HABLEMOS
Viejo astuto
Carlos Domínguez
Desde una indisimulable decrepitud, igualmente entre la confesión y el chascarrillo, Biden habría dado con la clave del desacierto de Occidente y los EE.UU en política internacional, después de la implosión del comunismo rusosoviético a comienzos de los años noventa; crisis nacida de la irracionalidad de un sistema fracasado no menos que genocida, pero debida también a la habilidad de un Reagan capaz de preservar la paz, y al mismo tiempo acelerar la ruina del gran totalitarismo contemporáneo.
Oficiando de adivino, Biden arguye que prever el desenlace de la crisis ucraniana sería algo parecido a leer el futuro en los posos de una taza de té. Dejando a un lado la ocurrencia, cosa bien distinta es que acaso no quiera reconocerse la errática política practicada por la primera potencia mundial a lo largo de las tres últimas décadas. Dormidos en los laureles, los EE.UU. parecen haber ignorado que en Europa salvo el Reino Unido no cuentan con un solo aliado fiable, lo cual no impidió que, a remolque de un hegemonismo mal entendido, hayan prorrogado su papel de garantes de la seguridad europea, para dar alas a la hipocresía de unas potencias cómodas en su vergonzosa falta de compromiso, a la hora de asumir los costes económicos y políticos de la defensa común. Precisamente a raíz del hundimiento del régimen soviético, los USA deberían haber retomado su tradicional aislacionismo respecto al Viejo Continente, para evaluar en función de sus intereses, que no dejan de ser los de Occidente entero, tanto la nueva situación como sus escenarios. Los USA nunca tendrían que haberse implicado, y junto a ellos una OTAN de la que con el Reino Unido representan su auténtico pilar, en una ampliación artificial que beneficia sólo a países de tercera venidos de la descomposición del imperio soviético, los cuales nada aportan a la defensa conjunta y cuyo único objetivo es aprovechar la protección gratuita, en realidad americana, frente a una discutible amenaza rusa.
Discutible porque resulta incierto que la Rusia actual, con más de media Asia en la trastienda, busque una expansión territorial en Europa más allá de algo tan obvio y ya materializado como la anexión/recuperación de Crimea, en cuanto base de irrenunciable valor estratégico por su carácter de salida al Mar Negro y los Estrechos, como antesala del Mediterráneo. Ahora bien, ¿es lógico pensar que Rusia tiene interés en ocupar hoy los Países bálticos, Polonia, Hungría o los Estados balcánicos en su flanco oriental, careciendo como carecen de valor estratégico en un dirimente conflicto nuclear? ¿Y qué sentido tiene, entonces, hacer de la entrada de Ucrania en la OTAN una especie de casus belli para Occidente, cuando, según demuestra el envío de armas o incluso de un contingente ridículo, la posibilidad de intervención siempre está ahí, al margen de una incorporación meramente nominal? Ninguno, en rigor, menos todavía considerando que la defensa de la Europa oriental es o debiera ser asunto de una UE rastrera, incapaz de compromisos militares en salvaguardia de sus socios, bajo la condición de países miembros.
Los EE.UU, y con ellos la OTAN, harían mucho mejor en atender a los escenarios donde se ventila lo fundamental, así una Iberoamérica en manos del comunismo internacional, siendo como es su trastienda particular, al menos en el plano geopolítico; y en segundo lugar, un Pacífico llamado a jugar el papel decisivo en las relaciones de poder del siglo XXI. Lo crucial no se ventila en la frontera ucraniana, ni en una ocupación o anexión al modo y manera de la producida en Crimea. Lo esencial radica en la presencia de fuerzas navales conjuntas rusas y chinas en el Índico, pudiendo anticipar otra similar en el Pacífico, a las puertas de Japón, Corea del Sur y sin duda Taiwán. Con lo cual, uno se pregunta: Biden, ¿viejo chocho o viejo astuto? Bajo teatro y cuerda diplomáticos, sería de imaginar que ambas cosas, aunque lo segundo siempre delante de lo primero. O sea, que ¡bye, bye!, Europa, poso rancio de una mísera taza de té.
Desde una indisimulable decrepitud, igualmente entre la confesión y el chascarrillo, Biden habría dado con la clave del desacierto de Occidente y los EE.UU en política internacional, después de la implosión del comunismo rusosoviético a comienzos de los años noventa; crisis nacida de la irracionalidad de un sistema fracasado no menos que genocida, pero debida también a la habilidad de un Reagan capaz de preservar la paz, y al mismo tiempo acelerar la ruina del gran totalitarismo contemporáneo.
Oficiando de adivino, Biden arguye que prever el desenlace de la crisis ucraniana sería algo parecido a leer el futuro en los posos de una taza de té. Dejando a un lado la ocurrencia, cosa bien distinta es que acaso no quiera reconocerse la errática política practicada por la primera potencia mundial a lo largo de las tres últimas décadas. Dormidos en los laureles, los EE.UU. parecen haber ignorado que en Europa salvo el Reino Unido no cuentan con un solo aliado fiable, lo cual no impidió que, a remolque de un hegemonismo mal entendido, hayan prorrogado su papel de garantes de la seguridad europea, para dar alas a la hipocresía de unas potencias cómodas en su vergonzosa falta de compromiso, a la hora de asumir los costes económicos y políticos de la defensa común. Precisamente a raíz del hundimiento del régimen soviético, los USA deberían haber retomado su tradicional aislacionismo respecto al Viejo Continente, para evaluar en función de sus intereses, que no dejan de ser los de Occidente entero, tanto la nueva situación como sus escenarios. Los USA nunca tendrían que haberse implicado, y junto a ellos una OTAN de la que con el Reino Unido representan su auténtico pilar, en una ampliación artificial que beneficia sólo a países de tercera venidos de la descomposición del imperio soviético, los cuales nada aportan a la defensa conjunta y cuyo único objetivo es aprovechar la protección gratuita, en realidad americana, frente a una discutible amenaza rusa.
Discutible porque resulta incierto que la Rusia actual, con más de media Asia en la trastienda, busque una expansión territorial en Europa más allá de algo tan obvio y ya materializado como la anexión/recuperación de Crimea, en cuanto base de irrenunciable valor estratégico por su carácter de salida al Mar Negro y los Estrechos, como antesala del Mediterráneo. Ahora bien, ¿es lógico pensar que Rusia tiene interés en ocupar hoy los Países bálticos, Polonia, Hungría o los Estados balcánicos en su flanco oriental, careciendo como carecen de valor estratégico en un dirimente conflicto nuclear? ¿Y qué sentido tiene, entonces, hacer de la entrada de Ucrania en la OTAN una especie de casus belli para Occidente, cuando, según demuestra el envío de armas o incluso de un contingente ridículo, la posibilidad de intervención siempre está ahí, al margen de una incorporación meramente nominal? Ninguno, en rigor, menos todavía considerando que la defensa de la Europa oriental es o debiera ser asunto de una UE rastrera, incapaz de compromisos militares en salvaguardia de sus socios, bajo la condición de países miembros.
Los EE.UU, y con ellos la OTAN, harían mucho mejor en atender a los escenarios donde se ventila lo fundamental, así una Iberoamérica en manos del comunismo internacional, siendo como es su trastienda particular, al menos en el plano geopolítico; y en segundo lugar, un Pacífico llamado a jugar el papel decisivo en las relaciones de poder del siglo XXI. Lo crucial no se ventila en la frontera ucraniana, ni en una ocupación o anexión al modo y manera de la producida en Crimea. Lo esencial radica en la presencia de fuerzas navales conjuntas rusas y chinas en el Índico, pudiendo anticipar otra similar en el Pacífico, a las puertas de Japón, Corea del Sur y sin duda Taiwán. Con lo cual, uno se pregunta: Biden, ¿viejo chocho o viejo astuto? Bajo teatro y cuerda diplomáticos, sería de imaginar que ambas cosas, aunque lo segundo siempre delante de lo primero. O sea, que ¡bye, bye!, Europa, poso rancio de una mísera taza de té.




















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