no sabe amar, envejece; quien ama sin ser amado, convoca a la memoria para seguir viviendo.
Te lo confiesa alguien que es otoño de noviembre y se creyó que aún respiraba la brisa de un solsticio de primavera en el bosque de la soledad. Adiós. Hasta siempre. Nos vemos más allá del tiempo. Y me voy sin haber sabido cuál es el color exacto de tu mirada.
Eugenio-Jesús de Ávila
Quizá las despedidas no sean tristes y no siempre que termina una historia de amor a sus exequias asiste la plañidera de la tristeza. El cadáver de la pasión carece de esqueleto, pero huele a memoria, a recuerdos, a vaho de nirvanas, a promesas infinitas, a candados, con las iniciales de los amantes, en el puente que salva el río de la vida.
Hay coronas de flores secas, arrancadas del jardín del alma, que un anciano depositó en el cenotafio del amor. Las lágrimas, glóbulos rojos del espíritu, se secan al amanecer, cuando sopla la brisa de la Dama del Alba; los labios que nunca volverán a besar buscan en la saliva el recuerdo de la boca que sació su sed de amar.
Cuando muere el amor, el deseo y el sexo visten luto; el ombligo añora el cordón umbilical y las manos no distinguen ya el terciopelo de la lija. Quien no sabe amar, envejece; quien ama sin ser amado, convoca a la memoria para seguir viviendo.
Te lo confiesa alguien que es otoño de noviembre y se creyó que aún respiraba la brisa de un solsticio de primavera en el bosque de la soledad. Adiós. Hasta siempre. Nos vemos más allá del tiempo. Y me voy sin haber sabido cuál es el color exacto de tu mirada.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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