HABLEMOS
Progresar es conservar
Carlos Domínguez
“Progreso” es concepto que se remonta al período de las Luces, a una Ilustración, especialmente la francesa, que sin demasiado tino ni saber la utilizó para augurar un futuro feliz, basado en conquistas medidas por el imperio de una Razón abstracta, llevando supuestamente a la humanidad al paraíso de la igualdad y la fraternidad. Dada su utilidad e indiscutible éxito a efectos de manipulación de unas masas que contribuyeron en Francia a los crímenes de la República y el Terror jacobino, la noción fue apropiada y parasitada por las ideologías socialista y comunista, marxismo en lo principal, a fin de justificar su proyecto totalitario al servicio del “hombre nuevo”, dentro del ilusorio paraíso de la sociedad comunista.
Difícilmente la colección de des-ilustrados que señorea el erial liberticida de la izquierda socialista y comunista captará el sentido de la noción de progreso, aquella de su realidad en beneficio no de unas masas manipuladas hasta la náusea por facciones ideológicas, sino de la gente común, de la ciudadanía en general gozando de su propiedad y resto de libertades civiles. Progreso en su acepción positiva fue el auspiciado por la sociedad británica, que mientras veía a su vecino continental enfangarse en una revolución genocida y un imperialismo militar que no lo fue menos, impulsaba desde el respeto escrupuloso a la propiedad privada, la igualdad jurídica y los derechos cívicos, la revolución industrial que en pocas décadas cambió infinitamente a mejor las condiciones de vida de una humanidad real, liberada de la miseria, el hambre y la enfermedad. La Inglaterra victoriana y sus élites dirigentes supieron dar con la clave del auténtico progreso, desde la convicción de que progresar significa precisamente conservar, como un atesorar, preservar y cultivar aquello que ha supuesto mejora, avance y desarrollo mediante la paz, el orden social y la cooperación, algo que no excluye ni impide los cambios sino precisamente lo contrario, al crear gracias al desarrollo económico y tecnológico las condiciones para que, a modo de nuevos avances, tales cambios se produzcan. Bajo esa óptica, a un tiempo realista y benéfica, se concluirá que, contra lo aventado por el fanatismo de las nuevas ideologías autoproclamadas progresistas, en realidad movimientos sectarios, antidemocráticos y totalitarios, progresar significa conservar, resultando que lo progresista jamás será fiar vidas y haciendas de los ciudadanos a sueños fanáticos, a utopías criminales y a la postre fallidas. ¿Para qué, a qué fin los cien millones de muertos del comunismo, gran ingeniería totalitaria de nuestra época, de Lenin y Stalin a Mao, pasando por Pol Pot, Castro y demás “panteón” de responsables del gulag y el exterminio?
“Progreso” es concepto que se remonta al período de las Luces, a una Ilustración, especialmente la francesa, que sin demasiado tino ni saber la utilizó para augurar un futuro feliz, basado en conquistas medidas por el imperio de una Razón abstracta, llevando supuestamente a la humanidad al paraíso de la igualdad y la fraternidad. Dada su utilidad e indiscutible éxito a efectos de manipulación de unas masas que contribuyeron en Francia a los crímenes de la República y el Terror jacobino, la noción fue apropiada y parasitada por las ideologías socialista y comunista, marxismo en lo principal, a fin de justificar su proyecto totalitario al servicio del “hombre nuevo”, dentro del ilusorio paraíso de la sociedad comunista.
Difícilmente la colección de des-ilustrados que señorea el erial liberticida de la izquierda socialista y comunista captará el sentido de la noción de progreso, aquella de su realidad en beneficio no de unas masas manipuladas hasta la náusea por facciones ideológicas, sino de la gente común, de la ciudadanía en general gozando de su propiedad y resto de libertades civiles. Progreso en su acepción positiva fue el auspiciado por la sociedad británica, que mientras veía a su vecino continental enfangarse en una revolución genocida y un imperialismo militar que no lo fue menos, impulsaba desde el respeto escrupuloso a la propiedad privada, la igualdad jurídica y los derechos cívicos, la revolución industrial que en pocas décadas cambió infinitamente a mejor las condiciones de vida de una humanidad real, liberada de la miseria, el hambre y la enfermedad. La Inglaterra victoriana y sus élites dirigentes supieron dar con la clave del auténtico progreso, desde la convicción de que progresar significa precisamente conservar, como un atesorar, preservar y cultivar aquello que ha supuesto mejora, avance y desarrollo mediante la paz, el orden social y la cooperación, algo que no excluye ni impide los cambios sino precisamente lo contrario, al crear gracias al desarrollo económico y tecnológico las condiciones para que, a modo de nuevos avances, tales cambios se produzcan. Bajo esa óptica, a un tiempo realista y benéfica, se concluirá que, contra lo aventado por el fanatismo de las nuevas ideologías autoproclamadas progresistas, en realidad movimientos sectarios, antidemocráticos y totalitarios, progresar significa conservar, resultando que lo progresista jamás será fiar vidas y haciendas de los ciudadanos a sueños fanáticos, a utopías criminales y a la postre fallidas. ¿Para qué, a qué fin los cien millones de muertos del comunismo, gran ingeniería totalitaria de nuestra época, de Lenin y Stalin a Mao, pasando por Pol Pot, Castro y demás “panteón” de responsables del gulag y el exterminio?





















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