ZAMORANA
¡Viva la fiesta!
España es un país jaranero. Nos gusta la fiesta y vamos saltando en el calendario de festejo en festejo. Comenzamos el año con la Navidad y Reyes en enero, san Valentín en febrero, san José en marzo, las Fallas de Valencia, la Semana Santa, san Jordi, la Feria de Sevilla, el Día de la Madre, san Isidro, san Juan, san Pedro, san Fermín… y todos los santos a continuación.
El carácter español es muy dado a conmemorar, al baile, la gastronomía, la diversión… y eso choca con gente de otros países que se extrañan de que trabajemos tan poco, porque parece que siempre estamos de celebración.
Estos prolegómenos vienen a cuento de una conversación que escuché hace unos días y que aligeró el tiempo en un largo trayecto en autobús. Se produjo entre dos mujeres, -intuyo que abuela y nieta- y viajaban en el asiento de atrás; sin el menor reparo en hablar en voz baja, lo que propiciaba el escuchar su conversación aún sin querer. El caso es que la abuela se quejaba de lo poco que veía a su nieta y ella, una joven con poco seso y mucho desparpajo, le aducía que tenía comprometidos los días festivos y los puentes porque le encantaba viajar con sus amigos y aprovechaban para hacerlo a la menor oportunidad, porque solo hay una vida y tenía que entenderlo.
No debía ser muy buena estudiante porque la anciana le recriminaba que aprovechara para estudiar, a sacrificarse un poco, con el fin de conseguir un buen expediente académico que le propiciara un futuro laboral sin riesgos. Sin embargo, la muchacha, vestida y adornada con excesos que solo puede permitirse la juventud: mallas y body ajustados, uñas larguísimas, pelo a la última… tenía como máxima pretensión acabar despachando en una tienda de ropa y gastar lo poco que ganara en esos viajes festeros.
Aún sin verla, sentía la frustración en la mirada que le dirigía la abuela, la impotencia de escuchar unos argumentos vanos que contrastaban tanto con su vida en la que no se había permitido el lujo ni siquiera de pensar en sí misma, porque el trabajo era demasiado y cuando caía exhausta en la cama, solo ansiaba dormir y descansar hasta el día siguiente que se repetiría idéntica rutina. En un momento, la anciana le sugirió que tenía que pensar en el mañana, pero la risotada que obtuvo como respuesta por parte de la chica, supongo que la abstuvo de seguir con la conversación.
Me apena que haya jóvenes así, que van picoteando de trabajo en trabajo precario, sin sacrificarse para construirse un futuro en el que puedan vivir mejor, en un mundo tan competitivo con el que vivimos en el que cada vez se exige más formación; y me apena porque también conozco jóvenes que han pasado muchos meses pegados a los libros, obviando festividades, porque era preciso sacar una oposición o notas brillantes en la carrera. Sin embargo, nada viene del cielo, hay que ganárselo con esfuerzo y eso solo de ellos depende.
Mª Soledad Martín Turiño
España es un país jaranero. Nos gusta la fiesta y vamos saltando en el calendario de festejo en festejo. Comenzamos el año con la Navidad y Reyes en enero, san Valentín en febrero, san José en marzo, las Fallas de Valencia, la Semana Santa, san Jordi, la Feria de Sevilla, el Día de la Madre, san Isidro, san Juan, san Pedro, san Fermín… y todos los santos a continuación.
El carácter español es muy dado a conmemorar, al baile, la gastronomía, la diversión… y eso choca con gente de otros países que se extrañan de que trabajemos tan poco, porque parece que siempre estamos de celebración.
Estos prolegómenos vienen a cuento de una conversación que escuché hace unos días y que aligeró el tiempo en un largo trayecto en autobús. Se produjo entre dos mujeres, -intuyo que abuela y nieta- y viajaban en el asiento de atrás; sin el menor reparo en hablar en voz baja, lo que propiciaba el escuchar su conversación aún sin querer. El caso es que la abuela se quejaba de lo poco que veía a su nieta y ella, una joven con poco seso y mucho desparpajo, le aducía que tenía comprometidos los días festivos y los puentes porque le encantaba viajar con sus amigos y aprovechaban para hacerlo a la menor oportunidad, porque solo hay una vida y tenía que entenderlo.
No debía ser muy buena estudiante porque la anciana le recriminaba que aprovechara para estudiar, a sacrificarse un poco, con el fin de conseguir un buen expediente académico que le propiciara un futuro laboral sin riesgos. Sin embargo, la muchacha, vestida y adornada con excesos que solo puede permitirse la juventud: mallas y body ajustados, uñas larguísimas, pelo a la última… tenía como máxima pretensión acabar despachando en una tienda de ropa y gastar lo poco que ganara en esos viajes festeros.
Aún sin verla, sentía la frustración en la mirada que le dirigía la abuela, la impotencia de escuchar unos argumentos vanos que contrastaban tanto con su vida en la que no se había permitido el lujo ni siquiera de pensar en sí misma, porque el trabajo era demasiado y cuando caía exhausta en la cama, solo ansiaba dormir y descansar hasta el día siguiente que se repetiría idéntica rutina. En un momento, la anciana le sugirió que tenía que pensar en el mañana, pero la risotada que obtuvo como respuesta por parte de la chica, supongo que la abstuvo de seguir con la conversación.
Me apena que haya jóvenes así, que van picoteando de trabajo en trabajo precario, sin sacrificarse para construirse un futuro en el que puedan vivir mejor, en un mundo tan competitivo con el que vivimos en el que cada vez se exige más formación; y me apena porque también conozco jóvenes que han pasado muchos meses pegados a los libros, obviando festividades, porque era preciso sacar una oposición o notas brillantes en la carrera. Sin embargo, nada viene del cielo, hay que ganárselo con esfuerzo y eso solo de ellos depende.
Mª Soledad Martín Turiño




















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