NOCTURNOS
No quiero olvidarla
No nos cansamos de amar, más bien de no sentirnos amados. Las derrotas políticas nunca son dulces, más bien amargas. El desamor es fruta sensual cítrica, que, si tienes alguna úlcera en el alma, escuece.
Ella, la mujer que marcó un punto de inflexión en mi vida, un antes y después del sexo sin seso, del sexo como carne sin alma, se fue un día, desapareció en un recodo del camino. Como era divina, ascendió a los cielos con el buen ladrón. Yo, como soy descendiente de Gestas, me condenó al infierno, esa sensación que se siente cuando has conocido a un ser excepcional, que pasó por tu vida, te miró, sonrió y se fue. No son llamas que quemen. No. Se me ocurre que es como el cero absoluto que convierte tu sangre en hielo; el cabello del alma, en escarcha; las pestañas, en estalactitas.
No voy a olvidarla nunca. Quizá sea su hermoso rostro y su nombre la última imagen que mi cerebro ilumine antes de convertir recuerdo de lo que fui, en la nada que seré. Porque el dolor de su ausencia, alimenta mis palabras, las protege, las abriga ahora que la primavera se ha puesto a envidiar los días de invierno, su hermano benjamín, que es más alto y más serio, más frío y más galán, menos pinturero y más elegante.
Conocer a esa dama, aunque me despreciara como hombre y como amante, me obligó a comprender que el deseo casi siempre se despeña por el abismo de la realidad.
Eugenio-Jesús de Ávila
No nos cansamos de amar, más bien de no sentirnos amados. Las derrotas políticas nunca son dulces, más bien amargas. El desamor es fruta sensual cítrica, que, si tienes alguna úlcera en el alma, escuece.
Ella, la mujer que marcó un punto de inflexión en mi vida, un antes y después del sexo sin seso, del sexo como carne sin alma, se fue un día, desapareció en un recodo del camino. Como era divina, ascendió a los cielos con el buen ladrón. Yo, como soy descendiente de Gestas, me condenó al infierno, esa sensación que se siente cuando has conocido a un ser excepcional, que pasó por tu vida, te miró, sonrió y se fue. No son llamas que quemen. No. Se me ocurre que es como el cero absoluto que convierte tu sangre en hielo; el cabello del alma, en escarcha; las pestañas, en estalactitas.
No voy a olvidarla nunca. Quizá sea su hermoso rostro y su nombre la última imagen que mi cerebro ilumine antes de convertir recuerdo de lo que fui, en la nada que seré. Porque el dolor de su ausencia, alimenta mis palabras, las protege, las abriga ahora que la primavera se ha puesto a envidiar los días de invierno, su hermano benjamín, que es más alto y más serio, más frío y más galán, menos pinturero y más elegante.
Conocer a esa dama, aunque me despreciara como hombre y como amante, me obligó a comprender que el deseo casi siempre se despeña por el abismo de la realidad.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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