Marisol Martín Turiño
Martes, 08 de Febrero de 2022
ZAMORANA

Quisiera...

[Img #62140]Quisiera gritar tu nombre, como cuando era niña, vestida con aquellas ropas antiguas sacadas de un baúl que me parecían tesoros, y agitar los brazos en el aire porque me sentía inmensamente feliz; o bajar al corral para correr detrás de las gallinas y buscar entre los mil escondrijos donde habían puesto los huevos, o comprobar como crecían los gladiolos y crisantemos que mi abuela plantaba en el interior de inmensas ruedas de tractor para llevarlos al cementerio el día de los Santos.

 

Quisiera sentir de nuevo la sensación que experimenté por primera vez cuando me permitieron sacar agua del pozo, quitando primero los dos enormes tablones que lo tapaban, para después hundir el caldero de cobre hasta una profundidad oscura que no percibía sino era por el ruido del agua al llenar la vasija que luego subía tirando de la soga hasta el brocal donde la dejaba con una sensación de profundo orgullo por haber realizado tal proeza.

 

Quisiera subir a la villa a la velocidad con que lo hacía entonces, corriendo sin pausa hasta llegar a la cumbre y desde allí otear la iglesia cercana, las casas del pueblo, los campos, las eras, la ladera que llevaba hasta el río, el puente de piedra, la vega y el verdor de los sembrados, la carretera de Toro o la de Belver… y luego bajar, también corriendo, aún a riesgo de dar con mis huesos en el suelo, cosa que alguna vez llegó a ocurrir.

 

Quisiera acercarme a casa de mi tía-abuela para perderme en las estancias siempre oscuras en las que habitaban los sueños rotos, la imaginación galopante que me hacía temer cuando abría aquellas puertas de enormes hojas que chirriaban, el cuadro del antepasado con gesto furibundo que presidía la sala, los baúles rojizos que ocupaban la estancia contigua a la cocina y cuyo contenido nunca me atreví a descubrir; la cocina llena de cacharros de barro diminutos, casi de juguete, donde ella preparaba en el hogar un puñadito de alubias que cocían durante horas alimentadas por cuatro palos ardiendo constantemente en el hogar. Me gustaba llegar desde la cocina hasta la bodega, siempre fría y oscura, que era un lugar mágico e inexplorado, o subir al sobrao para ver colgadas en enormes palos las sartas de chorizos y salchichones que curaban allí mejor que en otro lugar del pueblo.

 

Quisiera regresar a aquellas mujeres que entraban en casa de mi abuela camino de la tienda para echar la tarde, o las visitas de familiares y vecinas que hacían lo propio hablando o en silencio alrededor de la mesa camilla donde a veces los suspiros eran más locuaces que las palabras no pronunciadas, mientras yo las contemplaba en silencio o propiciaba una conversación tranquila sobre historias del pueblo y sus gentes.

 

Quisiera detener el tiempo apenas unos momentos y recuperar una parte del pasado que se fue, pero lamentablemente, es una quimera tan solo viva en el recuerdo.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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