RES PÚBLICA
La mentira en política se premia
A finales de la primavera o inicio del verano de 2007, entrevisté a Rosa Valdeón, que llevaría, como mucho, un mes como principal inquilina de la Casa de las Panaderas. La médica toresana hacía historia: primera mujer que presidía un Ayuntamiento en la capital de la provincia. Como la persona de Rosa, más allá de su rol político, siempre me dio confianza, una vez concluida la interviú, inicié una conversación en la que le aconsejé que se convirtiera en actriz, porque un político, da igual el sexo, debe ser, en principio, un buen actor. ¿Por qué? Sencillo. Para convencer a las masas, al pueblo, a la gente, hay que fingir. Y qué es fingir: engañar. Rosa me miró, con sus enormes ojos, cómo asustada, cómo anonadada. Creo que la sorprendí. Me temo que nunca un periodista fue tan directo al corazón de un político. Y, además, añadí: “Tú no eres ni una buena ni una mala actriz, y, cuando intentes representar un papel en el que no crees, quedarás a la intemperie de la prensa y de la política, oposición o correligionario”.
Por supuesto, le recomendé que siguiera un curso acelerado en al Actor’s Estudio de Elia Kazan, Stanislavski y Lewis, porque, si no aprendía a desarrollar ese rol, se la comerían unos y otros, tirios y troyanos. Y, a decir verdad, creo que nunca logró ser una excelente actriz. De ahí, que la política la dejase tirada, le amargase momentos de su vida en la res pública.
Gobernar, cualquier institución, exige mentir o, si se quiere, no decir toda la verdad. Maragall, alcalde de Barcelona y presidente de la Generalidad, le confesó, ha tiempo, en una entrevista en RNE, a Carlos Herrera, que un político nunca debe decir la verdad. Diáfano. El pueblo o es niño o es adulto tonto. Se asustaría si sus dirigentes le hablasen con franqueza. De ahí que todo político que anhela alcanzar el poder deba mentir siempre, tanto que incluso engañará a los que les sean más afines y llegará un momento en que incluso se creerá sus embustes. Y hace poco Pablo Iglesias –lo escuché en una emisora y lo leí en casi todos los periódicos- confesó que como ya no está en política puede decir la verdad. Si los votantes de Podemos y e rojerío burgués no se lo cree, acuda a youtube.
Desde que los personajes más inteligentes del tardofraquismo llegaron a un acuerdo con la oposición, muy débil todavía a la muerte del dictador, incapacitada para la ruptura con el régimen, de ahí que asumiera, por lo tanto, la reforma, con un PSOE, que salvo excepciones personales, había desaparecido durante la dictadura, y un PCE que tampoco era por aquel entonces un nido de rojos, sino de demócratas de diferente pelaje, se ha mentido al ciudadano, desde Adolfo Suárez, el más íntegro, a Felipe González, pasando por Aznar (Caso Zamora), el ínclito y inefable Zapatero, fuerza y honor -¡Qué gracia, qué risa!- hasta Rajoy y Pedro Sánchez, la mentira se apoderó del Estado hasta alcanzar la cumbre con el actual Gobierno.
El presidente mintió, con gusto, con desparpajo, durante la campaña electoral: no voy a recordar chistes políticos que pronunciase el actual inquilino de La Moncloa, y poco importo que sus falacias quedasen al descubierto a posteriori. Lo importante es el poder. Hay que llegar como sea, empleando todo tipo de armas, permitidas o prohibidas.
Se ha mentido tanto en La Moncloa, ahora más que nunca, pero siempre, que el político que vuelva pronunciar una verdad, verbigracia, el número real de personas fallecidas durante la pandemia vírica, causará la risa, la burla, el corte de mangas entre la ciudadanía, que, mediante los medios de comunicación, con protagonismo casi absoluto, de las televisiones, ya ha sido convertida en rebaño, que van del redil al pesebre, de oca a oca y tiro porque me toca.
Nunca se ha mentido tanto como en las campañas electorales. Y siempre la última establece un récord. Por lo tanto, la que concluye el 13 de febrero instituirá una marca, que será superada en la próxima. Porque la mentira, y el político, a diestra y siniestra, asume que su éxito llegará haciendo del embuste una obra de arte.
La gente, convencido estoy, digiere mejor la mentira que la verdad. España es ya una nación de mentira. Ni existe, aunque algunos creamos todavía que la verdad triunfará en la batalla final. De hecho, solo en el cine ganan los buenos. Por eso nos gusta tanto encerrarnos dos horas, a oscuras, y ver una buena película. Eso solo sucede en los films de ficción, porque los que se basan en hechos reales siempre acaban muy mal. The End.
Por el mar corren las liebres, por el monte, las sardinas.
Eugenio-Jesús de Ávila
A finales de la primavera o inicio del verano de 2007, entrevisté a Rosa Valdeón, que llevaría, como mucho, un mes como principal inquilina de la Casa de las Panaderas. La médica toresana hacía historia: primera mujer que presidía un Ayuntamiento en la capital de la provincia. Como la persona de Rosa, más allá de su rol político, siempre me dio confianza, una vez concluida la interviú, inicié una conversación en la que le aconsejé que se convirtiera en actriz, porque un político, da igual el sexo, debe ser, en principio, un buen actor. ¿Por qué? Sencillo. Para convencer a las masas, al pueblo, a la gente, hay que fingir. Y qué es fingir: engañar. Rosa me miró, con sus enormes ojos, cómo asustada, cómo anonadada. Creo que la sorprendí. Me temo que nunca un periodista fue tan directo al corazón de un político. Y, además, añadí: “Tú no eres ni una buena ni una mala actriz, y, cuando intentes representar un papel en el que no crees, quedarás a la intemperie de la prensa y de la política, oposición o correligionario”.
Por supuesto, le recomendé que siguiera un curso acelerado en al Actor’s Estudio de Elia Kazan, Stanislavski y Lewis, porque, si no aprendía a desarrollar ese rol, se la comerían unos y otros, tirios y troyanos. Y, a decir verdad, creo que nunca logró ser una excelente actriz. De ahí, que la política la dejase tirada, le amargase momentos de su vida en la res pública.
Gobernar, cualquier institución, exige mentir o, si se quiere, no decir toda la verdad. Maragall, alcalde de Barcelona y presidente de la Generalidad, le confesó, ha tiempo, en una entrevista en RNE, a Carlos Herrera, que un político nunca debe decir la verdad. Diáfano. El pueblo o es niño o es adulto tonto. Se asustaría si sus dirigentes le hablasen con franqueza. De ahí que todo político que anhela alcanzar el poder deba mentir siempre, tanto que incluso engañará a los que les sean más afines y llegará un momento en que incluso se creerá sus embustes. Y hace poco Pablo Iglesias –lo escuché en una emisora y lo leí en casi todos los periódicos- confesó que como ya no está en política puede decir la verdad. Si los votantes de Podemos y e rojerío burgués no se lo cree, acuda a youtube.
Desde que los personajes más inteligentes del tardofraquismo llegaron a un acuerdo con la oposición, muy débil todavía a la muerte del dictador, incapacitada para la ruptura con el régimen, de ahí que asumiera, por lo tanto, la reforma, con un PSOE, que salvo excepciones personales, había desaparecido durante la dictadura, y un PCE que tampoco era por aquel entonces un nido de rojos, sino de demócratas de diferente pelaje, se ha mentido al ciudadano, desde Adolfo Suárez, el más íntegro, a Felipe González, pasando por Aznar (Caso Zamora), el ínclito y inefable Zapatero, fuerza y honor -¡Qué gracia, qué risa!- hasta Rajoy y Pedro Sánchez, la mentira se apoderó del Estado hasta alcanzar la cumbre con el actual Gobierno.
El presidente mintió, con gusto, con desparpajo, durante la campaña electoral: no voy a recordar chistes políticos que pronunciase el actual inquilino de La Moncloa, y poco importo que sus falacias quedasen al descubierto a posteriori. Lo importante es el poder. Hay que llegar como sea, empleando todo tipo de armas, permitidas o prohibidas.
Se ha mentido tanto en La Moncloa, ahora más que nunca, pero siempre, que el político que vuelva pronunciar una verdad, verbigracia, el número real de personas fallecidas durante la pandemia vírica, causará la risa, la burla, el corte de mangas entre la ciudadanía, que, mediante los medios de comunicación, con protagonismo casi absoluto, de las televisiones, ya ha sido convertida en rebaño, que van del redil al pesebre, de oca a oca y tiro porque me toca.
Nunca se ha mentido tanto como en las campañas electorales. Y siempre la última establece un récord. Por lo tanto, la que concluye el 13 de febrero instituirá una marca, que será superada en la próxima. Porque la mentira, y el político, a diestra y siniestra, asume que su éxito llegará haciendo del embuste una obra de arte.
La gente, convencido estoy, digiere mejor la mentira que la verdad. España es ya una nación de mentira. Ni existe, aunque algunos creamos todavía que la verdad triunfará en la batalla final. De hecho, solo en el cine ganan los buenos. Por eso nos gusta tanto encerrarnos dos horas, a oscuras, y ver una buena película. Eso solo sucede en los films de ficción, porque los que se basan en hechos reales siempre acaban muy mal. The End.
Por el mar corren las liebres, por el monte, las sardinas.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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