CON LOS CINCO SENTIDOS
Aún hay esperanza
Nos dicen que Zamora será el geriátrico de Castilla y León no tardando mucho. Probablemente el geriátrico de España. El negocio más fructífero de la provincia será el del residencial para la tercera edad. No nacen niños. La gente se casa tarde porque no cuenta con el dinero ni con los medios suficientes para labrarse un plan de vida, independizarse y formar una familia. Es triste, pero es lo que hay.
En la década de los 70, en la que yo vine a respirar a este mundo, la media de hijos por familia era de tres ó cuatro. Tus amigos eran tus hermanos y los hijos de tus vecinos. Con tres familias que se llevaran más o menos bien, se montaba una fiesta de cumpleaños o cualquier celebración que parecía una boda por el número de gente que aglutinaba. Eran buenos tiempos para eso, no para otras cosas, bien lo sabéis, pero yo era niña y nunca estaba sola, no tenía más preocupaciones que las habituales de una niña. Vivía en una casa donde el bullicio era constante, los juegos, la música, las risas, menos cuando había que estudiar. Entonces, el jefe y la jefa demandaban orden y silencio absoluto, había que trabajar. No había móviles; si querías quedar con el vecino, llamabas al fijo de su casa o te ibas a patita hasta el umbral de su puerta y llamabas con los nudillos. No había otra. Si tu hermano el mayor se echaba una chavala de novieta, el fijo, que estaba normalmente en el salón, estiraba su cable hasta traspasar el umbral de la puerta y salir al pasillo. Daba igual, se escuchaba todo. ” Te echo de menos”, “mañana a las seis en la puerta de la tienda de chuches de fulanita”. Risas garantizadas después y mi hermano con la cara más colorada que un tomate en rama maduro.
Tiempos duros para nuestros padres, pero en los que la familia era el centro de tu universo personal si tenías la grandísima suerte de contar con hermanos de diferentes edades que cumplían con su rol. Al mayor, le contabas tus secretos, al del medio, no le dabas dos guantazos porque te superaba en tamaño y la cercanía en edad nos ponía en una situación comprometida. Si tenías, además, un hermano pequeño, la cosa cambiaba; te reías con él, te reías de él y le hacías perrerías de todo tipo y condición, pero le querías con locura y te lo comías a besos si era necesario. Era el rey de la casa. Yo tuve y tengo esa suerte.
Ahora la cosa ha cambiado tanto que asusta pensar en lo que nos deparará el futuro, al menos el más inmediato no lo verán nuestros ojos, pero sí los poquísimos hijos que dejemos atrás. Con sueldos precarios no te puedes casar y mucho menos tener hijos, porque los hijos cuestan, y mucho. Hasta que se van de casa te están costando dinero. Es así. Pero vamos a tener un mínimo de sentido común, hemos de hacerlo para que los pocos jóvenes que hay en nuestra provincia y en otras muchas del resto de la geografía española, no se vayan a trabajar fuera, no nos abandonen por el hecho de que no encuentren un futuro laboral en su tierra, esa que les vio nacer, crecer y formarse.
Necesitamos ideas, proyectos viables de futuro, pero de un futuro inmediato porque esto puede convertirse en una vía sin retorno si no se gestiona bien. Zamora es demasiado bonita e importante como para quedar vacía de juventud, que al fin y a la postre, es la que da vida a la ciudad y a la provincia. Algo se ha de mover en Zamora. Espero, por el bien de todos, que se pueda materializar lo más pronto posible. Lo necesitamos, porque nos estamos muriendo de sed. Y el agua, metafóricamente hablando, se acaba. Cuando el agua se acaba, la vida encuentra su forma de morir y desaparecer para siempre.
Nélida L. del Estal Sastre
Nos dicen que Zamora será el geriátrico de Castilla y León no tardando mucho. Probablemente el geriátrico de España. El negocio más fructífero de la provincia será el del residencial para la tercera edad. No nacen niños. La gente se casa tarde porque no cuenta con el dinero ni con los medios suficientes para labrarse un plan de vida, independizarse y formar una familia. Es triste, pero es lo que hay.
En la década de los 70, en la que yo vine a respirar a este mundo, la media de hijos por familia era de tres ó cuatro. Tus amigos eran tus hermanos y los hijos de tus vecinos. Con tres familias que se llevaran más o menos bien, se montaba una fiesta de cumpleaños o cualquier celebración que parecía una boda por el número de gente que aglutinaba. Eran buenos tiempos para eso, no para otras cosas, bien lo sabéis, pero yo era niña y nunca estaba sola, no tenía más preocupaciones que las habituales de una niña. Vivía en una casa donde el bullicio era constante, los juegos, la música, las risas, menos cuando había que estudiar. Entonces, el jefe y la jefa demandaban orden y silencio absoluto, había que trabajar. No había móviles; si querías quedar con el vecino, llamabas al fijo de su casa o te ibas a patita hasta el umbral de su puerta y llamabas con los nudillos. No había otra. Si tu hermano el mayor se echaba una chavala de novieta, el fijo, que estaba normalmente en el salón, estiraba su cable hasta traspasar el umbral de la puerta y salir al pasillo. Daba igual, se escuchaba todo. ” Te echo de menos”, “mañana a las seis en la puerta de la tienda de chuches de fulanita”. Risas garantizadas después y mi hermano con la cara más colorada que un tomate en rama maduro.
Tiempos duros para nuestros padres, pero en los que la familia era el centro de tu universo personal si tenías la grandísima suerte de contar con hermanos de diferentes edades que cumplían con su rol. Al mayor, le contabas tus secretos, al del medio, no le dabas dos guantazos porque te superaba en tamaño y la cercanía en edad nos ponía en una situación comprometida. Si tenías, además, un hermano pequeño, la cosa cambiaba; te reías con él, te reías de él y le hacías perrerías de todo tipo y condición, pero le querías con locura y te lo comías a besos si era necesario. Era el rey de la casa. Yo tuve y tengo esa suerte.
Ahora la cosa ha cambiado tanto que asusta pensar en lo que nos deparará el futuro, al menos el más inmediato no lo verán nuestros ojos, pero sí los poquísimos hijos que dejemos atrás. Con sueldos precarios no te puedes casar y mucho menos tener hijos, porque los hijos cuestan, y mucho. Hasta que se van de casa te están costando dinero. Es así. Pero vamos a tener un mínimo de sentido común, hemos de hacerlo para que los pocos jóvenes que hay en nuestra provincia y en otras muchas del resto de la geografía española, no se vayan a trabajar fuera, no nos abandonen por el hecho de que no encuentren un futuro laboral en su tierra, esa que les vio nacer, crecer y formarse.
Necesitamos ideas, proyectos viables de futuro, pero de un futuro inmediato porque esto puede convertirse en una vía sin retorno si no se gestiona bien. Zamora es demasiado bonita e importante como para quedar vacía de juventud, que al fin y a la postre, es la que da vida a la ciudad y a la provincia. Algo se ha de mover en Zamora. Espero, por el bien de todos, que se pueda materializar lo más pronto posible. Lo necesitamos, porque nos estamos muriendo de sed. Y el agua, metafóricamente hablando, se acaba. Cuando el agua se acaba, la vida encuentra su forma de morir y desaparecer para siempre.
Nélida L. del Estal Sastre





















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