Mª Soledad Martín Turiño
Jueves, 05 de Mayo de 2022
ZAMORANA

Escribir sin ofender

[Img #65564]Quienes nos dedicamos al noble arte de la escritura cometemos, en ocasiones y sin proponérnoslo, el delito mayor en que se puede incurrir y que no es otro que ofender los sentimientos del lector, aunque no se haga intencionadamente.

 

Es necesario distinguir entre realidad y ficción cuando se escribe sobre algún tema, ya que no siempre es el autor quien expresa sus propias vivencias, sino que pueden ser producto de la invención o, simplemente, una mezcla de ideas o historias observadas que luego manipula. Escribir no es solo contar un hecho, es también poner sobre el papel ideas o propuestas, es estimular al lector con una visión nueva, sumergirle en mundos fantásticos para provocarle sentimientos o, simplemente, distraerle de la cotidianidad.

 

No obstante, algunos leyentes tienden a ver reflejada en una obra al propio autor, como si siempre fuera el protagonista de las historias que cuenta; y esa desconexión por parte del escritor es una tarea harto difícil, ya que la verosimilitud de lo que describe suele ir teñida de un barniz personal del que resulta casi imposible desligarse. Otro tanto ocurre con los cantantes, que suelen tener un tono determinado y característico, pese a que el tema de sus canciones sea diferente, o con algunos actores que representan en la pantalla un mismo tipo concreto que responde a su forma de ser.

 

A veces es también el propio escritor quien, de forma deliberada, para sacudir las conciencias, vapulea, sacude e incita al lector con un mensaje que sirva de crítica o revulsivo para encender las conciencias; entonces la escritura se convierte en un arma poderosa y eficaz para llegar al público.

 

No siempre se acierta; en ocasiones y sin pretenderlo, podemos herir a quienes nos leen, manifestando una situación que les retrate y de la que no salen precisamente favorecidos. Sirva este artículo para entonar el “mea culpa” por aquellos escritos pasados o futuros que, sin proponérmelo, hayan podido ofender, molestar o agraviar a algún lector que, amablemente, siga mi trayectoria literaria.

 

Casi siempre he huido del ultraje, aunque sean muchas las ocasiones que se prestan a ello ante situaciones políticas y sociales que producen sonrojo; pero me he limitado a obviarlas o, si las he descrito, lo he hecho tratando en todo momento de mantener una corrección crítica sin llegar a mayores. Todos conocemos divulgadores y periodistas que atraen al público por lo descarnado de sus intervenciones, llegando al insulto y recreándose en el escarnio; eso no resulta tan difícil como cautivar al lector sin elevar el tono.

 

Ya en 1798 W. Schlegel decía: “La profesión de escritor, según se practique, es un pasatiempo, un servicio retribuido, un oficio, un arte, una ciencia o una virtud”. ¡Difícil cumplir todos los requisitos!

 

Mª Soledad Martín Turiño

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